COMPLEMENTANDOSE EN SILENCIO
Dos mujeres se encontraron en una terraza. Una de ellas aliviando su soledad mientras se tomaba un cóctel y quedaba ensimismada por las luces de la noche, el bullicio de un grupo de jóvenes que parecían ir de despedida de soltero y la discusión de una pareja que con sus gritos rompía en parte la armonía.
La otra permanecía sentada ensimismada en un libro, que, con la precaria luz que le proporcionaba una farola cercana, parecía dejarse la vista en él. Otro grupo de jóvenes conocidos por el dueño del bar, insistieron en conseguir un asiento en la terraza, a lo que el dueño, pensando que ambas mujeres no se molestarían, ya que no seguían consumiendo, se acercó a hablar con ellas, insistiendo en que ocupasen tan solo una mesa.
A las dos mujeres les sorprendió aquel ruego del dueño, y quizá por eso mismo accedieron desganadas. La mujer lectora rogó que no la hiciese mover, pues la iluminación de la otra mesa era nula, así que la primera se trasladó y sentó, dejando un espacio entre si. La mujer escudándose en su libro al cabo de un rato empezó a observar a su compañera disimuladamente, observó la tristeza de sus ojos, el brillo de su cabello y sus labios desdibujados, que en su cara de añoranza parecía pedir a gritos protección contra lo humano y lo divino. A medida que la observaba sentía deseos de hablarla, de hacerla entender que siempre hay esperanza dentro del mismo vacío. Guardó su libro y la miró de nuevo, ya sin esconderse sonrió. Sus miradas se cruzaron en un instante, que duró una eternidad, pues ambas dejaron al descubierto su esencia. Sin palabras entre ellas, ya no sentían la soledad, su conexión visual les entregaba aquello de lo que carecían, complementándose en silencio.