RECUERDOS
Nada había cambiado, la estantería permanecía en el mismo rincón acaparando polvo; el reloj de pared que jamás vi funcionar, seguía decorando el centro de la pared de la estancia, junto al cuadro de una encina que había quedado inmortalizado por un pincel desconocido. Bártulos olvidados que bajo sábanas dormitaban en un letargo eterno.
Los recuerdos existían en mi mente, una niñez llena de alegría y júbilo que entre aquellas cuatro paredes había quedado flotando latente más allá del aroma añejo.
Aquellos días lluviosos me encarcelaban en un bucle maravilloso de historias detectivescas entre el sótano y el desván, el abuelo con sus relatos incentivaba mi imaginación, y para contrarrestar, tía Brígida moldeaba mi carácter bajo el concepto del bien y del mal. La vida era un juego, incluso la abuela rompía sus propios márgenes al dejarme experimentar en la cocina con harina, levadura y huevos, modelando figuritas, que tras reposar en el horno de leña, resultaban apetecibles bizcochitos. ¡Oh! aquel aroma de la cocina de la abuela inundaba mi mente.
La colonia de los domingos flotaba por un solo día en aquella casa, dándole un frescor a lavanda, hierbabuena y romero, muriendo cualquier resquicio que pudiera quedar impregnado, el martes, pues la abuela azuzaba las brasas ahumadas, recogiendo las cenizas del hogar.
La casa parecía mucho más angosta desde mi percepción adulta. Vacía ya, sin muebles, aquellas paredes desnudas sin más aroma que a cerrado había perdido su encanto.