La Gran Máquina
La Gran Máquina
Pablo D. Flores
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Sobre este relato

“Cualquier planeta es ‘la Tierra’ para aquéllos que viven en él.” (Isaac Asimov, Un guijarro en el cielo)

Éste es mi segundo libro de ciencia ficción. El primero, Historias de Costaymar, trataba de cinco momentos diferentes en la historia de una colonia humana. Mi plan original era continuarlo con un libro similar, agrupando cinco o seis cuentos. El formato digital, sin embargo, se presta más a la publicación de relatos cortos en forma unitaria. Además, La Gran Máquina no forma parte de una secuencia temporal o argumental y es suficientemente largo para leerse por su cuenta.

Ilustración de portada

La portada es de Marisa Licata.

La Gran Máquina

Llegué a Utravani casi al mediodía, un dicuatro. El zeppelin partía, en esa época, los didós por la mañana desde Tlipsu, tocaba puerto por la noche en Go’or, esperaba allí hasta el alba para no arriesgar un trayecto en medio de la oscuridad a merced de los vientos traicioneros del Páramo, y llegaba a Prsiima el ditrés a última hora; casi todos los pasajeros se bajaban allí, y unos pocos subían. No había bajada a tierra para los que seguíamos viaje. Cruzado el paso principal de la Gran Cadena, proseguíamos confiadamente toda la noche, y por la mañana veíamos a lo lejos los picos y mesetas, rojizos y resecos, de las Islas de Utravani.

Yo había dormido bien toda la noche, a pesar de la turbulencia que invariablemente (a decir de los pasajeros habituales) sacude un buen rato el zeppelin al remontar la cordillera de Prsiima. Cuando, después de desayunar, salí a ver el espectáculo, varios de aquellos habitués me saludaron. Aunque no hago alardes, tampoco le niego mi nombre a nadie, y de manera inevitable alguien me reconoce y se sorprende de encontrarme en carne y hueso. Aquel día mi mente estaba concentrada en la expectativa de llegar y hablar con Ifara, después de tantos meses de comunicarme con él sólo por carta o por radio, y me temo que no presté atención al paisaje ni a mis admiradores.

Por lo demás, la región de Utravani no es geográficamente distintiva. Hay tres mesetas-isla principales, colocadas más o menos en dirección norte-sur, y una multitud de picos poco accesibles, algunos de ellos permanentemente bajo las nubes. La mayor parte de la población vive en la meseta central, que llaman Utra-Miir; el puerto de amarre está en la del sur, Utra-Chrgam. Todo esto ya me era sabido. La única particularidad del paisaje era la ocasional ruptura completa de la capa de nubes a sotavento de las mesetas, causada por ciertas particularidades en la circulación de los vientos y la configuración de las masas rocosas. El fenómeno dejaba ver grandes extensiones de las laderas, incluso hasta donde comenzaba la jungla. Para mí aquello no era muy curioso, pero la mayoría de la gente nunca ha bajado a la jungla y rara vez tiene ocasión siquiera de recordar que existe. En mi hogar en Tlipsu, las nubes, la exhalación húmeda de la jungla, no se retiran casi nunca, y cuando un hueco se abre, es sólo para ser cubierto por otras nubes unos pocos minutos después; pero yo había bajado decenas de veces por los acantilados o las gentiles laderas de las montañas de Tlipsu, solo o acompañado, y no podía olvidar jamás lo que se movía en la superficie.

El zeppelin pasó el resto de la mañana maniobrando para colocarse en la posición correcta; cerca del final, hubimos de sobrepasar nuestro destino y dar varias lentas vueltas en torno a las Islas, cada una apenas más cerca del puerto que la anterior, buscando un viento favorable, mientras los motores zumbaban con furia.

Permanecí en mi camarote durante todo este proceso, que fue —valga un gran reconocimiento a los pilotos— tan sereno como pudiera desearse. Tenía prisa por bajar, pero esperé que la multitud ansiosa me precediese, puesto que de nada serviría amontonarnos a los empujones en la sala de desembarque. En Utravani los pasajeros de islas lejanas y aquéllos que vienen por primera vez deben, además, realizar un trámite de inmigración, que me insumiría un rato, sin importar cuánto apuro demostrase. (No es así en Tlipsu, pero Tlipsu es una isla pequeña y sin pretensiones en el borde del mundo. La burocracia no se detiene ante nada en su avance, sin embargo, y quién sabe cuánto tiempo pasaría antes de que comenzásemos a imitar a Utravani…)

Ante la oficiala de inmigración di mi nombre como Glissa Virachkan Troogau Srveli, es decir, en la forma familiar completa, que nunca nadie usaba (ni yo mismo) desde hacía docenas de años; si me marcaba como extranjero exótico, al menos ocultaba mi apelativo más famoso. La oficiala anotó puntillosamente todos mis datos; preguntó luego cuál era el propósito de mi visita y levantó la vista, sorprendida por una fracción de segundo, cuando respondí: “Investigación”. Debe haber pensado en algo relacionado al espionaje o a tareas de índole policial, porque terminó la entrevista con cierto envaramiento.

Bajé de la torre, donde piadosamente se habían instalado unos enormes y cómodos ascensores, y salí al gran patio de la base. Allí me esperaba Ifara. Tenía en la mano un cartón con mi primer nombre escrito en caracteres locales. Casi no había nadie más; los otros pasajeros habían partido a sus destinos.

Había esperado encontrarme —me di cuenta en aquel instante, y me avergoncé un poco de mi prejuicio— con un hombre pequeño, nervioso y vestido descuidadamente, casi una caricatura del científico e inventor con quien había intercambiado tantas cartas; en cambio hallé ante mí a un joven robusto, algo más alto que yo, con un impecable traje a la moda y una sonrisa de ésas que las mujeres llaman “deslumbrantes”. La única parte de mi caricatura mental que coincidía con la realidad era un par de anteojos redondos y bastante gruesos, que destellaban con un leve tono verdoso al sol.

—¡Glissa! —gritó Ifara al verme, con aquella voz aguda que también había contribuido a mi falsa imagen—. ¡Qué bueno que has llegado ya!

Me adelanté y le ofrecí mis manos, que tomó calurosamente.

—Gracias por venir a recibirme, Ifara —dije—. No hacía falta, realmente. No habrás esperado mucho, ¿verdad?

—No, no —replicó Ifara, sacudiendo la cabeza y gesticulando—. Vine a buscarte para que no pierdas tiempo buscando un coche de alquiler. Y que el cochero no te estafe con la tarifa, además. No esperé mucho. Tengo acceso a la radio de la torre y vine en cuanto supe que comenzaban las maniobras de atraque.

Me había tomado por un codo y ya me dirigía hacia la salida. Atravesando un gran arco que miraba al norte, llegamos a una especie de cornisa de cemento. Estábamos en el punto más alto de este lado de la meseta de Utra-Chrgam; hacia poniente se veían filas de casas bajas y ocasionales edificios de hasta cuatro o cinco pisos. Del otro lado estaba la costa-precipicio, que se hundía en una masa de nubes blanquecinas. Unas torres de metal, de aspecto bastante precario, emergían de la masa a intervalos regulares; las unía un par de gruesos cables. Observé que unas pequeñas cabinas con ventanas de vidrio avanzaban colgadas de los cables.

—Ven, vamos a bajar al teleférico —dijo Ifara, y me empujó suavemente por unas escaleras. Ya había comprado dos pasajes y una cabina estaba a punto de partir.

El viaje duró unos quince minutos. La cabina tenía lugar para una docena de personas, pero sólo había otras tres además de Ifara y yo. Eran dos mujeres, que parecían hermanas, y un jovencito de barba incipiente. Nadie hablaba, y el silencio terminó por contagiársenos, a pesar de que teníamos mucho para comentarnos. Sólo cerca del final, cuando ya veíamos a lo lejos la última torre y los bordes de la meseta central, Ifara se inclinó un poco y me dijo en un susurro:

—Ya estamos llegando. ¡Vas a ver lo que tengo para mostrarte! Pero primero almorzarás con el equipo. Están ansiosos por conocerte.

—¿No estarán demasiado ansiosos? —pregunté, fingiendo una aprensión que en verdad comenzaba a sentir.

—Me han prometido que te dejarán en paz hasta que hayas recuperado tus fuerzas.

—Haré lo posible para apurar ese momento —bromeé.


Ifara había dejado esperando a todo su equipo en la gran casa donde me hospedaría, y que compartía con su esposa Ku’uro, una belleza de largos cabellos casi tan alta como él y con una sonrisa igualmente perfecta, aunque mucho más reservada. Otras cinco personas (cuatro hombres y una mujer) nos aguardaban para almorzar. Me recibieron como a un héroe y no perdieron tiempo en llenarme de comida y bebida, como si fuese un amigo perdido hacía tiempo, cosa que me sorprendió y descolocó al comienzo.

Estábamos en un patio abierto, donde había una mesa con fuentes de comida fría y jarras. Ifara dio un par de instrucciones rápidas mientras entraba a la casa, de la cual emergió a los cinco minutos vistiendo, ahora sí, la ropa que yo había esperado ver en el puerto. El traje, evidentemente, había servido para marcar la ocasión; habiéndome admitido a la intimidad del hogar, ya no tenía ningún propósito. Los demás se afanaban en la preparación de ensaladas y en la distribución de platos y vasos.

A pesar de la advertencia de Ifara, nadie esperó siquiera a que terminara el almuerzo para bombardearme a preguntas. Algunos querían saber sobre mis “aventuras”, como llamaban a las expediciones a la jungla en la región de Tlipsu y en la base de la Gran Cadena y al rescate de la expedición de Drampa en Je’aja. La mujer de Ifara quería saber detalles sobre mi esposa, si es que tenía una (o si tenía más de una, cosa que —dijo— había escuchado que se estilaba en algunas partes); la otra, Vrten, inquirió perentoriamente sobre ciertos detalles técnicos del equipamiento empleado en las antedichas “aventuras”. Los hombres (Fiiri, Arpan, Slati y Soota) querían saber qué había comido y qué cosas había tenido que matar para sobrevivir; Slati preguntó, además, si en mis equipos había llevado mujeres y cómo había logrado que su charla no viciara el aire de mis vehículos sellados. Esto último era a todas luces una broma interna.

El ambiente era festivo pero podía verse que todos ellos estaban ansiosos por trabajar conmigo y por mostrarme su trabajo. Al menos en aquella mesa no se respetaba la antigua tradición de dejar los negocios para después de la comida.

Ifara me obligó, sin encontrar demasiada resistencia de mi parte, a dormir una siesta. Cuando desperté los invitados se habían ido, con excepción de Slati.

—Es mi mano derecha —dijo Ifara, mientras caminábamos los tres hacia el gran galpón que hacía de taller y depósito—. Él diseñó el traje.

—No es cierto —dijo Slati automáticamente—. Trabajo en equipo. Nadie va solo.

Slati era de una economía léxica extrema, según yo había observado durante la charla en el almuerzo, lo cual no significaba que fuese parco.

—Cualquiera diría que insiste para que yo lo elogie más —observó Ifara—, y yo también lo pensaría, si no lo conociese. Yo tuve la idea básica, es decir, se me ocurrió que podría no ser una locura pensar en un traje de aislamiento totalmente autónomo, y luego cada uno aportó detalles, pero Slati fue el que dio el paso más difícil, que era reunir los detalles en un diseño que funcionara.

—Con chances de funcionar —replicó Slati.

—Con chances, claro —dijo Ifara—. Nadie esperaba que funcionase la primera vez.

Entramos al galpón e Ifara encendió unas luces. Había un engañoso orden allí, un orden con apariencia de caos: decenas de ideas materializadas a medias.

—Pero funciona ahora, después de… ¿cuánto? —pregunté.

—Año y medio —dijo Slati—. Catorce salidas.

—Aquí está —interrumpió Ifara. Nos habíamos detenido frente a un cobertizo de planta cuadrada, de unos cuatro metros de lado y tres de altura, al que llegaban varios gruesos tubos de metal y plástico, que penetraban por el techo y las paredes laterales. La puerta era pesada y tenía una ventanilla de vidrio grueso. Estaba entreabierta; Ifara la abrió y me invitó a mirar.

Dentro del cobertizo estaba el traje. Ifara me había enviado una foto, pero el objeto real, por supuesto, superaba a la reproducción. Había una sensación, no sólo de profundidad, sino de tacto, de textura, al verlo. Parecía estar sujeto a la pared del fondo; un tubo que colgaba del techo llegaba a una toma de aire redonda cerca del hombro, cerrada, sin tocarla. Yo ya sabía que había aros semirrígidos en torno al pecho, la cintura y los miembros, pero aún así me desconcertó un poco la apariencia de volumen, la presencia del traje; el polvo fino que ensuciaba la cubierta de vidrio del casco contribuía, con su oscurecimiento del espacio vacío que había tras él, a la idea inquietante de que aquel muñeco de cuero, plástico y metal no estaba totalmente hueco.

La sorpresa pasó; Ifara se adelantó y sacudió el muñeco por el brazo.

—Pesa cuarenta y cinco kilos —dijo Slati—. Sólo para hombres fuertes.

—¿Eso es con el aire? —pregunté.

—Con los tubos de aire llenos y todo el equipo purificador y compensador de presión montado en la espalda para una salida de doce horas —respondió Ifara, sin preocuparse de que la fría explicación técnica dejase traslucir cierto orgullo.

—Que nunca hemos intentado —acotó Slati.

—¿No? Pensé que…

—No —dijo Ifara—. Slati y yo hemos estado, cada uno con un prototipo similar a éste, ocho horas y media, a una altura mínima de mil setecientos metros sobre el nivel del suelo, en verano. Hemos hecho pruebas de resistencia con ejercicio aérobico y otras de ejercicio anaeróbico fuerte… pero todo esto ya lo sabes por lo que te he venido escribiendo.

—¿Y no han probado éste?

—Lo hemos tenido aquí haciendo pruebas en condiciones simuladas —dijo Ifara, haciendo un gesto para abarcar el cobertizo—. Le aplicamos 360 kilopascales y resiste bien, sin límite de tiempo, pero nos preocupa la mezcla de gases y qué ocurrirá cuando se saturen los purificadores.

Felicité a Ifara y Slati y, mientras discutíamos de detalles técnicos que ellos conocían mucho mejor que yo y que requerían explicación, observaba aquella obra de arte de la ingeniería. Yo había explorado las junglas metido dentro de vehículos sellados, con fugaces y peligrosas escapadas al exterior en un traje convencional con filtros; caminar por esos parajes vedados con un traje como ése, aunque tuviera un aspecto grotesco y pesara casi tanto como llevar otra persona a la espalda, se me antojaba un sueño que de súbito había pasado a estar cerca de hacerse realidad.


Al caer la noche hubo una celebración. Hacía frío en el patio abierto, pero Ifara hizo traer y colocar en torno a la mesa unos hogares móviles donde se encendieron fogatas y se asaron, de paso, carnes y verduras. Había todo tipo de manjares y abundante bebida. Los amigos de Ifara y su equipo brindaron por mi llegada; yo acepté el honor y brindé por los logros técnicos del equipo.

El festín duró hasta tarde y, como suele suceder, las lenguas se aflojaron y se dieron a discusiones largas y sinuosas. Naturalmente volvieron a preguntarme sobre las expediciones a la jungla, y me explayé sobre las extrañas criaturas que habitaban en ella y sobre cómo no se parecían a nada que el hombre hubiese traído consigo de su planeta natal.

—Es de esperar —dijo Slati, que estaba apenas un poco más locuaz que de costumbre—. Pero son organismos insensibles a fin de cuentas.

—Sí, claro —dije—, aunque no veo el punto…

—Ninguno es inteligente, ¿verdad?

—No, a decir verdad ni siquiera son muy complejos, la mayoría de ellos —dije—. Quizá no lo necesitan.

—Slati cree que nada nos debería impresionar a menos que lo vuelva loco de desconcierto a él —dijo Soota, en medio de risas de los demás.

—Lo revolucionario sería encontrar inteligencia —explicó Slati—. Lo de aquí es curioso pero común.

—No tan común —repliqué—. Según los Antiguos no hay casi planetas aptos para la vida en nuestra zona de la galaxia, y pocos donde exista vida tan compleja como la de aquí.

—Quizá la experiencia de los Antiguos no fue suficientemente amplia —insinuó Ifara.

—Ah, ahora le has dado pie —protestó Soota.

—No voy a decir nada —dijo Slati.

—Slati cree que hay vida inteligente extrahumana en la galaxia —intervino Vrten—, que los Antiguos eran exploradores de poca monta y que tenían miedo de encontrarse con seres superiores a nosotros.

Pensé para mí que no eran raros, desafortunadamente, los filósofos autoproclamados que discurrían sobre hechos de la historia juzgando a sus protagonistas como si hubiesen estado allí mismo mientras ocurrían; no quise hacer mucho caso porque en verdad Slati no había tenido oportunidad de exponer su caso, pero su tipo aparente me era conocido.

—¿En serio? —pregunté.

—No como ella dice —replicó Slati—. Exploradores no: buscadores. De lugares para depositar colonias. Poca iniciativa y mucho conservadurismo, ¿qué si no? Llevaban una carga importante.

—Llevaban a la humanidad.

—Exacto. Entonces esquivaron a otros seres sentientes.

—Nunca dijeron nada sobre otros seres sentientes —intervino Ifara—. Ni siquiera lo mencionan las historias del folclore antiguo.

—Ah, seguro. Pero quizá ellos no querían ser encontrados.

—No quieren —dijo Vrten—, porque estamos aquí hace ¿cuánto? ¿Cinco mil años? ¿Seis mil?

—Al menos siete mil según Trichabave y Gujdiilam, hasta diez mil según otros —dije.

—Tiempo más que suficiente —dijo Soota.

—Poco tiempo para criaturas que viajan entre las estrellas —replicó Slati—, o que son inmortales.

—Todo esto es demasiado especulativo para mí —dijo Ifara, inclinándose sobre la mesa para servirse una copa. El gesto quería ser un corte y un pase elegante hacia otro tema, y juzgué oportuno no insistir.

La charla se diluyó rápidamente y, más tarde, en el bullicio de las despedidas, no pensé más en ella, ni en los seres de la jungla ni en el traje. Nos fuimos a dormir, agotados y sin hacer planes, a altas horas de la madrugada.


El primer avistamiento ocurrió al día siguiente. A despecho de las intenciones de Ifara y Slati, que habían planeado un día de trabajo intensivo con el nuevo traje, las mujeres (Vrten y Ku’uro) insistieron en una gira por la ciudad, a la que prontamente se sumaron Soota, su esposa Drigi, y Arpan. No había hablado mucho con este último durante el almuerzo o la cena; resultó ser un aficionado a la historia antigua, como yo, aunque confesamente tímido. Me apresuré a advertirle que mi autoridad en la materia era mera apariencia.

—Algunas fuentes dicen que estas islas fueron las primeras en ser colonizadas —comentó Arpan mientras observábamos Utra-Miir extendida ante nosotros, parados en un mirador con la espalda vuelta al oriente y a los precipicios—. Posiblemente porque las mesetas son naturales.

—¿Las mesetas de otras ciudades no son naturales? —preguntó Soota.

—No; en algunas hay marcas y huellas que muestran que fueron trabajadas artificialmente.

—Utra-Chrgam es artificial —acotó Drigi.

—Eso iba a decir —dijo Soota.

—Sí, en parte, pero Utra-Miir y Utra-Tigvaru son de origen natural —aseguró Arpan—. Con algún trabajo extra, claro, sobre todo cerca de los bordes.

—Tlipsu es mucho más pequeña —dije—. La ciudad, quiero decir, no la meseta donde está ubicada. No está tan trabajada, no es tan plana como ésta, así que todavía le queda mucho lugar para ampliaciones. ¿Qué harán ustedes cuando se queden sin espacio?

—No sé —dijo Arpan, y rompió a reír—. Nos pondremos trajes de aislamiento y viviremos en las laderas.

Nos volvimos a mirar hacia la inmensidad de nubes blancas, más allá de las pendientes rocosas, y entonces vimos lo que quizá habíamos percibido antes, sin prestarle atención, como ocurre con el oído cuando escucha sin escuchar un trueno lejanísimo: una estela luminosa, brillantísima, al rojo blanco, que marcaba un pequeño arco en el horizonte. Estaba a levante, un poco al norte.

Algunas otras personas en el mirador ya lo habían visto y lo señalaban con asombro. Yo estaba feliz de tener la oportunidad de ver algo así, pero en absoluto sorprendido; mi confiada impresión de que se trataba de un bólido, no obstante, desapareció cuando al cabo de unos minutos fue claro que el objeto no estaba descendiendo sensiblemente, sino describiendo un gran arco de este a oeste. Al rato pasó directamente al norte de nosotros, que lo mirábamos con la boca abierta, y noté se estaba apagando lentamente; un poco más tarde se había desvanecido.

—Slati va a ponerse como loco —dijo Soota.

Me rehusé a creer en esa previsión, pero, en efecto, Slati estaba esperándonos con una sonrisa algo desagradable y con aire ansioso en la puerta del taller.

—¿Lo viste? —preguntó inútilmente Soota.

—¡Si lo vi! ¡Si lo vi! —dijo Slati—. ¿Quién no?

—No sé de dónde te viene tanta emoción —dijo Arpan.

Ifara, sin duda oyéndonos afuera, salió del taller frotándose las manos sucias en los pantalones de trabajo.

—Mi ingeniero, aquí presente, ha quedado inutilizado por su entusiasmo —proclamó—. Quítenselo, por favor; lo necesito para trabajar.

—Fue un meteorito —dijo Vrten.

—Fue muy impresionante —apuntó Ku’uro—, pero como dice Vrten, nada que no se haya visto antes. Ponte a trabajar, Slati.

Carraspeé para hacerme notar y dije:

—Diría que se trata de un bólido o meteorito, pero es un poco raro. Nunca he visto un bólido que no caiga y no estalle o se consuma en el aire.

—¿Lo ven? —preguntó Slati.

—Pero bueno, Slati —dije—, no pensarás que se trata de una nave alienígena, ¿verdad? ¿Tanta discreción durante miles de años y, cuando llegan, pasan de largo dejando una estela brillante?

—No digo nada de nada —replicó Slati, y se quedó tozudamente callado a pesar del acoso de los demás.

Aquello duró un buen rato; cuando todos se cansaron, cada uno volvió a sus ocupaciones, excepto yo, que no tenía nada que hacer. Me uní al equipo. Fiiri estaba aún en el taller, empecinado en corregir una falla en el regulador de la mezcla de gases del nuevo traje; mientras él y Slati se concentraban en eso, Ifara me invitó a probar los otros dos prototipos.

Los prototipos 1 y 2 eran menos resistentes, pero habían sido probados a gusto por todo el equipo y eran seguros dentro de sus límites, ya claramente establecidos. Con uno de ellos yo podría haber explorado los valles de la Gran Cadena, que están relativamente altos y cuyo aire es bastante limpio; no así la pestilente Depresión de Je’aja, donde incluso los más robustos vehículos acondicionados le habían fallado a la expedición de Drampa, llevando a varios de sus hombres a la muerte.

Entrar en aquellos trajes no era una experiencia agradable, ni siquiera para alguien acostumbrado al interior claustrofóbico de un tanque móvil. Yo había usado semirrígidos en ocasiones, pero aquí se trataba de lidiar con el peso y la dureza de una armadura completa. Caminé un poco por el taller, probando las articulaciones y encontrándolas razonablemente livianas; después me metí al cobertizo de pruebas, donde Ifara había hecho a un lado el prototipo 3, y me ejercité un rato en flexiones de cintura y movimientos de brazos mientras Ifara y Slati, cerrada la puerta, bombeaban una mezcla de oxígeno, ozono, nitrógeno, dióxido de carbono y óxido nitroso a alta presión y temperatura.

Había una radio encendida en el taller; en los ratos fuera del traje escuché allí varios comentarios sobre el misterioso bólido, que había sido observado por una gran cantidad de gente. Slati paraba a veces a oír mejor, pero finalmente se concentró en su trabajo e Ifara apagó la radio.

Efectuar cada prueba tomaba bastante tiempo, ya que había que verificar una docena de indicadores, válvulas y cierres en el traje, además de las condiciones del simulador, y registrar cada valor meticulosamente. No era un testeo azaroso o de juego, sino un experimento diseñado para trazar un perfil de calibración del traje, de manera de que se pudiese confiar plenamente en él.

En la tarea nos sorprendió el atardecer. En cuanto comenzó a resultar insuficiente la luz natural, Ifara detuvo el experimento y fue a encender unos grandes focos. En ese momento entró Ku’uro, como una exhalación.

—¡Lo han visto de nuevo! ¡Lo están diciendo por la radio!

Slati corrió a encender el receptor del taller. Un locutor leía un reporte de avistamiento de una estela luminosa en el cielo, unos pocos minutos antes, en la región de la Isla de Kamarudi.

—Kamarudi está a unos setecientos kilómetros de aquí, al noreste —dijo Ifara—. Si viene como esta mañana, deberíamos poder verlo en un rato.

Salimos. Unas pocas estrellas ya brillaban en el horizonte oriental. En medio de ellas se veía claramente una rayita de luz, que se alargaba a ojos vista.

—No puede ser el mismo —dijo Slati.

—¿Por qué no? —pregunté.

—¿Mismo meteorito, misma órbita, dos veces en el mismo día? Bueno, es posible, pero no muy probable.

(Tenía razón, como supe más tarde. No hay muchas formas en que un meteorito pueda entrar a la atmósfera sin desintegrarse y luego escapar al espacio y volver a pasar. El rango de trayectorias y velocidades requeridas para esa acrobacia es muy estrecho.)

Esta vez la estela luminosa se desvaneció antes, a poco de pasar por el zenit. Nos quedamos observando el cielo un rato más, mientras las estrellas giraban inmutables en su danza, pero no ocurrió nada inusual. La radio siguió repitiendo reportes de avistamiento hasta que la apagamos.


Al día siguiente, mientras Ifara, Ku’uro y yo desayunábamos, escuchamos un estrépito afuera, seguido por unos salvajes golpes en la puerta que daba al patio. Era Slati; detrás de él había una caja de madera grande que se había abierto por un lado y de la que asomaban unos objetos metálicos.

—¡Salgan! ¿Desayunando a esta hora todavía? —bramó cuando Ifara abrió.

—¿Te volviste loco? —preguntó Ku’uro, levemente indignada. Nos levantamos de la mesa; Slati gesticulaba.

—¡Ahí! ¡Allá! —señaló al horizonte oriental; el sol apenas dejaba ver algo—. Está ahí, lo vi. Le pedí a mi primo un telescopio —explicó, señalando la caja—. Por si pasaba de nuevo. Mi primo, el del Observatorio. Me hizo el favor. —Mientras hablaba miraba de reojo al sol, guiñando los ojos alternativamente y haciendo visera con una mano—. Vine a trabajar, Ifara, pero no podemos perdernos la oportunidad de verlo, pensé. Y cuando llegaba aquí lo vi, me apuré, se me cayó. Espero no haberlo roto.

Lo ayudamos a sacar el telescopio y su trípode de la caja. No parecía roto, aunque unas de las patas estaba un poco doblada.

Miré al sol y me pareció ver, un poco por encima, una línea curva de luz. Se la indiqué a Ifara, que asintió.

—Voy a llamar por teléfono a todos —dijo Ku’uro, y corrió hacia el interior de la casa. Escuchamos que encendía la radio.

La línea luminosa, el bólido, lo que fuese, avanzaba a gran velocidad hacia el zenit; pronto se había adelantado tanto que era posible verla sin más esfuerzo que el de poner una mano frente al disco solar para ocultar el fulgor más directo. Trepó durante quince o veinte minutos, como las veces anteriores; después, por unos momentos, fue difícil saber cómo estaba moviéndose, debido al ángulo de visión. Slati había montado el telescopio y refunfuñaba, sin lograr ponerlo en foco. Enseguida percibimos que el objeto estaba cayendo, trazando una línea apenas curva; hubo una explosión y luego una chispa más apagada bajó de ella. Era imposible saber a qué distancia se encontraba. Perforó la capa de nubes y desapareció.

Ifara había traído un bloc de hojas y un lápiz desde la casa y Slati estaba anotando frenéticamente los datos de orientación del telescopio. Cuando terminó, sonrió triunfante.

—Lo tengo. Supongo que mi primo lo habrá observado también. Lo triangularemos.

—No tenía idea de que eras un aficionado a la astronomía —dije.

—Más bien a la observación de objetos brillantes —rio Ifara. Tomó el bloc de manos de Slati, sin embargo, y estudió los números con aire reconcentrado—. ¿Esto es la distancia que estimas? —preguntó.

—Sí.

—Sesenta y cinco a setenta y cinco kilómetros. No es tan lejos, en esa dirección —continuó Ifara—. Partiendo desde Utra-Tigvaru…

—Desde la estribación de Nungii o desde Drchaid —precisó Slati—. Si el terreno no cambia mucho en relación a las bajadas de Tigvaru.

—-¿Ustedes están pensando lo que creo que están pensando? —preguntó Ku’uro.

—Creo que están pensando en eso —dije—, pero quiero que lo digan.

—Slati y yo hemos pasado semanas probando los trajes. Te llamamos para que nos dieras tu opinión; ya has visto lo que pueden hacer. Quizá tengamos tiempo de sobra, quizá no. ¿Qué te parece?

Miré a Ifara fingiendo incredulidad durante un momento; era inútil, porque él ya me conocía. Asentí sin palabras.

—¿Apuestas? —preguntó Slati.

—Por costumbre y principios, no —respondí.

—¿Y ahora?

—Mantendré mis principios en alto.

—Aburrido, pero comprendo.

—Yo apostaré —dijo Ifara—. Apostaré a que es sólo un meteorito muy curioso y que con nuestros flamantes trajes llegaremos allí y nos traeremos unas muestras de él que nos harán famosos.

—No apostaré contra nuestros trajes —dijo Slati—. Ese meteorito tuyo hizo maniobras. Dos granmonedas a que es un vehículo alienígena.

—¿Sólo dos?

—Me reservo el derecho de redoblar.

—Hecho. Hasta que estemos a mitad de camino, no más.

—Hecho.

Se estrecharon la mano. La ceremonia me había traído una sonrisa al rostro, pero en verdad aún no había logrado poner en perspectiva lo que estaba ocurriendo.

—Tenemos que avisar a las autoridades —dije.

—Tendrás —dijo Ifara—. Eres una estrella aquí; el prefecto ha querido conocerte desde que llegaste. Tendrás que estrecharle la mano y sacarte fotos con él.

—Y a cambio nos dará dinero —agregó Slati.

—¡Ah! Por eso había tanto amor en esas cartas que me escribías, Ifara —bromeé.

Slati ya se había puesto serio otra vez. Mientras hablábamos, quitaba el telescopio del trípode; dobló y guardó todo en la caja maltrecha, y dijo, mientras se marchaba:

—Ustedes van ahora a ver al prefecto. Yo me voy a darle unos toques finales a los trajes.

Marchó hacia el taller, entró y cerró la puerta tras de sí.


El prefecto, Stiise Drendram, un hombre de rasgos vagos y mirada curiosamente esquiva, se comportó con mucha más dignidad que la vaticinada por Ifara; después de un blando apretón de manos y unas palabras sobre lo honrados que todos en Utravani estaban por mi presencia allí, etcétera, nos invitó a pasar a su despacho “para que no nos molesten”, y allí habló prácticamente.

—La ciudad no tiene mucho con qué ayudar, pero lo que tengamos, lo aportaremos, señor Srveli. —Ifara alzó las cejas en un gesto ambiguo, y Drendram agregó—: Todo lo que podamos para ayudar a su equipo, señor Guut.

—Gracias —dijo Ifara—. ¿Ha tenido alguna novedad?

—Anoche recibimos algunas llamadas desde Kamarudi, pero nadie les prestó mucha atención, a decir verdad. Hace una hora hablé con Kassib, el prefecto de allá; imagínense que no solemos hablar por radio y menos tan temprano por la mañana, pero tiene a mucha gente asustada allá. Que viene el fin del mundo, todo eso: una locura, pero ya saben cómo es la gente. Quería saber si nosotros sabíamos algo y, francamente, creo que espera poder controlar los rumores.

(En Kamarudi hay, según me contó Ifara más tarde, un par de grupos de fanáticos religiosos con curiosas creencias sobre el fin del mundo, que ocasionalmente disfrutan de un florecer efímero. Algunos proclaman que el mundo va a terminar en una lluvia de fuego; otros, que las nubes subirán y las junglas invadirán las laderas de nuestras montañas y sofocarán las islas. Nada de esto existe en Tlipsu, lugar demasiado pequeño y ocupado en su supervivencia para tales vuelos enfermizos de la imaginación.)

—¿Sabe si alguien de allá vio algo más? ¿Algo que no hayamos visto nosotros? —preguntó Ifara.

—No parece que haya sido así, no —dijo Drendram, y agregó—: ¿Usted no sabe qué es, verdad?

Ifara me miró.

—Mi opinión —dije— era que se trataba de un meteorito rozando la atmósfera. Y sigue siendo lo que pienso, aunque sólo porque no se me ocurre una alternativa que no suene… fantástica. O descabellada.

Omití mencionar la alternativa de Slati y observé que Ifara pasaba de una actitud de alarma a una de desasosegado alivio.

—La única forma de saberlo es ir a ver —completó—, y en eso es donde mi equipo y yo podemos ayudar.

—Claro, claro, por eso están aquí ustedes —dijo el prefecto—. Les facilitaremos todo. Dos vehículos y uno más de carga, si les parece; lo que usamos para los despejes de laderas. Usted ha trabajado con el grupo de Ksimos, ¿verdad, Guut? Hablaremos con Ksimos ahora para que verifique que todo esté bien, testeado y listo para salir. Combustible, naturalmente, y raciones.

El prefecto se levantó de la silla, dudó un momento, luego nos guió hasta otro despacho, donde conocí a Pentra Ksimos, una especie de funcionario polivalente y totipotenciario en lo referido al mantenimiento y aprovechamiento de la jungla.

Ksimos era un hombre gordo, ya mayor, con apariencia engañosamente blanda y capaz de una actividad frenética. En un par de horas, con su ayuda, delineamos un plan completo de exploración del lugar de caída del bólido. No era difícil adivinar que Ksimos anhelaba salir a la jungla en la misma proporción en que le era imposible hacerlo; incluso con el mejor sistema de aislamiento, un viaje de setenta kilómetros en ese ambiente requería de buena salud, entrenamiento físico y, en lo posible (¡ay de mí!) juventud. Le prometimos que estaríamos en contacto con él constantemente, en tanto fuese posible.

Mientras revisábamos, en uno de los hangares de la prefectura, el equipo que deberíamos llevar, un secretario apareció con un mensaje; Slati nos había estado buscando por teléfono sin éxito. Despachamos al mensajero pidiéndole que le avisara dónde estábamos para que viniera por sí mismo. Una hora después apareció Fiiri, con el rostro rojo y congestionado.

—Los he estado buscando… Ufff… Slati… un accidente. Se intoxicó.

—¿Qué? —gritó Ifara.

—No es tan grave —dijo Fiiri—. Estaba probando el mezclador de gases del traje y cometió un error.

—¿El traje funciona bien?

—Eso creo. Fue un error. Yo estaba allí cerca y lo saqué. Ahora está en el hospital. Está consciente pero tiene que hacer reposo. Vrten está con él. ¿Qué pasa aquí?

Le explicamos.

—No sé si sea prudente apresurarnos —dije—. Visto lo que ocurrió con Slati, especialmente…

—Estoy seguro de que Slati diría lo mismo —replicó Fiiri—, pero tengo otras noticias suyas. Lo llamó… creo que por eso fue que estaba tan apurado y confundió los controles del traje… lo llamó ese primo suyo, el del Observatorio. Dice que vieron algo en las fotos que tomaron anoche, y alguien habló con ellos por radio, desde Kamarudi, para confirmarlo. No pude captar mucho y después Slati quedó incapacitado y ahora está un poco atontado…

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Ifara.

—Que dicen que no fue un bólido, que parece un objeto regular y que algo se desprendió de él antes de caer. Es lo que recuerdo.

Ksimos aspiró ruidosamente una bocanada de aire.

—Señores, creo que deberíamos aprontar su expedición lo más rápidamente posible —declaró.

—Estoy de acuerdo —dije—. ¿Algo más?

—Los aficionados se están pasando la noticia —dijo Fiiri—. Si nosotros no vamos a ver qué es, alguien más lo hará. Slati…

—Hablaré con él —dijo Ifara.

—Hablaremos —repliqué.


Ninguna mezcla de gases tóxicos iba a ser suficiente para aplacar la frustración de Slati. Cuando Ifara y yo fuimos a relevar a Vrten en el hospital, imagino que supo inmediatamente lo que veníamos a decirle, porque su rostro se arrugó de pronto; pero lo soportó sin protestar (mucho). Teníamos que salir cuanto antes fuera posible, y él no podía salir con nosotros. Tenía los pulmones delicados y de ninguna manera podía exponerse a que se dañaran más. Trabajar dentro de un tanque móvil o un traje de aislamiento requiere pulmones y corazón en perfecto estado, o razones muy graves para ignorar el consejo médico.

Slati era, naturalmente, el experto; junto con Ifara, había diseñado, fabricado, ensamblado y calibrado con mano de artista los tres prototipos (y si esa mano había fallado en un momento crucial, nada podía reprochársele). Su ausencia en la expedición sería una gran pérdida. Le prometimos que lo tendríamos al tanto de lo que ocurriera. Saldría del hospital en un día y medio o dos, como mucho; Ku’uro lo cuidaría y recibiría los mensajes radiales que le transmitiésemos.

El resto del equipo estaba preparándose para salir en cuanto todo estuviese listo. Iríamos en los dos tanques provistos por la prefectura, repartidos así: Ifara, Arpan y yo en el primero; Vrten, Soota y Fiiri en el segundo. Los pilotos serían Arpan y Fiiri, pero en verdad todos sabían manejar los vehículos, y también yo, aunque necesitase un poco de práctica con su diseño. Ifara y yo usaríamos los trajes 2 y 3; Vrten utilizaría el número 1. Con un traje menos abordo (y sin todos los pertrechos asociados a él) el segundo tanque llevaría bastante menos carga. Inevitablemente alguien hizo también una broma —matemáticamente correcta— sobre los pesos combinados de los pasajeros, y se decidió, como más o menos se había planeado de antemano, que se compensaría encargando al segundo tanque de remolcar el pequeño gabinete móvil donde llevaríamos provisiones extra, oxígeno de recambio y algunos instrumentos.

Organizar una expedición de esta clase suele requerir semanas; contando con manos solícitas que acercan todo lo necesario, puede hacerse en tres días, si se insiste en chequear y rechequear el equipamiento para ir sobre seguro. Pero esa noción quedaba descartada. Teníamos a favor el hecho de que la jungla cercana a las Islas de Utravani estaba bastante bien caracterizada geográficamente. En contra, naturalmente, no podíamos saber qué encontraríamos exactamente. Una senda marcada como practicable podía haberse borrado; un curso de agua podía haberse secado o desbordado.

Yo sabía que en algunas partes se habían empleado zeppelines para trazar mapas, pero eso requería sumergirse bajo las nubes, en una región de clima inestable y de alta presión; el riesgo era considerable, y el costo de un accidente, ruinoso. Ninguna aseguradora extendería una póliza en esas condiciones. Por lo demás, exceptuando grandes estructuras geológicas (montañas o acantilados con laderas verticales, grandes cañones o precipicios, etc.) que interrumpiesen el paisaje llano, poco podría ver un zeppelin que indicase a un explorador atado al suelo por dónde escapar o abrir una senda en la jungla impenetrable.

Dimos por terminados los preparativos cerca de la medianoche, en medio de una cena improvisada. Ksimos hizo que llevaran los tanques y el gabinete móvil, ya cargado, hasta la Pendiente de Nungii, en el borde de Utra-Miir, cerca de donde partía el teleférico hasta Utra-Tigvaru. Un camino sinuoso bajaba la ladera oriental de la montaña; por allí marcharíamos. Los trajes y una serie de pequeños efectos personales viajarían con nosotros a la mañana siguiente.

Volví con Ifara a su casa y me entregué a un sueño pesado.


Partimos desde Nungii a la hora de la salida del sol. Habitualmente había vehículos circulando por allí, subiendo o bajando entre la meseta y la zona intermedia, donde un hombre puede trabajar sin peligro y sin demasiada incomodidad durante varias horas; los utravanitas explotaban a conciencia el bosque menudo de aquellas regiones y también extraían, en algunos sectores de la ladera, roca y minerales útiles. La prefectura, sin embargo, había suspendido todo el tráfico privado del día en previsión de nuestro paso, de manera que bajásemos con total seguridad y sin ser molestados. Los tanques no son vehículos pequeños, ni livianos, ni excepcionalmente maniobrables.

El cálculo más optimista preveía llegar hasta el pie de la meseta al atardecer. Ifara, más bien conservador, declaró que se sentiría satisfecho con pasar la noche a dos mil metros de altura sobre el suelo. Dado que el equipo de mantenimiento atmósferico debía seguir funcionando sin interrupción durante el tiempo muerto de nuestro descanso, era más razonable ir a un paso lento y seguro hasta una altitud moderada, donde no le exigiríamos tanto al equipo, que apurarnos para llegar al suelo.

Arpan conducía; Ifara lo relevó a media mañana. La primera parte del camino era la más transitada y mejor mantenida; al mediodía ya habíamos entrado en la parte más alta de la capa de nubes. Ifara hizo señas al tanque número dos y ambos paramos para almorzar. El regulador atmosférico había estado casi inactivo hasta entonces; la presión ya era bastante elevada pero nuestro cuerpo se había habituado, y sólo requerimos algo de refrigeración.

Arpan volvió a tomar el volante hasta media tarde; luego me lo cedió. Con excepción de las pruebas hechas por el equipo de Ifara en el último año, nadie en una década había cruzado la línea de las nubes de tormenta de Utravani. El camino estaba, por lo tanto, muy descuidado; las inclemencias atmosféricas y los ocasionales derrumbes lo habían hecho casi impracticable en varios puntos. Yo esperaba esto. El vehículo cumplía bien con su tarea. No quedamos atascados en ningún momento, aunque nuestra velocidad disminuyó considerablemente.

Era muy difícil ver afuera; las nubes eran densas y estábamos a la sombra de la montaña. Afortunadamente no había niebla ni llovizna, y los potentes faros del tanque bastaban para evitar los peligros más cercanos.

La previsión de Ifara se cumplió. Salimos de las nubes poco después de la caída del sol (según el reloj) y anduvimos una media hora hasta que Ifara decidió el primer alto, en una amplia cornisa a una altura que juzgamos de unos 1850 metros sobre el suelo. Mandamos un mensaje de aviso a Utravani, que fue recibido y contestado enseguida; quince minutos después el operador de la torre de Utra-Chrgam nos envió saludos de Slati, que estaba “bien y muy cansado”.

—Llegamos más o menos hasta esta altura con los prototipos 1 y 2 —dijo Ifara—. Espero que sirvan cuando estemos abajo.

—Servirán —dijo Arpan—. Quizá no sean tan cómodos.

—En mi experiencia, se puede soportar bastante más de lo que uno cree —acoté—, siempre que los filtros de aire funcionen como corresponde. Y el clima influye. Es más fresco aquí que en la región de Tlipsu. La presión parcial de oxígeno es un poco más alta. Hay un 20% menos de óxido nitroso. —Había estado leyendo con atención los reportes de los instrumentos del tanque a diferentes altitudes, y lo que veía me satisfacía bastante en cuanto a nuestra seguridad, por el momento—. Creo que estaremos bien.

—Probaremos los trajes mañana por la mañana —dijo Ifara.

Asentí. Aquello estaba en el plan. Adiviné que Ifara no tenía tanta confianza como yo en su equipamiento y sentía cierta necesidad de reafirmarla. Intuí también que, ante la menor falla, tomaría la decisión de volver atrás.


Por la noche cenamos frugalmente y dormimos ocho horas. El interior del tanque no era espacioso. Concilié el sueño con facilidad, pero observé que mis compañeros se removían y suspiraban. Pese a su trabajo, no estaban acostumbrados a pasar tanto tiempo ininterrumpidamente en una lata sellada. Si había algún vestigio de claustrofobia en ellos, lo descubrirían muy pronto.

El despertador nos alertó de la llegada de la mañana. Una luz dorada entraba por las persianas semicerradas del tanque. Me levanté, las abrí y comprobé que el viento había despejado, como otras veces, las nubes a sotavento de la montaña. El sol, todavía bajo, no podía verse directamente; sobre nosotros, el cielo azul oscuro estaba apenas velado por jirones blancos. Si el clima persistía, podríamos prescindir de los faros hasta el mediodía al menos.

Ifara comenzó a calentar el desayuno, mientras Arpan encendía la radio y cambiaba unas palabras con el tanque número dos. Mandó luego un sucinto reporte a la torre y se sentó a comer con nosotros.

Ifara quería probar el traje nuevo. Lo ayudamos a colocárselo, aunque en verdad, el diseño era tan bueno (tanto mejor que los prototipos anteriores) que un hombre solo podía, sin demasiada dificultad, ponérselo por sí mismo, tardando sólo un rato más.

Salió por la esclusa y, durante cinco minutos, no hizo más que quedarse parado frente al tanque. Después de confirmar que todo andaba bien, cerró la radio, y no volvió a encenderla hasta después de dar un par de vueltas caminando en torno al tanque, doblarse, agacharse y volverse a levantar.

—Lo que hiciste fue una tontería —le dije—, y la entiendo perfectamente, porque te habríamos molestado mientras disfrutabas de tu mascota en el ambiente para el que fue diseñada…, pero no lo hagas de nuevo.

Con seguridad Ifara habría reaccionado mal ante esta interpelación, de no haberse tratado de mí. Me avergonzaba un poco hacer valer mi leyenda de aventurero experimentado para dar órdenes a un amigo y un igual en su propio territorio.

—No —dijo Ifara, sin más, por la radio—. Bien, todo parece andar muy bien. —Nos leyó los datos de sus instrumentos para cotejarlos con los del tanque, y después volvió a entrar.

Soota salió con el prototipo 1 un rato después. No era tan flexible como el nuevo traje, pero con cierta dificultad le fue posible incluso trepar al tanque con él.

Me embutí en el prototipo 2 y salí. El cielo continuaba despejado y el sol había subido un poco; podía verse un amplio panorama y, como Ifara, permanecí un rato sin hacer más que eso. La presión en el traje era un poco mayor a la del interior del tanque, y el aire no sabía tan bien, pero todos mis indicadores aseguraban que no había nada que temer. El organismo humano puede habituarse a presiones muy superiores a la habitual; a la altura donde nos encontrábamos, su función tenía más que ver con mantener controlada la mezcla gaseosa y la temperatura, que ya era desagradablemente alta.

Los primeros vestigios de la vida de la jungla asomaban a los lados del camino. Eran unos organismos sésiles con aspecto de cintas planas, que brotaban del piso verticalmente y se curvaban a los pocos centímetros. Eran rojos y amarillos, similares a los que yo ya había visto en muchas otras partes, aunque de aspecto algo más saludable, lustrosos y llenos de agua. Los cuerpos visibles eran insignificantes, pero yo sabía que si tiraba de aquellas cintas tendría que desenterrar hasta un metro de “raíces”. Probablemente ni siquiera pudiera hacerlo, ya que no se trataba de estructuras inertes sino de verdaderos miembros, que opondrían feroz resistencia.

Algunas de las cintas, más flacas y con apariencia enfermiza, estaban parasitadas por unos seres redondeados, como cabecitas de alfiler. Eran las formas quísticas de un organismo flotador que abundaba más cerca del suelo. Las cintas rojas y amarillas no tenían manera de defenderse de ellos, excepto cierta resistencia fisiológica; más abajo, entre la vida feroz del suelo, los bichitos redondos no la tendrían tan fácil.

Unas varas negras, no más gruesas que un dedo, cubiertas de espinas y de un vello fino, emergían de entre las rocas aquí y allá, en grupos de cinco o seis, proyectándose hasta una altura de tres metros y más. De cada punta surgía una mata de vello y de la mata tres miembros grises de múltiples lóbulos, como guantes colgados o manos exangües. Le di una suave patada a la base de una de las varas y las “manos” se irguieron y se agitaron cómicamente, para luego volver a la calma. Cada movimiento era un derroche de energía para estos seres, que dependían de un sol inconstante y de muy ocasionales bocados minúsculos atrapados al vuelo. Las dejé en paz y volví mi vista al panorama desplegado ante mí en dirección a nuestro destino.

Calculé, muy aproximadamente, que mi vista alcanzaba a unos ciento cincuenta kilómetros, o algo más gracias a la refracción, aunque naturalmente era imposible distinguir detalles a tal distancia. Las nubes recomenzaban unos treinta kilómetros al este y cubrían toda la bóveda celeste, con ocasionales huecos. Traté de calcular dónde habría caído el bólido y observé, en la región, varios claros sospechosos, pero nada concluyente.

—Ifara —llamé—, ¿podrías mirar por el telescopio y decirme qué ves, más o menos al norte-noreste, en la zona a la que vamos?

—No hay nada allí —dijo Ifara por la radio—; ya lo verifiqué.

—Ha salido el sol.

—Está bien. —Esperé un rato y luego llegó la respuesta—: Nada definido. Muy lejos, y hay un poco de neblina. El telescopio tampoco es muy bueno, sabes.

Era una pena. Una vez que bajáramos al suelo no tendríamos oportunidad alguna de hacer observaciones a larga distancia.

—Vuelve, Glissa —dijo Arpan—. No tiene sentido. Si fuera algo importante ya lo habríamos visto.

De nuevo dentro del tanque me llamó la atención la implicación de esa última frase. En efecto, si un bólido de gran tamaño se hubiese estrellado en medio de la jungla, probablemente el rastro sería visible. Habíamos visto una bola de fuego descender a gran velocidad, sin embargo. ¿Qué había sido de ella?

Llegamos al pie de la montaña a media tarde. Todavía estábamos a una buena altura sobre la planicie donde se asentaba la jungla, pero la pendiente restante era suave. Las nubes se cerraron, y seguimos camino hasta la noche en medio de una oscuridad grisácea cada vez más profunda.

—Estamos en el suelo —anunció Ifara finalmente, hablando para nosotros y por radio para Vrten, Soota y Fiiri—. La presión es de 386 kilopascales. Temperatura, 52 grados C. Viento en calma. Confirmen.

Desde el otro tanque se repitieron las mediciones. Estábamos dentro de lo esperado. Se transmitieron los datos a la torre en Utra-Chrgam. El operador envió nuevos saludos de Slati y de Ku’uro. Slati saldría del hospital al día siguiente y según Ku’uro estaba “insoportable” en su apuro por volver al taller.

El preámbulo de la expedición había terminado. Al día siguiente comenzaríamos a poner a prueba la verdadera resistencia del equipo.

—Buenas noches a todos —dijo Ifara.


Si las cosas hubiesen sido un poco diferentes, supongo, quizá habríamos podido caminar libres, sin equipo pesado, por la superficie de nuestro mundo, en vez de tener que bajar a ella desde las alturas con tanques y trajes de aislamiento. Al nivel del suelo la presión era alta, pero tolerable para una persona sana con un período de adaptación. La presión parcial de nitrógeno era demasiado alta para un ascenso rápido, pero nada que una cámara de oxígeno y unas horas de espera no pudiesen resolver. La temperatura, exacerbada por la humedad, era un asunto más complicado, pero —de nuevo— una persona sana, con agua y una dieta suplementada por los minerales adecuados, podía tolerarla. Conocí a un temerario, un verdadero aventurero, que una vez bajó hasta unos mil metros sobre el nivel del suelo en un tanque y luego salió al exterior, en un día excepcionalmente despejado y ventoso, en la gran región seca al sur de Go’or, sin ningún tipo de protección; permaneció allí e hizo algunos ejercicios ligeros durante veinte minutos, volviendo luego lentamente a su isla, sin sufrir daños de ningún tipo. Si no existiese la jungla, tales hazañas serían comunes.

Pero la jungla lo cambia todo. La jungla libera humedad, que satura el aire, aumenta la temperatura y mantiene ese calor en la zona baja. La respiración de la jungla produce dióxido de carbono, que se concentra en las zonas bajas y retiene aún más calor. Los organismos superiores de la jungla alimentan a una multitud de bacterias productoras de óxido nitroso, que retiene más el calor que el vapor de agua y el dióxido de carbono juntos y es tóxico para los humanos. Los habitantes más agresivos de la jungla emplean varios otros métodos químicos para luchar entre sí y protegerse, y los residuos de esa lucha van todos a engordar el caldo atmosférico.

En un ambiente menos cerrado y sofocante no sería problema lidiar con estos factores, pero la jungla sobrevive gracias a ellos y se recrea a sí misma para conservarlos constantes. El ciclo de la vida no nos tiene en cuenta a nosotros, habitantes de las alturas rarificadas. Somos extranjeros y eso no tiene remedio, sólo paliativos: pesados vehículos cerrados, con paredes resistentes a la presión, refrigeración y filtros para evitar los gases nocivos.

Por supuesto que muchas personas siguen creyendo que éste es el mundo que merecemos y que está bien que debamos ganarnos nuestro lugar con dolor. Unos cuantos, incluso (entre los más ignorantes), creen de hecho literalmente en el mito de la Creación, la Expulsión y el Ascenso al Exilio. Pero yo dejé de creer en el Dios vengativo de mis padres incluso antes de que me salieran bigotes, y no me convencerán de que estamos pagando las culpas de nuestros ancestros. No fuimos creados para vivir aquí y no tenemos por qué lamentarnos ni sentir autocompasión. Muy por el contrario: todo lo que tenemos es mérito de la perseverancia y el trabajo duro en nuestras islas sobre las nubes.

El tanque impone cierta proximidad e intimidad incluso a los más reticentes, y después de un par de días, yo estaba seguro de que podía hablar libremente con Ifara y con Arpan sobre estos asuntos. Según Ifara, nadie en el equipo era creyente.

—No es que me moleste si alguien lo es —aclaró—. Pero todos somos personas muy prácticas; sí, incluso Slati, que sueña con los viajeros alienígenas. La explicación más clara es que estamos aquí por un mal cálculo de alguien y que, pese a ello, nos ha ido razonablemente bien.

—Soota era de familia creyente —terció Arpan—, pero cuando vino a trabajar con nosotros ya no estaba muy seguro. Y nosotros lo arruinamos del todo.

—Hablaste de ser prácticos, Ifara —dije—. ¿No crees que, en la práctica, da lo mismo?

—¿Lo mismo para una persona que diseña y usa trajes de aislamiento? ¿O en general?

—Lo primero.

Ifara pensó un rato.

—Sí. Da lo mismo, supongo. ¿Arpan?

—No me preguntes. Creo que no es práctico especular sobre eso.

—Muy coherente —aprobé—. Yo monté mi segunda expedición con una persona que creía a pies juntillas en toda la mitología. Se ponía insoportable cuando se le daba lugar a explayarse sobre eso. Pero aquí en el suelo no hay tiempo para preguntarse si uno está en el Paraíso Perdido o simplemente en un lugar que nunca fue destinado para uso humano.

Así hablábamos los tres mientras uno conducía atento al paisaje, seguidos por el tanque número dos y el gabinete móvil. El terreno que surcábamos era, la mayor parte del tiempo, lo suficientemente nivelado para no tener que preocuparnos por caídas bruscas ni atascos en grietas no vistas. La jungla era mucho menos espesa de lo que parecía desde arriba. El tanque pisoteaba a los organismos más pequeños y derribaba sin problemas a casi todos los demás. Casi todo aquí estaba fijo al suelo, sin perjuicio de que ocasionalmente contase con espinas o látigos; para el tanque, naturalmente, eso no era de cuidado.

La luz del sol que penetraba las nubes era escasa; los seres fotosintéticos más convencionales que prosperaban en las laderas superiores y en las mesetas no tenían chance de vivir aquí en el suelo. Ésta era una tierra de criaturas austeras, resistentes y ferozmente celosas de su territorio. El color predominante era el rojo, con matices ora sangrientos, ora cobrizos, y el amarillo, con excursiones ocasionales hacia el verde.

Cada pocos kilómetros pasábamos por zonas un poco más húmedas, donde los organismos crecían en mayor abundancia. Cada tanque contaba con un corto brazo articulado, al extremo del cual se había instalado una sierra mecánica; no era un implemento muy versátil ni confiable, y a veces era necesario bajar del vehículo con un traje y completar la tarea a machetazos. Para evitar demoras, uno de nosotros permanecía dentro de un traje durante cada turno de conducción. Las salidas eran un engorro, pero al menos yo disfrutaba enormemente la posibilidad de levantarme de la silla incómoda, salir del interior pequeño y atufado del tanque y emprenderla a golpes de hacha contra algo.

Tenía que tener cuidado para no sobreesforzarme y también prestar atención al organismo que estaba atacando, puesto que, como ya dije, “fijo al suelo” no implica “inmóvil”. Un tipo particular de organismo, con grandes parasoles en la base y unas largas cintas amarillas más arriba, reaccionaba a los golpes con inciertos latigazos que reventaban unas pequeñas vesículas de sustancia corrosiva al contacto. Otros, que crecían en grupos, cerraban filas entrelazando sus miembros y recibían al adversario con un muro de espinas tan largas como un antebrazo, que se sacudían espasmódicamente. Un tercer tipo protegía sus grandes y tiernas hojas rodeándolas con lo que no podría describir de otra manera que mandíbulas montadas sobre tallos.

Con todo, no puedo decir que fuera un viaje difícil. Muchas cosas podrían haber salido mal, y ninguna lo hizo. Dejé ver mi confianza, a sabiendas de que sería contagiosa: tal es uno de los pocos premios que concede la fama. No nos topamos con nada que yo no hubiese encontrado antes. Cuando Slati nos llamó en la mañana del tercer día (el último antes de llegar a destino), para contarnos que estaba muy bien y que nos envidiaba, pude decirle, con verdad, que no se había perdido de mucho.


No hizo falta mucho tiempo más para que todos supieran cuán equivocado estaba.

El día había amanecido bastante luminoso, con claros movedizos entre las nubes, y hacia el mediodía un viento fuerte en las capas superiores estaba barriendo con las que quedaban. Avanzábamos con lentitud deliberada; aunque la zona era bastante seca y los organismos sésiles, correlativamente, raleaban, nos habíamos acercado lo suficiente al punto calculado de impacto del bólido como para pasar de largo sin notarlo. Debíamos prestar atención y con seguridad volveríamos sobre nuestros pasos más de una vez, peinando el terreno al hacerlo, hasta encontrar algo… si es que había algo que encontrar. (Los astrónomos seguían debatiendo acaloradamente, y los ecos de esa discusión lejana nos llegaban por los boletines radiales de Utravani.)

Almorzamos muy ligeramente y cuando llegamos al punto de destino, con Ifara al volante, nos detuvimos y elevamos el periscopio. No hubo resultado. El periscopio, sin embargo, no tenía un gran alcance, de manera que Ifara tomó el traje, le acopló al casco unos buenos binoculares y salió. Trepó al techo del tanque y escudriñó a nuestro alrededor. Escuchamos algo así como una exhalación contenida por sobre la estática de la radio.

—Veo algo… no sé qué es —dijo—. Al suroeste. Me estoy sentando, un momento… Arpan, al suroeste. El curso exacto… hmm… 218. Te diré cuándo detenerte.

Arpan giró y condujo durante un par de minutos hasta que Ifara lo mandó detenerse. Había bajado el periscopio y no podíamos verlo, pero lo imaginé esforzando la vista.

—Desde aquí un poco más al sur. Definitivamente es algo grande, pero con este calor la imagen no se queda quieta. ¡Vamos!

El proceso se repitió varias veces, hasta que finalmente Ifara hizo detener el tanque y entró. No se quitó del traje más que el casco.

—¿Y bien? —pregunté.

—No estoy seguro de que convenga estar fuera del tanque cuando lleguemos —dijo.

—¿Por qué? ¿Qué viste? Nos estás matando con el suspenso aquí —bromeé a medias.

—No veo bien, pero es grande. Oscuro. No creo que sea un bólido, es demasiado grande para estar entero si lo es.

Arpan y yo no dijimos nada. El motor se puso en marcha y avanzamos con cautela.

La tierra había ido cambiando de color y textura, haciéndose más oscura y seca. Casi nada crecía en ella. Me acerqué a la ventana, poniéndome a un lado de Arpan, que sostenía los mandos con firmeza. Vislumbré algo, una mole oscura, más allá de la última línea de jungla. Mi mente no podía aprehenderla; incluso cuando dejamos atrás los últimos obstáculos a la visión, me quedé helado como un tonto, como si el motor que mueve los pensamientos hubiese dejado de funcionar.

Me había olvidado por completo del tanque número dos; ahora, luego de lo que parecían ser unos segundos, escuchaba por el intercomunicador los gritos de sorpresa de mis compañeros. Ifara pidió silencio de radio inmediato.

Frente a nosotros había un amplio espacio circular (quizá ciento cincuenta metros), levemente deprimido, desprovisto de todo ser vivo. En el centro de aquel espacio había un objeto del tamaño de un gran edificio, de forma vagamente esférica; en lo profundo de él se adivinaba un corazón sólido, pero lo rodeaba una maraña de vigas y travesaños de todos los calibres, orientados según patrones geométricos complejos, y entrecruzados por tubos y serpentinas. La base del objeto reposaba sobre varias anchas plataformas, a unos diez o quince metros por debajo de nuestra línea de visión; la cima se elevaba por lo menos hasta los sesenta metros de altura. De la mole surgían proyecciones que sugerían grúas, antenas y brazos mecánicos, a diferentes alturas. Del hemisferio inferior, no muy lejos del piso, bajaba una rampa que se extendía hasta una plataforma de tierra apisonada. Unos objetos más pequeños se movían por allí, como buscando algo, o como si probasen la consistencia del suelo.

Temo caer en frases trilladas al repetir lo que escuché en el tanque, de parte de mis compañeros, durante unos minutos. Lo único memorable, después de que el choque inicial se calmara, fue lo que Ifara eligió para ponerle punto final a nuestra parálisis:

—Arpan, llama a casa. Tengo que decirle a Slati que he perdido una apuesta.


Era indudable que, si había alguien con ojos dentro de la gran nave, estábamos al alcance de su vista y probablemente otros sentidos también.

—Puede ser que no les interesemos —escuchamos decir a Slati por la radio, en medio de una tormenta de estática—. Quizá ni siquiera los registren a ustedes como algo diferente a los organismos de la jungla.

—Espero que no sea así —respondió Vrten desde el tanque número dos—, porque las máquinas que trajeron han pulverizado toda la jungla en cien metros a la redonda.

Habíamos permanecido en el lugar casi dos horas, mientras verificábamos el buen funcionamiento del equipo, hacíamos mediciones con todos los instrumentos disponibles y tomábamos fotografías. Estábamos en contacto con Utravani; la torre reportaba tormentas eléctricas al sur y al oeste de nuestra posición, y la interferencia era considerable.

Nadie sabía muy bien qué hacer. Cuando dos personas desconocidas se encuentran, pueden acercarse —por ejemplo— extendiendo las manos vacías para demostrar que no se llevan armas, o por el contrario, mostrando esas armas ostentosamente para imponer respeto. Ante un organismo insensible y posiblemente agresivo no valen tales gestos, y uno debe elegir entre atacar o estudiarlo desde una distancia.

¿En qué situación nos encontrábamos con respecto a los (por ahora invisibles e indiferentes) ocupantes de la nave?

Legalmente estábamos aún en la jurisdicción del prefecto de Utravani, pero Drendram tenía aún menos idea que nosotros de lo que convenía hacer.

Desconecté el intercomunicador y le dije a Ifara que quería salir con el traje.

—Tenemos que hacer algo. No nos están prestando atención en absoluto y no quiero que llegue la noche sin haber logrado una reacción.

—Supongo que mereces ser el primero —dijo Ifara.

—El primero y el único por ahora —dije—. Sé que estás pensando en salir tú también, pero es una tontería. Mi único propósito es llamar la atención de la gente de la nave. Hasta ahora sólo han visto de nosotros una caja metálica de la cual salen ondas de radio.

Me puse el traje y salí.

He estado muchas veces frente a altas montañas; me he parado ante el gigantesco Peñón de Deebru y ante los antiguos acantilados de Trogdr-Taham; nunca me he sentido tan insignificante y tan desprovisto de poder como ante aquella máquina que había venido desde el espacio. Me tomé mi tiempo, yendo a paso lento, para acercarme a ella. Las máquinas con ruedas y patas articuladas que rebuscaban y removían la tierra a unas decenas de metros de mí, por ambos lados, no se inmutaron. A la distancia me era imposible distinguir si las superficies reflectantes que veía en ella eran paneles de metal o ventanas, y en ese último caso, si había algo o alguien detrás de ellas. La deliberación e indiferencia de sus movimientos sugería que no.

Unos pitidos débiles sonaron en mi receptor de radio; pregunté qué ocurría.

—No ocurre nada —dijo Ifara.

—Nada por aquí —dijo Vrten.

—Entonces —declaré— creo, creo, que viene de nuestros amigos. ¿Lo escuchan?

—No escuchamos nada —dijo Arpan—. Quizá esté usando una antena direccional. En todo caso, te ha visto.

Los pitidos cesaron. Me quedé quieto. Allá arriba, entre las vigas, algo muy pequeño se movía; podía ser una antena, un plato emisor.

—Estamos recibiendo algo —dijo Arpan de pronto—. En la banda de microondas. Lo estoy grabando.

Un gran estampido resonó de pronto en el inmenso claro. Mi corazón dio un salto. Había sido como una trompeta —no, más bien como un cuerno, una tuba, un sonido grave y con un leve timbre metálico. No provenía de mis receptores de radio, sino del aire, de allá adelante, de la nave.

Las máquinas que escarbaban se habían detenido.

Sonó otro sonido, esta vez menos mecánico, más suave: casi una voz humana, un bajo. Luego otro: un tenor. Luego una soprano. Luego un coro, cantando en acordes simples. Luego una polifonía.

El volumen de la música era sorprendente; en aquel aire denso, los frentes de onda se sentían casi como golpes en el pecho. La jungla que nos rodeaba vibraba y se sacudía.

Después de un minuto, o menos, el sonido se detuvo. Mi radio era una cacofonía de voces que discutían. Corté el circuito, abrí el micrófono externo (de las características novedosas del traje, la que menos había pensado que podría llegar a usar) y grité:

—¡Soy Glissa Srveli! ¿Quiénes son ustedes?

Nada ocurrió durante unos segundos; después, los indicadores del traje comenzaron a emitir desesperados pitidos y se encendieron varias luces dentro del casco. La radio estaba pidiendo insistentemente ser reconectada. Lo hice.

—…ssa, ¿escuchas? ¿Me escuchas, Glissa? ¡Responde! —Era la voz de Ifara.

—Aquí estoy —dije—. Los apagué porque estaban gritando. Estoy tratando de comunicarme con nuestros amigos.

—No sé qué hiciste, pero está ocurriendo algo muy raro —dijo Ifara—. ¿Qué dice tu traje?

—Parece que estuviese bajando la presión —dije, observando con desconcierto la aguja del manómetro.

—¿Escuchas algo?

—¿Algo como qué?

—Estate atento.

Guardé silencio. La estática sonaba sutilmente distinta. Había un ritmo en ella, con picos regularmente espaciados y armónicos definidos en frecuencias más altas.

—Hay una pulsación —dije—. Y la presión sigue bajando.

Una luz verde parpadeó en el panel de control de la pechera del traje y quedó fija al cabo de unos instantes.

—Están haciendo algo con la presión —dijo Ifara, innecesariamente—. Estamos a 230 kilopascales y descendiendo.

—Y tengo una lectura de seguridad de óxido nitroso aquí —agregué.

Me acercé unos pasos hacia la gran nave y volví a gritar mi nombre. Una voz respondió esta vez:

—¿QUIÉNES SON USTEDES? ¿QUIÉNES SON USTEDES?

Era evidente que me habían escuchado la primera vez. Pero la voz no era una grabación. El timbre era humano y las inflexiones muy similares a las mías, pero no era mi voz.

La presión exterior había bajado a 185. Presioné un par de botones y comencé a ecualizar la del interior con lentitud. Era como sumergirse de a poco en una piscina.

—Soy Glissa Srveli —repetí por el altoparlante—. Glissa Srveli. ¡Díganme sus nombres!

Difícilmente unos extramundanos recién caídos del cielo hablarían nuestro idioma, pero no había otra cosa para hacer, pensé, aparte de demostrarles que teníamos capacidad e intención de comunicarnos.

No hubo otra respuesta por un rato. La presión exterior seguía descendiendo. Cuando llegó a 135 kilopascales el traje emitió un tono bajo y varios indicadores comenzaron a parpadear en azul. Aparté los seguros, tragué saliva unas cuantas veces hasta que el silbido en mis oídos cesó, y me quité el casco.

—GLISSA SRVELI —retumbó la gran nave, aunque mucho menos majestuosamente que antes. Hacía bastante calor, pero la humedad era reducida y el aire, apenas un poco más denso que el de las islas, transmitía los sonidos con una cualidad precisa y distante a la vez—. GLISSA SRVELI.

Percibí un movimiento brusco por el rabillo del ojo, en la gran rampa a mi izquierda por donde suponía que habían descendido las máquinas. Algo venía por allí. Bajó la pendiente con soltura y se acercó a mí.

Era grisáceo-amarillento, con una textura como de vasos sanguíneos oscuros apenas visible bajo la “piel” lustrosa. Era aproximadamente de mi estatura. Tenía dos piernas, dos brazos, una cabeza. En la cabeza había varios huecos oscuros.

Se detuvo frente a mí, a no más de diez pasos. Pensé en correr. La mancha oscura de más abajo de la cabeza se transformó en una raya horizontal que se ensanchó por la mitad hasta formar un óvalo… y la Cosa dijo mi nombre.


A los ojos de quien no estuviese familiarizado con ella, la Cosa parecía estar tan muerta como un maniquí. Estaba sentada con las manos sobre las rodillas, con la espalda ligeramente encorvada y la cabeza inclinada hacia el pecho, en el gran escritorio de madera del auditorio del Colegio de Física. Sospechábamos que estaba escuchando todo lo que decíamos, sin embargo, y aprendiendo algo de ello, lo cual podría ser beneficioso o no. Había aprendido unas cuantas palabras y expresiones comunes en los tres días de viaje de vuelta y en la semana que había transcurrido desde entonces; su curiosidad y su locuacidad le habían ganado varios cariñosos apodos. Para mí seguía siendo la Cosa.

El consenso entre los científicos que la habían estudiado era que se trataba de poco más que un repetidor. Encerrada en una jaula de Faraday, la Cosa se volvía estúpida y poco comunicativa. Tardaba más en responder a cuestiones complejas cuando había una tormenta eléctrica. La Gran Máquina debía estar en comunicación constante con ella desde su sitio de aterrizaje. Los técnicos montaron un sofisticado equipo a su alrededor y, como preveían, captaron pulsos de radio y microondas que iban y venían.

Con todo, la Cosa era lo suficientemente autónoma para desplazarse, almacenar y repetir palabras, responder a llamados y completar tests matemáticos incluso dentro de la jaula. Tenía un cerebro, aunque no fuera como el nuestro. Los rayos X no lograban penetrar su “piel” más que un par de centímetros, por lo cual no sabíamos qué clase de motores la animaban. Nadie había intentado aún pincharla con fuerza ni cortarle un dedo para ver qué ocurría.

Durante el viaje de vuelta la Cosa había sido una especie de mascota. Me había seguido, como un niño perdido, y le habíamos permitido entrar al tanque. Era enteramente posible que nos matase a todos, pero no tenía mucho sentido. La Gran Máquina tenía a su disposición, sin dudas, herramientas mucho más contundentes. Había encerrado en un campo de fuerzas un volumen hemisférico de casi doscientos metros de diámetro y reducido allí la presión atmosférica a la tercera parte en minutos. Aplastar un par de tanques a corta distancia no le debería ser difícil.

Si la Cosa traía consigo explosivos superpotentes o los gérmenes de una plaga, no podíamos saberlo. Pero la desconfianza no nos llevaría a ninguna parte. Entonces Ifara simplemente avisó a los demás y abrió la esclusa para que entrásemos. La Cosa observó con sus ojos vacuos a Ifara y Arpan y luego se acomodó, con total familiaridad, en uno de los bancos laterales.

—Se parece a ti, Glissa —comentó Arpan.

En efecto, la Cosa no sólo era de mi misma estatura: sus hombros eran tan anchos como los míos y el rostro tenía los mismos ángulos. Hasta ahí llegaba la similitud. El pecho era plano; el abdomen no tenía ombligo; no había genitales y las nalgas eran como una sola pieza curva. Cuando más tarde tuve tiempo para pensarlo, me di cuenta de que la Cosa parecía una imitación aproximada de mi figura tomando en cuenta sólo lo que podía verse y medirse de ella con el traje de aislamiento puesto, sin casco. ¿Podría ser que la Gran Máquina hubiese fabricado la Cosa en el instante en que me vio y me reconoció como un ser sentiente? En ese caso, la copia debía ser su manera de solicitar confianza y comunicación.

También podía ser una manera de lograr familiaridad para otros fines, por supuesto. Vuelta a la desconfianza.

—Soy más expresivo —respondí.

La Cosa repetía, a veces, las palabras que decíamos. No siempre lo hacía de inmediato; a veces nos despertaba de una siesta con una palabra que había escuchado una hora antes. Nunca, sin embargo, lo hizo durante las horas nocturnas en que parábamos para descansar. Parecía saber que la oscuridad en el exterior implicaba silencio.

Al comienzo las únicas palabras eran mi nombre y apellido. Al final del primer día nos sorprendió nombrando correctamente a Ifara y Arpan. Nunca se nombró a sí mismo; al segundo día, Ifara lo bautizó “Marioneta”. La Cosa aprendió enseguida a responder a ese nombre. Jamás lo escuchamos pronunciar una palabra de su propia lengua, si es que tenía alguna.

Vrten, Soota y Fiiri, ofendidos con Ifara por “acaparar” a la Cosa, reclamaron verla. Ifara protestó por la demora, pero finalmente accedió. La Cosa pasó al tanque número dos. La devolvieron al día siguiente, encantados.

Para cuando comenzamos a subir por la Pendiente, rumbo a Utra-Miir, la Cosa ya sabía nombrar a toda la tripulación, a los tanques y sus mandos principales, comprendía los números, los puntos cardinales, la idea de izquierda y derecha, y entendía, aparentemente, varios verbos de movimiento y los verbos “comer”, “beber”, “hablar” y “dormir”, aunque su gramática era rudimentaria. Intenté tomar nota de estos progresos. No podríamos entregarles a los académicos que nos esperaban un espécimen impoluto.

Como la noticia de nuestros hallazgos nos precedía, la ciudad ya estaba en plena actividad cuando llegamos. La Cosa nos fue arrebatada enseguida para someterla a todo tipo de experimentos e interrogatorios. No pareció sufrir mucho por ello.

Ocho días después, muchos de los experimentos continuaban en su etapa preliminar, pero el sujeto ya no era en absoluto tan pasivo como antes. Había aprendido el verbo “querer” y lo usaba entusiastamente. Los filósofos estaban fascinados por la novedad, aunque por diferentes razones: unos creían que la Cosa había demostrado ser un ente sentiente con voluntad, mientras que otros se preguntaban cuán exacta debía ser la imitación de dicha facultad para que pudiera considerarse a la Cosa como —en una primera aproximación— uno de nosotros.

La Cosa levantó la cabeza y el auditorio quedó en silencio.

—Quiero un mapa de población humana de este planeta —declaró, dirigiendo su mirada a Gichire Afkub, presidente del Comité de Investigación Ad Hoc del Fenómeno Extramundano. Afkub se mesó la barba suavemente y trató de mantener la compostura.

—¿Para qué lo quieres? —preguntó con lentitud.

—Necesito información —respondió la Cosa.

Los miembros del Comité soltaron un soplido irónico. Afkub hizo un esfuerzo por no girar los ojos y replicó:

—Entiendo. ¿Qué harás con esa información?

—Utilizaré esa información para ajustar mis planes.

—¿Puedes explicar cuáles son tus planes?

—Sí.

—Tonto de mí —dijo Afkub, mirando a sus compañeros—. Marioneta, explica tus planes, por favor.

La Cosa no dijo nada. El concepto de “plan”, programa, previsión de futuro, etc., había surgido apenas un día antes en las conversaciones, y era la primera vez que se le preguntaba algo tan concreto sobre lo que había venido a hacer la Gran Máquina a nuestro mundo. La Cosa no había aprendido a excusarse ni a evadir la entrega de información. Cuando no podía o quería hacer algo, simplemente no lo hacía.

Era muy posible que la respuesta afirmativa literal e inútil a la pregunta de Afkub fuese una variante de esa misma estrategia de ocultación. La Cosa no era tan tonta como para confundirse ante la forma lingüística cortés de un pedido de explicaciones.

—Marioneta, antes dijiste que puedes explicar tus planes. Por favor explícalos ahora —dijo Afkub, pacientemente.

Silencio total.

—Quiero un mapa de población humana de este planeta —dijo la Cosa.

—Es evidente que está inhibido de revelar sus planes —dijo Afkub a sus colegas y a nosotros, que observábamos un poco más atrás.

—No estoy seguro, Gichire —replicó Talva Bra’ed, uno de los filósofos—. Estás dando por sentado que la Máquina controla a la Marioneta, nombre que por mi parte considero errado o aventurado. Si consideramos que la Marioneta es sólo un canal para la voz de la Máquina, no tiene sentido decir que está inhibido de nada; simplemente puede ocurrir que la Máquina no quiera que sepamos lo que está planeando.

—¿Otra vez, Talva? —protestó una voz.

—Esto es académico —dijo otra.

—Talva —dijo Afkub—, ni siquiera sabemos si la Máquina es capaz de “querer” cosas. Hemos dado por sentado, lo reconozco, que la Marioneta no es un ser sentiente, pero sí uno que tiene control parcial sobre algunas de sus funciones mentales y corporales. Si no te gusta el uso de la palabra “inhibido”…

—Me da lo mismo, Gichire —dijo Bra’ed—, pero volvemos al punto de partida: no sabemos muy bien con quién estamos hablando o en calidad de qué.

—Seamos prácticos, entonces —dijo Afkub—. Por lo pronto, no hay ninguna novedad sobre la Máquina, ¿verdad? —Miró a su alrededor.

Con la evidencia al alcance y a la vista de todos, la necesidad de montar vigilancia sobre el sitio de aterrizaje había sido obvia. La prefectura había logrado reunir fondos para el alquiler de un zeppelin pequeño y el Comité había enviado en él un pequeño globo, diseñado para investigaciones meteorológicas, hasta la zona; el globo, convenientemente lastrado, había descendido sin problemas hasta debajo de la capa de nubes y tomado fotografías. Era lo mejor que podía hacerse por el momento. La nave, la Gran Máquina venida del espacio, seguía allí. Las pequeñas máquinas que la rodeaban habían aumentado en número y parecían estar erigiendo estructuras circulares y una especie de plataforma rectangular. La jungla había sido obliterada en un radio de doscientos metros. El globo no detectó campos electromagnéticos de consideración. La presión atmosférica en la región era la normal para la altura. La Máquina no había hecho caso a la presencia del globo.

Todo esto había sido comunicado al Comité el día anterior y no se habían recibido datos nuevos.

—Nadie ha salido de la Máquina —dijo Bra’ed—. Ni otra Marioneta ni nada que podamos identificar como un ser sentiente.

—No es tan sencillo identificar a un ser vivo —dijo uno de los biólogos del Comité—. El grupo de contacto tampoco hizo un gran esfuerzo en ese sentido —completó.

No era la primera vez que escuchaba esa crítica. Era razonable. Nos habíamos retirado del lugar sin intentar entrar a la Máquina o estudiar a sus auxiliares. Había sido una decisión apresurada. No teníamos combustible ni provisiones para una estadía prolongada en el sitio de aterrizaje, pero podríamos —deberíamos— haber buscado el contacto. La Cosa nos había desconcertado y habíamos tirado todos nuestros planes a la basura sin pensar. En nuestra defensa, por supuesto, nadie nos había entrenado para una situación de primer contacto con extramundanos. Las novelas baratas de fantasía científica eran todo lo que teníamos en mente. Los académicos no habían estado allí para ayudarnos.

Todo esto ya lo habíamos explicado, Ifara y yo, a las autoridades, en varias irritantes ocasiones, pero los miembros del Comité no podían contener su frustración.

La Cosa no dijo nada más durante esa sesión. Pero escuchaba.


El globo meteorológico no era el mejor medio posible para investigar la zona del aterrizaje. No había forma de estabilizarlo para tomar buenas fotos; las baterías de sus pesados instrumentos eran, por fuerza, de corta duración; cada operación de llevarlo, lanzarlo y remolcarlo de vuelta tomaba largas horas. Y cada hora costaba dinero.

—Nunca lograremos avanzar en nada de esta manera —me dijo un día un miembro del Comité—. Hay que exprimir piedras para obtener dinero. Esta ciudad es de las más ricas del mundo pero no hay inquietud por la ciencia.

Asentí y le palmeé el hombro compasivamente. Slati, completamente recuperado, había planteado ante Ifara la necesidad de una segunda expedición, pero la prefectura no nos facilitaría nuevamente todo el costoso equipo de la primera vez. Acostumbradas a la escasez, las esposas de los hombres del equipo habían lanzado una campaña de recolección de fondos, pero los contribuyentes capaces de hacer una diferencia eran escasos.

Entretanto, el globo había tomado fotos una vez más. La Máquina había ampliado su radio de destrucción a trescientos metros, más o menos, y sus vástagos se dedicaban día y noche a cavar trincheras y levantar estructuras de fin desconocido. Algunas eran domos, hemisferios de lo que podía ser roca o tierra cementada con algún método químico desconocido; eran demasiado grandes para ser de ladrillos de barro. Otras eran plataformas o cobertizos rectangulares. En una de las plataformas comenzaba a levantarse una estructura metálica.

La Cosa estaba más comunicativa. Pasados treinta días, tenía (según los estudiosos) el vocabulario de un niño de cinco años, y mucha mayor precisión y facilidad en su sintaxis. Las precauciones iniciales habían cedido; la Cosa escuchaba la radio todo el día y charlaba con muchas personas; le habían traído periódicos y había aprendido a leer en un día. El significado de muchas de las palabras se le escapaba, por supuesto, pero un diccionario resolvió el problema.

Un día uno de los investigadores, que se encontraba solo con la Cosa, dio un grito escalofriante que atrajo a varios de sus colegas.

—¡Me sonrió! ¡El muy desgraciado me sonrió! —dijo, excitado, cuando se abrió la puerta. No puedo verificar que ellas hayan sido sus palabras exactas; pero cuando fui a hablar con la Cosa por mí mismo comprobé que, en efecto, había aprendido aquel gesto capaz de desarmar a un ser humano. La Gran Máquina estaba feliz.

—¿Qué sientes? —le preguntaron.

—Estoy satisfecho —respondió la Cosa— por haber resuelto varias dudas pendientes desde nuestras primeras conversaciones.

Resultó que nunca le habían dado a la Cosa los mapas que pedía, pero sus lecturas y lo que había escuchado en la radio le habían permitido hacerse una idea razonablemente aproximada de la demografía de nuestro planeta. No necesitaba un mapa exacto, explicó; había pedido eso porque en aquel momento no conocía la manera de expresarse con el detalle requerido.

¡Todo era tan fácil ahora que la criatura había crecido! Le preguntaron para qué quería esa información. La Cosa ya no se negaba a hablar en estos casos.

—El plan me prohíbe decirlo antes de tiempo —explicó.

Le rogaron, le ofrecieron alicientes a cual más ridículo, la amenazaron incluso. No hubo caso. La Cosa, que había aprendido a sonreír, sabía también cómo mostrar su descontento. Frunció el ceño lampiño, como de plástico, y se quedó en silencio.


—Ya no nos es de utilidad —dijo Gichire Afkub—. Es más, considero que puede ser peligroso mantenerlo aquí.

Estábamos en la puerta del Colegio. El Comité tenía muy poco que decir. Se habían retirado de la reunión informativa, con excepción de Afkub, a la primera oportunidad. El prefecto estaba harto de hipótesis especulativas y los investigadores no tenían nada más que ofrecer. La Cosa seguía en silencio.

—¿Y qué propone, destruirlo? —preguntó Slati. Había estado presente en algunas de las reuniones, a instancias mías y gracias a la influencia que Ifara y yo habíamos podido ejercer sobre las autoridades como jefes de la expedición. Slati no era una buena carta de presentación de nuestro pequeño grupo de aventureros ante académicos o políticos: tendía a ir al punto sin contemplaciones. A sus ojos, habían arruinado la posibilidad de contacto con la Cosa y con aquéllos de quienes era portavoz. La idea de suprimir a la Cosa debía parecerle casi blasfema.

—No es prudente —dijo Afkub, molesto—. Sería una lástima, además. Pero le hemos dado todo lo que pidió y ahora no nos responde. Esa Máquina está haciendo algo y tenemos que saber qué es. Quizá la Marioneta no ha sido más que una distracción. Ya me escuchó usted adentro. Deberíamos meterla en la jaula e impedirle comunicarse.

—¿Y luego qué?

—Y luego…

—No tiene idea —espetó Slati.

—No puedo fabricar dinero —replicó Afkub.

—Estimados —intervine—, esto no se va a resolver discutiendo en las escalinatas del Colegio ni en ninguna otra parte.

Slati bufó y se retiró. Afkub me tendió una mano rígida y displicente y marchó, con paso marcado, en dirección opuesta.

Afkub tenía algo de razón. Se le había entregado a la Cosa mucha información con el entendimiento tácito de que su mayor comprensión del contexto le permitiría responder a las urgentes preguntas que todos teníamos; la negativa a revelar detalles había sido como una traición de esa confianza. Por otro lado, y en tanto no se la probase peligrosa, aislarla no serviría de nada. Era una especie de venganza y probablemente ni siquiera le importase a la Cosa o a la Máquina.

Al día siguiente, el Comité decidió por unanimidad meter a la Cosa en la jaula y dejar de hablarle, excepto para preguntarle cada día lo mismo que al principio: quién la había enviado y qué pretendía en nuestro mundo. La Cosa, de una manera algo escalofriante en su similitud con un niño castigado, se retrajo y después de un tiempo dejó de pedir cosas. Tres días después los técnicos comprobaron que ya no emitía los pulsos de radio regulares con los que —se conjeturaba— notificaba a la Gran Máquina su presencia; los mensajes provenientes de la Máquina, que durante un tiempo habían rebotado en las paredes de la jaula, dejaron de llegar también. La Cosa no se movió más, y a poco comenzó a derretirse. Unas horas más tarde no era más que una bola irregular de material gris, como un montón de arcilla reblandecida.

El prefecto Drendram convocó a una audiencia pública, donde Slati sacó a relucir una faceta de orador que nadie conocía hasta entonces; era una elocuencia alimentada a base de ira pura. Desafortunadamente, el contenido esencial de todo su discurso podía resumirse en “se los dije”. El Comité de Investigación Ad Hoc del Fenómeno Extramundano se disolvió de hecho, entre poco dignas recriminaciones mutuas de sus miembros.

Drendram se volvió a los presentes y explicó los últimos reportes obtenidos por el globo. Había habido varias caídas repentinas de presión atmosférica en la zona del aterrizaje. El globo había filmado una secuencia cinematográfica de lo que parecía ser la voladura de una trinchera en el suelo. Parte del sitio se había convertido en una mina a cielo abierto. El área se había ampliado a poco más de cuatrocientos metros de radio. A medio camino entre el centro y el borde las máquinas estaban levantando (¿con partes de la Gran Máquina?) algo que, en opinión de los expertos, no podía ser sino el esqueleto metálico de una antena parabólica.

Esta última noticia cayó como una bomba entre los presentes, inclusive aquéllos que no tenían idea de lo que implicaba, que se alarmaron, supongo, precisamente porque percibían que un punto importante se les escapaba.

—¡Señores! ¡Señoras! —imploró Drendram. En la amplia sala de audiencias de la Prefectura su voz se perdía entre los ecos del público exaltado—. ¡Señores! No vamos a llegar a nada así.

—Déme eso —dijo Slati, y le arrebató el micrófono. Lo estudió, toqueteó una perilla y luego gritó, con el volumen a tope—: ¡SEÑORES! ¡SILENCIO! —Me tapé los oídos. La discusión se acalló. Slati bajó el tono, satisfecho con el efecto logrado, y prosiguió, volviendo de a poco a su parquedad habitual—: Es inútil especular. No sabemos qué ocurre. Tenemos que ir de nuevo allá. ¿Falta dinero? Sí. ¿No hay dinero en Utravani?

Echó en su torno una mirada rapaz.

—La prefectura no puede pagar otra expedición, señor Evlaka –dijo el prefecto–. Ya lo sabe usted.

—No le hablaba a usted, Drendram —replicó Slati. Se quedó en silencio.

—Estamos preocupados —dijo una voz desde el fondo de la sala. Me di vuelta (estaba sentado en la primera fila, de cara al podio) y llegué a ver a un hombre mayor, de pulcra vestimenta, sentarse.

—¿Sí, señor Futret? —dijo Slati—. ¿Y bien?

Ifara se inclinó sobre mi hombro y me dijo al oído:

—Taamin Futret. Empresario. Uno de los más ricos de aquí. El primero al que fuimos a pedirle dinero.

—Quizá ahora quiera aportarlo —respondí en un susurro.

—La Cámara Empresaria —dijo pausadamente Futret—. Estamos preocupados por las repercusiones de este incidente. Tenemos noticias inquietantes que no se han mencionado aquí. ¿No es cierto que se han observado máquinas voladoras a varios kilómetros de la zona del aterrizaje?

La sala se llenó de murmullos.

—No puedo confirmar eso, señor Futret —dijo el prefecto.

—Claro que no —dijo Slati—. No puede confirmarse ni negarse nada. No tenemos ojos allí para ver nada.

—Si la Gran Máquina controla máquinas voladoras independientes —continuó Futret con lentitud—, nada les impide que lleguen hasta aquí.

Me levanté un poco en mi asiento, me di vuelta y dije:

—En verdad, señor Futret, tratamos con fuerzas considerables. Creo que podemos estar tranquilos, por el momento, sólo porque es evidente que si quisieran hacernos algún mal, tienen el poder para hacerlo.

—No me resulta tranquilizador eso, señor Srveli —dijo Futret—. Su compañero tiene razón. Estamos dispuestos a aportar una suma de dinero para equipar una segunda expedición al lugar, con el propósito expreso de hacer contacto con la inteligencia que dirige la Máquina.

—¿Puedo preguntar a qué se debe su generosidad, señor Futret? —preguntó Ifara.

—Señor Guut, tiene usted razón en dudar —respondió Futret, ocultando con esfuerzo su enojo—. Esta ciudad es nuestra casa y un vecino con intenciones desconocidas se nos ha venido a establecer demasiado cerca. ¿No le basta eso?

—A mí me basta —dijo Slati, bajando del podio.

Un hombre se levantó de su asiento en el extremo izquierdo de la sala. Lo reconocí como uno de los ex-miembros del Comité.

—Mi opinión —comenzó a decir— es que debemos seleccionar con cuidado una tripulación que sea capaz de lidiar con la diplomacia necesaria…

—¿Seleccionar? —gritó Slati.

Ifara se levantó y le hizo una seña.

—Estamos dispuestos a escuchar sugerencias —dijo—, pero nadie va a seleccionar nada excepto yo, con acuerdo del resto de mi equipo, incluyendo a Srveli, aquí presente. No fuimos nosotros quienes cortamos nuestro único lazo de comunicación con la Máquina y lo dejamos autodestruirse dentro de una jaula.

Varias personas más se levantaron y el auditorio se transformó, en segundos, en una cacofonía de abucheos y gritos. La reunión había terminado.


Dos días antes de la fecha de salida planeada de la segunda expedición, la Gran Máquina envió un mensaje. Lo hizo en las frecuencias utilizadas por la torre de comunicaciones de Utra-Chrgam. El operador de turno lo pasó al prefecto, que nos lo pasó a nosotros. Ifara me convocó a su casa; desoyendo sus protestas, yo había decidido alojarme en un hotel, para no seguir abusando de su hospitalidad, y estaba pensando seriamente en volver a Tlipsu, ya que mi familia, por muy acostumbrada que estuviese a mis largas ausencias, me reclamaba.

Cuando llegué el equipo entero estaba reunido. Vi cargas largas. Las últimas cajas de suministros para la expedición, algunos importados de ciudades vecinas, habían llegado por la mañana.

—Quiero tu opinión —me dijo Ifara, y me tendió un papel.

El texto era sucinto y totalmente descorazonador.

“SOY EL ORGANISMO ARTIFICIAL QUE USTEDES LLAMAN ‘LA GRAN MÁQUINA’. ESTOY CUMPLIENDO UNA MISIÓN CUYA NATURALEZA EXACTA NO PUEDO REVELAR AÚN. SÉ QUE ESTÁN PLANEANDO UNA NUEVA EXPEDICIÓN A MI SITIO DE ATERRIZAJE. NO DEBEN LLEVARLA A CABO, YA QUE NO PUEDO RECIBIRLOS NI PERMITIR QUE INTERFIERAN CON MIS TAREAS. MIS SUPERVISORES HAN SIDO INFORMADOS Y SE HARÁN PRESENTES PARA RESPONDER SUS PREGUNTAS. EL TIEMPO DE LLEGADA ESTIMADO DE MIS SUPERVISORES A ESTE PLANETA ES DE DIECIOCHO AÑOS LOCALES, MÁS MENOS CIENTO QUINCE DÍAS.”

—¿Es una broma de alguien?

—Es lo primero que pensamos, y esperábamos que lo fuera —dijo Ifara—, pero no.

—No resultó una máquina muy inteligente, al final —dije.

—Quizá lo sea, y quizá esto sea una invención suya para demorarnos —dijo Slati—. Quizá sus “supervisores” estén ahí dentro riéndose de nosotros. Pero por lo pronto, no le ha gustado el globo…

—¿Qué pasó con el globo?

—¿No supiste? —preguntó Vrten.

—La Máquina lo derribó —dijo Ifara—. O hizo algo para que se cayera. Quizá fue casualidad, o un efecto colateral de otra operación. Ha estado haciendo cosas con la presión atmosférica. No tenemos otro. La empresa que alquiló el zeppelin se niega a ponerlo en peligro.

—O sea que nos ha tapado los ojos y además nos prohíbe ir a ver qué ocurre allá —dije, suspirando.

—No tenemos por qué obedecerle —dijo Ifara—. Por eso estoy pidiéndote tu opinión. Sé que estás pensando en volverte a casa, y lo entiendo, pero quizá no tengas otra oportunidad de saber cómo termina esto.

—¿Qué piensan ustedes?

—Las cosas son nuestras —dijo Slati—. No tenemos que devolverlas. Dinero ya gastado.

—Dudo que la Máquina sea agresiva —dijo Vrten—. Tú mismo lo dijiste, Glissa, creo, que si quisiera hacernos daño no podríamos detenerla.

—La prefectura se desliga de toda responsabilidad —dijo Ifara.

—Naturalmente —dije—. Pero nosotros la pedimos y la asumiremos, si les parece bien. Si la Máquina nos ignora, como supongo que hará, volveré a Tlipsu y me dedicaré a envejecer allá mientras espero a los “supervisores”.

No se dijo más; estaba claro que mi decisión sólo había reforzado una determinación preexistente.

Salimos de Utravani un día de tormenta. Quedamos, pues, sin contacto de radio a poco de entrar en la capa de nubes, pero eso no nos preocupaba. El camino que habíamos marcado y despejado en la expedición anterior nos serviría para ésta, y la tormenta no duraría.

O eso pensábamos; pero, para nuestra sorpresa, la tormenta continuó casi ininterrumpidamente.

Íbamos menos cargados de equipo esta vez. Soota, Slati, Vrten y yo íbamos a la vanguardia, con Soota piloteando la mayor parte del tiempo; en el tanque número dos nos seguían Ifara, Arpan y Fiiri. (Con humor poco característico, Ifara había comentado que en el segundo tanque había espacio para volver con otra Marioneta.) Más ligeros y más seguros del camino, nos llevó casi un día menos llegar a la zona del aterrizaje.

Era media tarde. Llovía a cántaros, en medio de ráfagas de viento que sacudían los miembros elásticos de los organismos sésiles. Varios kilómetros antes del sitio de la Gran Máquina, la jungla raleaba y el suelo se transformaba en un lodazal excavado por riachos efímeros.

—La presión ha bajado a 320 —informó Vrten—. Perdí otra vez el contacto con la torre de Utra-Chrgam hace un rato. Me parece que hay un área ciclónica bastante grande justo aquí, atrayendo las nubes y la tormenta.

—Es la Máquina, con seguridad —dije—, pero no entiendo cómo lo hace.

Slati señaló hacia adelante por la luneta del tanque. Era difícil ver algo entre la lluvia y las salpicaduras del barro, pero fijando la vista se podían distinguir varias figuras oscuras, similares a grandes animales con miembros articulados.

—Hijos de la Máquina —dijo Slati, con tono casi reverente—. Veo tres, ¿los ven? No. Cuatro. Un momento. —Levantó el periscopio y escrutó el visor durante un minuto, en todas direcciones—. Cuento una docena de máquinas en todos nuestros flancos excepto detrás. Soota, cuidado con los desniveles. Me parece que han cavado canales o trincheras. Hay una especie de grúa adelante, a la izquierda.

Escuchamos la voz de Ifara, que llamaba por radio desde el tanque número dos.

—Estamos atascados —dijo—. Hay una gran zanja aquí frente a nosotros, y varias máquinas bloqueándonos el paso.

—¿Son agresivas? —preguntó Vrten.

—No, sólo están allí, haciendo su trabajo, sea lo que sea, y no se apartan del paso.

—Quédense donde están —dijo Soota—. Slati los ve, ¿verdad? Intentaremos encontrar un camino. La Máquina está a menos de doscientos metros de aquí.

—Quizá no sea conveniente acercarnos más —dije—. Dudo que sea necesario o prudente. Sabe que estamos aquí.

—Deberíamos intentar provocar una reacción —dijo Slati.

—No —dijo Soota—. Ifara, ¿escuchas?

—Sí —dijo la voz de Ifara. Se oyó un suspiro y luego—: Glissa tiene razón. Esperemos. Veamos si podemos observar y deducir qué está ocurriendo.

—Pff. —Slati rodó los ojos, dejó el periscopio y se dejó caer en el incómodo catre al fondo del tanque.

Preparamos una cena temprana y después jugamos a los dados. La noche llegó iluminada de relámpagos.

—Estuve pensando —dijo Vrten— en el plazo de llegada de estos… supervisores de la Máquina. Digo, suponiendo que haya dicho la verdad y que no sea todo una invención.

—Supongamos eso, por favor —dije, notando que Slati abría la boca.

—Bien. No sabemos a qué velocidad pueden venir. Pero la Máquina dice que consultó con ellos y recibió una respuesta. Entonces…

—Yo también lo pensé —interrumpió Soota—, pero no tuve tiempo para sacar cálculos.

—Poco puedes calcular si no sabes nada —dijo Slati.

—Vamos a suponer, para no volvernos locos —dije, levantando una ceja en el gesto más autoritario que pude fingir—, que la comunicación es por radio. No sabemos cuándo la Máquina envió su mensaje, pero tuvo más de cuarenta días. Digamos treinta, ya que antes de conocernos no tenía por qué. No importa mucho, realmente. No es mucho tiempo. Un mensaje de radio no puede ir muy lejos en treinta días. Fuera de nuestro sistema estelar, seguramente, pero no hasta otra estrella.

—Podrían tener comunicaciones superlumínicas —dijo Slati. Vrten le echó una mirada fulminante, como a un chico encontrado en una travesura.

—Como dije, vamos a suponer razonablemente que las leyes de la física valen para ellos —retomé—. Son quince días-luz, de hecho, ya que se trata del mensaje y la respuesta (suponiendo que no se hayan tomado una semana para pensarla bien).

—No es lejos —dijo Slati—. No tiene sentido. ¿Dieciocho años para recorrer quince días-luz? Veamos… —Murmuró para sí un rato y luego se levantó a buscar un papel y un lápiz.

—Está bien —dije—, no hace falta. Es obvio que los “supervisores” no cuentan con un sistema de propulsión extraordinario. No pueden alcanzar una fracción apreciable de la velocidad de la luz.

—O no quieren —dijo Vrten.

—Quizá no les convenga —dijo Slati—. Están relativamente cerca. No les conviene acelerar tanto, porque después tendrían que desacelerar.

—Pero ¡dieciocho años…! —dijo Soota.

—Quizá no sea mucho para ellos —dijo Slati—. Pueden ser muy longevos.

—O pasar el tiempo en animación suspendida —dijo Vrten.

—¿De dónde sacas esos términos? —preguntó Slati, entre admirado y burlón.

—De las mismas historietas fantásticas que lees tú —dijo Vrten—. No creo que sea tan extraño pensarlo.

Miré hacia afuera. La tormenta no amainaba; era como si toda la humedad, el calor y la tensión almacenada en el cielo de la jungla estuvieran empeñados en disipar hasta sus últimas fuerzas.

—Hay otra posibilidad —dije—. Quizá la Máquina esté ganando tiempo, sin mentir. Quizá dieciocho años sea bastante tiempo, incluso para sus supervisores, pero ellos prefieran esperar.

—¿Esperar a qué? —dijo Vrten.

—A que las condiciones del lugar sean más de su gusto —respondí.

—O a que hayamos perdido las ganas de saber —terminó Slati.


Al día siguiente la tormenta continuaba, aunque con menor fuerza. Me despertó el pitido de la radio. Era el tanque número dos intentando comunicarse. Tomé el receptor y cerré el contacto.

—Glissa —dije—. ¿Qué ocurre?

—¡Abre tus persianas! —dijo la voz del otro lado. Era Ifara.

—¿Qué pasa?

—Estamos rodeados.

Abrí la persiana de láminas que bloqueaba la ventana del lado derecho. Había bastante luz afuera. No veía el tanque número dos.

—¿Dónde están ustedes?

—Las máquinas nos movieron a los empujones. Estamos casi detrás de ustedes. Si miras por tu otra ventana verás que están planeando hacer lo mismo con tu tanque.

A esta altura todos habían despertado en el tanque; Slati se frotaba los ojos. Vrten se lanzó hacia el periscopio, lo alzó, miró en derredor y soltó un gruñido. Dejé la radio y obedecí a Ifara. Tres grandes máquinas con ruedas y brazos mecánicos se aproximaban.

—Estamos en su camino —dije. No había mucho que pudiese hacer. Antes de que pusiéramos en marcha los motores, la primera de las máquinas había colocado dos grandes miembros metálicos bajo el tanque y nos estaba moviendo, sostenidos en vilo unos centímetros sobre el suelo, como quien barre la basura. Las otras dos máquinas delimitaron rápidamente una zona rectangular y comenzaron a cavar allí.

Fuimos depositados sin ceremonia unos treinta metros más allá, a un lado del tanque número dos. La máquina volvió a sus inexplicables tareas en otra parte.

—Podemos abrirnos camino —dijo Soota—. Esto no es un tanque blindado, pero es resistente.

—¿Piensas atropellar a esas máquinas? —dije—. No, no tiene sentido. Son muchas más que nosotros, para empezar. Nos correrían a un lado de nuevo y quizá nos harían daño.

—Debemos intentar acercarnos —dijo Ifara desde el otro tanque—. No pienso volver sin haber hecho nada.

—¡Momento! —dijo Slati—. Glissa tiene razón. Las máquinas son tontas. Nos volverán a mover. Tenemos que llamar la atención de la Gran Máquina. —Aquella idea me había cruzado la cabeza, pero Slati me había ganado de mano; se había levantado y estaba abriendo el armario de los trajes.

—La Gran Máquina reaccionó a nuestra presencia, la primera vez, cuando yo salí a su encuentro —dije, asintiendo.

Slati no respondió; estaba ocupado desvistiéndose para calzarse el traje. Vrten controlaba los indicadores.

—Estás loco, ¿eh? —dijo Soota, desganadamente—. No te preocupes tanto por la mezcla de gases, Vrten. Estamos casi en cero de nitroso y en 280 kilopascales afuera. Casi se podría salir sin nada encima.

—Está lloviendo —dijo Slati.

Lo vimos salir por la esclusa. Llovía, en efecto, pero no tanto como durante la noche; las ráfagas de viento habían cesado y sólo de vez en cuando se escuchaba un trueno lejano sofocado por las nubes.

Aunque el traje era pesado, un hombre podía, con él, saltar con facilidad sobre trincheras donde un tanque se habría atascado, y encontrar su camino entre los obstáculos laberínticos que las máquinas habían construido. Así avanzaba Slati, mientras reportaba con creciente aprensión lo que observaba.

Había una buena cantidad de edificios, de la altura de casas de dos o tres plantas en algunos casos, construidos con un material desconocido, obviamente sintetizado a partir del suelo de la jungla. De algunos emergían chimeneas que soltaban un humo blanco y denso; otros parecían ser talleres, aunque no había luz suficiente para ver bien hacia el interior. Uno era, casi con seguridad, una fábrica donde se montaban nuevas máquinas. El resto era un enigma. A lo lejos se alzaba la mole de la Máquina, por un lado, y a cierta distancia, la gran antena parabólica que ésta había construido.

De pronto el aire retumbó.

—¡GLISSA SRVELI!

La voz de la Máquina había cambiado sutilmente desde la primera vez; la experiencia adquirida por la Cosa entre los humanos le había dado expresividad.

—No soy Glissa Srveli —dijo Slati por el altoparlante del traje—. Mi nombre es Slati Evlaka.

—SLATI EVLAKA, NO PUEDO RECIBIRTE. VUELVE A TU VEHÍCULO.

—Y si no me voy, ¿qué harás?

—SI NO TE VAS VOLUNTARIAMENTE, DADO QUE ESTÁS OBSTACULIZANDO MI TAREA, TE REMOVERÉ DEL LUGAR POR LA FUERZA.

—¿Y si me resisto?

—TENGO VARIAS MANERAS DIFERENTES DE SOFOCAR TU RESISTENCIA SIN DAÑARTE.

Slati no respondió nada a esto, pero se puso en marcha nuevamente. Escuché a Ifara por el circuito de radio dirigirse a él.

—Slati, no la provoques. ¿Adónde piensas ir?

No hubo respuesta. La voz de la Máquina resonó otra vez:

—SLATI EVLAKA, DETENTE. SI NO LO HACES TE DETENDRÉ POR LA FUERZA.

—Es un idiota —murmuró Soota.

—No sé si tendrá que ver —dijo Vrten—, pero los instrumentos se están volviendo locos. Hay un campo magnético considerable allá adelante, y la presión está bajando de nuevo.

—¡Slati! —dijo Ifara.

—Estoy bien —dijo Slati—, pero está haciendo algo con el aire. Me cuesta un poco respirar.

—Está haciendo lo mismo que la primera vez —dijo Vrten—. Usa campos de fuerza para manipular la presión atmosférica. El traje tiene reserva de oxígeno, pero no está pensado para funcionar con presiones bajas.

—SLATI EVLAKA, ÉSTA ES MI ÚLTIMA ADVERTENCIA. NO TE DESEO DAÑO. SI CONTINÚAS CAMINANDO, LA PRESIÓN PARCIAL DE OXÍGENO EN TU ENTORNO CAERÁ A CERO EN LOS PRÓXIMOS NOVENTA SEGUNDOS. TU EQUIPO NO ESTÁ DISEÑADO PARA ABASTECERTE DE OXÍGENO EN ESAS CONDICIONES. SUFRIRÁS ANOXIA Y TE DESVANECERÁS. VUELVE A TU VEHÍCULO.

Una carga de electricidad estática colosal sofocaba el circuito radial. Alcanzamos a escuchar unos resoplidos y palabras entrecortadas de Slati. Tomé el periscopio de manos de Vrten. Vi la figura de Slati titubear en un paso, dar dos o tres zancadas, ponerse de rodillas y caer al suelo. Casi instantáneamente la radio volvió a la vida.

—EXPEDICIÓN PROVENIENTE DE UTRAVANI: SLATI EVLAKA HA SUFRIDO UN DESMAYO POR ANOXIA. SE RECUPERARÁ EN BREVE. UNO DE MIS FACTORES LO LLEVARÁ HASTA DONDE SE ENCUENTRAN AHORA.

Una máquina salió de alguna parte; tenía un aspecto achaparrado y redondeado y unos grandes manipuladores con forma de espátula. Tomó a Slati, que yacía en el barro boca abajo, y lo alzó delicadamente; cinco minutos después oímos la voz de la Gran Máquina, cerca, del otro lado de la esclusa. Abrimos la puerta y recibimos a Slati, que comenzaba a recuperar el sentido.

Esperamos a que volviera en sí y que sus signos vitales se normalizaran. Estaba furioso, pero muy asustado. Había sentido cómo el aire que le rodeaba era absorbido como por una bomba invisible y cómo, al final, no quedaba ni siquiera lo suficiente para una última inspiración.

Habíamos visto todo lo que la Máquina nos permitiría ver y llegado al límite de su tolerancia. Si seguíamos intentando penetrar su territorio era probable que recibiésemos un castigo peor. Slati había sido tocado apenas; unos pocos minutos de ese tratamiento habrían bastado para causarle daño cerebral permanente.

Dimos la vuelta y volvimos por el camino que nos había traído hasta allí. Un par de pequeñas máquinas se apartaron para dejarnos pasar. La lluvia cesó del todo y por un rato el sol brilló, casi burlonamente, sobre los representantes de la humanidad en retirada.


Mis expectativas acerca de las acciones que podrían tomar los gobernantes de Utravani y de las ciudades vecinas eran muy escasas, y no fui defraudado. El tono de la vaga preocupación de los utravanitas era el de quien escucha que los vecinos se pelean y teme cruzarse con ellos al salir a la calle.

Hubo una consulta con el prefecto y el concejo de gobierno de Prsiima, casi tan grande como Utravani y más rica, en la cual sólo pudo constatarse la verdad del tradicional refrán que dice que la distancia al peligro hace temerarios a los tontos. Los prsiimatas ofrecieron armar un ejército de rescate en cuanto la Gran Máquina amenazase directamente a la ciudad de Utravani. Esta peregrina idea sonó como una burla a los utravanitas y a mí. No ha habido una guerra entre ciudades en siglos, por fortuna, por lo cual no cabía esperar que el “ejército” estuviese entrenado para merecer ese nombre o contase con armas en cantidad significativa; y las armas de todas formas serían inútiles —intuí— contra la Máquina. Incluso si la bravuconada se hiciese realidad, cuando la devastación estuviese a las puertas de la ciudad ya sería tarde.

Las restantes ciudades se excusaron de participar en la conversación. En varios casos había serias dudas sobre si la Máquina no sería un invento de los utravanitas, vaya uno a saber con qué motivos.

Me enteré del resultado de las últimas charlas infructuosas desde Tlipsu, donde había vuelto un par de días después de retornar a Utravani y despedirme del equipo. Slati se encontraba bien y los demás ya habían comenzado a bromear acerca de supuestos efectos de la falta de oxígeno sobre su capacidad intelectual.

A decir verdad no podía culpar a los gobiernos de las ciudades más lejanas. La gente de Tlipsu apenas creía en la historia del aterrizaje de la Máquina, y mucho menos que la misma hubiese charlado conmigo. Mi esposa evitaba torpemente hablar del tema, como si mencionarlo pudiese dejar al descubierto sus obvias dudas y ofenderme.

Las cartas de Ifara comenzaron a llegar más espaciadas. Por una de ellas supe que Ku’uro estaba esperando su primer hijo; por la siguiente, que había sido una niña y se llamaba Tulle. Un largo tiempo después recibí un cálido saludo de cumpleaños. En cada caso Ifara dedicaba a la Máquina un párrafo cerca del comienzo.

Las novedades (obtenidas a través de globos, cuando el gobierno conseguía pagar por ellos) eran ominosas pero en absoluto inesperadas. Era bastante obvio que la Máquina había instalado, en primer lugar, un sistema para extraer minerales del suelo y fábricas para sintetizar materiales a partir de ellos; en segundo lugar había levantado otras fábricas cuya función era producir más máquinas. La jungla retrocedía en un área circular creciente. No había habido más grandes cambios en la presión atmosférica; el clima de la zona había empeorado, y grandes tormentas se desataban con regularidad. Aún lejos de cualquier amenaza concebible, Utravani permanecía en paz, echando nerviosas miradas ocasionales bajo las nubes.

No mucho después supe por Ifara que las pequeñas máquinas habían comenzado a despejar caminos a través de la selva. Cuando las noticias llegaron a Tlipsu, donde las dudas del comienzo habían tardíamente desaparecido, supimos que los vástagos de la Gran Máquina habían limpiado un área circular a ciento ochenta y cinco kilómetros al este de la primera y que las autoridades de Prsiima y otras ciudades menores de la Gran Cadena estaban inquietas. Prsiima montó una ridícula expedición militar que fue enviada de vuelta por las máquinas antes de poder disparar un tiro.

La Gran Máquina había, en apariencia, completado su tarea en el sitio central, y comenzaba una fase de expansión. En cuestión de un año había establecido “colonias” en una zona de forma oval de unos ochocientos kilómetros de largo y trescientos de ancho.

Cuando las primeras máquinas llegaron a los pies de la cordillera meridional de Utravani, a treinta kilómetros de Utra-Miir, la alarma cundió y la ciudad movilizó a sus ingenieros y científicos para construir medios de defensa. Una máquina de pequeño tamaño fue destruida por un derrumbe provocado, y los ingenieros convinieron en que la artillería pesada sería el medio ideal para la tarea. Pronto comprendieron que debería ser, además, de largo alcance, ya que las máquinas podían neutralizar con facilidad a los operadores de las armas. Una de las maneras en que lo hacían era la empleada con Slati, suprimiendo la presión atmosférica por medio de campos de fuerza localizados; otra, aplicando corrientes eléctricas de corta duración, que además de dejar inconscientes a los humanos dañaban sus equipos.

El perjuicio causado a la horda de máquinas por las tácticas de los defensores humanos era ínfimo. Los filósofos de las ciudades ponderaban el triste hecho de que sólo la llegada de un enemigo externo había sido capaz de hacernos unir fuerzas y de movilizar nuestro ingenio, y eso sólo para construir armas. La gente común vivía en un estado de zozobra que, aunque no paralizaba las actividades cotidianas, las teñía de una especie de irrealidad desasosegante, como si el mundo fuese a desmoronarse de un instante a otro bajo nuestros pies. (Y si hablo en primera persona es porque yo, único entre mis conciudadanos, percibía lo que estaba ocurriendo a los pies de la lejana Utravani como si estuviese en mi inmediata vecindad.) La principal causa de esto era nuestro total desconocimiento de los propósitos últimos de la Gran Máquina.

Llegó el día inevitable en que las máquinas mataron a un ser humano. Fue cerca de Utravani; era un operador de una batería de artillería montada en las estribaciones de la pendiente de Utra-Chrgam. Una máquina de gran tamaño había subido hasta allí sin prestarle atención. El hombre disparó. La máquina emitió un pulso eléctrico que debía atontarlo. Desafortunadamente, el cálculo falló por exceso, o quizá el corazón del hombre era débil.

Las máquinas podían determinar, generalmente, el estado de salud de los humanos. Como en el caso de Slati, advertían a los humanos de la zona de lo que había ocurrido para que se retirasen llevando consigo al compañero inconsciente. Los testigos, otros artilleros apostados en las cercanías del lugar, afirmaron que la máquina se había quedado paralizada y luego se había retirado en silencio y sin demora.

Enseguida comenzaron a llegar reportes de que las máquinas habían abandonado sus tareas; algunas marchaban de vuelta a sus hangares y otras simplemente se habían “apagado” en el lugar. Se dirigieron mensajes a la Gran Máquina, sin obtener respuesta. Tímidamente, algunos exploradores bajaron al suelo desde las islas y, siguiendo las rutas despejadas por las máquinas en la jungla devastada, fueron a echarle una ojeada curiosa a las obras de la Máquina. Unos pocos intentaron destruirlas, pero los desconocidos materiales eran resistentes, y las mismas máquinas no estaban muertas sino sólo esperando.


El silencio de la Gran Máquina duró veinticuatro días. En la mañana del día veinticinco (meridiano de Utravani) un mensaje radial comenzó a barrer todas las frecuencias comerciales y gubernamentales, hasta la media tarde. Especificaba una frecuencia determinada y una hora del día siguiente a la cual se emitiría otro mensaje, más largo y de gran importancia. La transmisión era de una potencia increíble, que delataba su urgencia.

Al otro día casi no había un receptor de radio en el mundo que no estuviese encendido y sintonizado en la frecuencia marcada; muy pocas fueron las personas que no encontraron motivo o excusa para abandonar su trabajo. Un poco antes de la hora prevista, escuchamos por la radio la voz de la Máquina anunciando la próxima emisión, y luego, tras una corta pausa, una diferente. Era una voz armoniosa, con un acento inidentificable y de sexo indefinido; podía ser la de un tenor o una contralto. El léxico y la sintaxis eran las del dialecto utravanita. (La Máquina nunca había podido o querido imitar las inflexiones humanas, y su voz no sonaba masculina ni femenina sino simplemente mecánica.) La voz decía:

“Habitantes del planeta: les habla el comandante del organismo artificial inteligente que ustedes llaman ‘la Gran Máquina’. Soy uno de los supervisores de quien la Máquina les habló hace ya casi cuatro años de los suyos, y represento a quienes vienen conmigo. Nos encontramos viajando hacia ustedes desde los límites exteriores del pozo de gravedad de su estrella. Nuestra tecnología, aunque más avanzada que la de ustedes, no nos permite acelerar nuestra llegada, que ocurrirá dentro de catorce años de su calendario.

”Nuestro factor, la Gran Máquina, recibió órdenes de esperar nuestra llegada antes de revelar nuestra identidad y propósitos. Entendemos ahora que estas órdenes fueron desacertadas. La Máquina nos consultó hace unos días con relación a la muerte accidental de uno de ustedes. Para evitar peores consecuencias, decidimos romper nuestro silencio.

”Nunca supusimos, al dirigirnos aquí, que el planeta se encontrase habitado por seres inteligentes. La industria humana del planeta es escasa y su presencia es indetectable desde las largas distancias que nos separan. Ustedes mismos conocen su historia y saben que son colonos en el planeta, que no evolucionaron allí y que están pobremente adaptados para sobrevivir en él, excepto en unos pocos puntos aislados, a grandes alturas, donde la presión y composición atmosférica son similares a las de la Vieja Tierra.

”No les sorprenda escuchar que sabemos de su historia. Todo lo que ustedes contaron al androide, al ser sintético que apodaron ‘la Marioneta’, nos fue remitido oportunamente: todo lo que oyó, vio, leyó, olió y tocó. Fue una revelación que nos sacudió a todos nosotros, ya que somos parte de la misma historia. Somos humanos, como ustedes, descendientes de los emigrantes de la Vieja Tierra. Partimos de una colonia terrestre extrasolar unos mil quinientos años estándar después de la Primera Emigración.

”Nuestro factor posee una vasta inteligencia, pero no fue preparado para la posibilidad de encontrarse con seres humanos en el planeta que ustedes ocupan. Los reconoció, por supuesto, como tales, pero no tenía idea de qué hacer con ustedes. Emprendió, por lo tanto, su tarea asignada, y sólo se preocupó por no dañarlos personalmente. Sólo entró en crisis cuando mató por accidente a uno de los suyos. La Máquina ha recibido órdenes más detalladas y estamos seguros de que este error no volverá a ocurrir.

”Lo que seguramente todos ustedes se estarán preguntando es: ‘¿Qué es lo que vino a hacer la Máquina?’. La respuesta es: terraformación. Nuestro factor fue a su planeta para hacernos un lugar donde podamos vivir.

”Sin duda sus expediciones han notado ya la existencia de construcciones de diferentes tipos en las bases montadas por nuestro factor. Hay dos que nos interesan y de las cuales todas las demás son simples auxiliares. Un tipo es el refugio: una estructura hermética que podremos habitar a nuestra llegada. El otro es una planta de tratamiento atmosférico. Una vez construidas suficientes de estas últimas, nuestras máquinas podrán transformar la superficie del planeta en un lugar similar a la de la Vieja Tierra, donde los humanos podremos caminar sin protección alguna. Dado que nuestras máquinas son capaces de autoensamblarse, es decir, pueden en cierto sentido reproducirse, el proceso de expansión inicial será rápido. Nuestro factor tiene una gran tarea por delante. Ustedes lo han visto utilizar campos de fuerza para aislar pequeñas porciones de espacio y modificar el ambiente local, pero esto no puede hacerse de forma prolongada o a nivel planetario. Limpiar la atmósfera inferior de gases nocivos y disminuir la presión y la temperatura a nivel del suelo tomará, descontando inconvenientes imprevisibles, unos doscientos cincuenta años de los suyos.

”Mucho antes de eso, como es natural, habremos llegado y estaremos viviendo en nuestros refugios. Al menos ése es nuestro plan. Pero ahora que sabemos que ustedes existen y que son nuestros parientes, hermanos de especie separados hace tiempo por el azar, confiamos en poder visitarlos alguna vez en sus islas en las alturas, antes de que puedan bajar y compartir con nosotros el resto del ancho mundo, hoy deshabitado. Sepan que venimos en paz, que les deseamos el bien y que anhelamos conocerlos.”

El mensaje terminaba allí; un rato más tarde, la Máquina lo repitió, y continuó haciéndolo durante varias horas.

No había nombres en el mensaje. Nuestros visitantes (¿visitantes o invasores?) no se presentaban, y daban por hecho que les creeríamos. Quizá contaban con que la evidencia a la vista nos sería suficiente.

Había razones para confiar. Las máquinas llegadas del espacio eran similares a diseños que nosotros mismos podríamos haber creado. Su inteligencia artificial estaba fuera de nuestro alcance, pero su aspecto exterior no tenía nada de particular. La misma Gran Máquina era visualmente comprensible. Su método de trabajo, una vez explicado el motivo, era absolutamente razonable. Y la Cosa, la Marioneta, había aprendido a hablar nuestro idioma en un mes, una proeza que parecía imposible para una mente (artificial o natural) que fuese extraña al molde humano.

Al principio, no obstante, hubo muchos descreídos. En varias de las grandes islas hubo disturbios, y en no pocas ciudades cayeron gobiernos y se sucedieron años de inestabilidad política y económica. Al final, casi todos debieron ajustarse a la realidad.

Dentro de unos pocos años seré testigo de lo que los supervisores de la Gran Máquina nos prometieron, o de su falsedad, si acaso. Tengo salud y no falta tanto tiempo. No ha habido más mensajes, de manera que no sabemos si debemos esperar a decenas, a miles o a millones, si vendrán en una gran nave o en muchas, si hablarán —por delicadeza— nuestra lengua o la que hayan traído desde el espacio.

Algo que se le escapó, al comienzo, a casi todos mis conciudadanos, es el hecho de que, independientemente del poder y la cantidad de los visitantes, este mundo ya no nos pertenecerá. A medida que las máquinas lo remodelen, se abrirán grandes extensiones habitables a nivel del suelo, mientras que el aire de las alturas se enrarecerá. Deberemos abandonar nuestras islas y mezclarnos con los extraños, entre los cuales seremos poco menos que salvajes o curiosidades. (Hablo como si yo fuese uno de los que verá ese futuro, pero naturalmente no será así.)

La historia que forjamos aquí, la aventura de unos pioneros que hicieron su lugar y florecieron en los rincones de un mundo hostil, llegará a su fin. Mis descendientes vivirán en un mundo más amplio y menos peligroso. Quizá —seguramente— porque me estoy volviendo viejo, esa idea tranquilizadora se me antoja antipática.

Ifara sigue escribiéndome desde Utravani y se ha tomado bastante bien todas estas cosas. En su última carta me cuenta que, tras muchas idas y venidas, Slati le ha devuelto el dinero de su apuesta. Los extramundanos existen y vienen hacia aquí, pero son de los nuestros, no las inteligencias alienígenas e incomprensibles que Slati esperaba. Supongo que, si van a ocupar nuestro mundo y cambiarlo a su gusto, es mejor que sea así. Esta resignación debe ser también un signo de la vejez que se acerca.

Postfacio

La Gran Máquina surgió de una lectura sobre las llamadas “islas en el cielo”, ecosistemas montañosos aislados (o casi) de las llanuras que los rodean hasta el punto de tener sus propios climas, su propia fauna y flora. Esto a su vez fue motivado (según creo recordar) por un documental sobre una de estas “islas”. Entre los ejemplos terrestres puede citarse el de las montañas Virunga, en África oriental, hogar de los gorilas de montaña.