1 EL BOSQUE Y LA MONTAÑA, TIERRA
Quería salir de la jungla de asfalto y decidí coger el tren y dejar que mis sentidos me guiasen, una vez fuera del mismo me encontré rodeada de árboles y de un olor a oxígeno, a clorofila, a pino, a tierra, a todos esos olores juntos, entremezclados, que me hacían perder los sentidos, una vez hube respirado a fondo un par de veces, empecé a fijarme en las diferentes formas y colores que aquel lugar me regalaba, árboles centenarios con sus grotescas formas y raíces que prolongaban su espacio saliendo del corazón de la tierra, una gama de colores que partiendo del verde se aclaraba a naranjas, ocres, marrones, difuminándose a placer ofreciendo al mundo una estampa, que a un pintor retaría.
A medida que avanzaba, los sonidos de las hojas y pequeñas aves deleitaban mis oídos,.
Llegué al corazón del mismo, y me di cuenta, que aquel lugar tan solitario, ofrecía calma y relajación, me senté en un tronco y cerré los ojos para poder escuchar aún si era posible los sonidos que el andar con mis torpes pies ahuyentaba y acallaba, en esos momentos, creí estar en una isla virgen llena de pequeños animales que se comunicaban entre sí, y en la que yo no interfería, ni para bien ni para mal.
De nuevo abrí los ojos, y aquel lugar me pareció aún más bello, permanecí unos segundos contemplándolo.
Cuando pasaron unos minutos me levanté, y seguí mi camino, se me empezó a hacer pesado pues iba cuesta arriba, prácticamente sin aliento llegué a la cima de una montaña, me sentí en la cima del mundo, aunque no era una gran montaña, miré al cielo, y me dio la sensación que era el azul más intenso que jamás contemplaron mis ojos, lo recorrí hasta el horizonte donde se juntaba difuminadamente con el mar.