La fuga
§1
Un viento húmedo soplaba bruma en el rostro del perseguidor. El mar a lo lejos era una superficie de basalto quebrado que el sol apenas tocaba. Hacía, increíblemente, frío. Los desconsolados gritos de los voladores eran el único sonido. Shio todavía no había despertado; era día de fiesta y ni siquiera los pescadores habían echado sus redes matutinas. Solo en la playa última del mundo, el viejo sabueso obstinado pensaba, no por primera vez, que sería bueno descansar unos días y volver sobre sus pasos.
Aunque no eran los mismos que en su costa natal, podía distinguir claramente los llamados y los vuelos de las criaturas aladas: por allí, dibujando círculos, un ghilin macho, blanco; cerca, su compañera, gris, o quizá gris claro con motas oscuras (eran voladores grandes pero a esta distancia y con bruma…); por allá, una bandada de sospay de cabeza roja, suspendidos en una corriente y de pronto picando como uno solo, una docena, dos docenas de flechas arrojadas al agua. Cuando se sumergían no podía verlos; era como si se desvanecieran en la bruma. Los ghilin de este mar oriental eran visiblemente mayores que los del oeste y también menos vistosos; el perseguidor había contemplado sus evoluciones en otro amanecer, en Tohsheshuan, casi en la otra punta del mundo, en un día fresco y húmedo como éste, y no le había llamado tanto la atención su envergadura como las puntas de sus alas y sus colas, teñidas de azul y verde y un toque de plata. Aquellos voladores eran fáciles de distinguir, aunque más rápidos para perderse de vista. Estos ghilin del Mar de las Brumas, en cambio, confiaban en su apariencia indistinta.
¿Cuánto de estos voladores habría aprendido el fugitivo? Hacía ya casi cinco novenas que Naram Itoki Dhunsu, apodado (no injustamente, ay) “el Pies Rápidos”, decidiera poner distancia entre sí mismo y la cárcel de Bhandi. Al principio su fuga había sido veloz y colorida; escapando por poco, había pasado sucesivamente por los controles de Lago Kalpe y del río frente a Angura; se había escabullido de emboscadas policiales en el puerto de Tombe y en el de Dhurag con tal fineza y tan inverosímil suerte como pocas veces se viera salvo en las radionovelas baratas de detectives; se lo había visto burlarse de sus perseguidores desde un pico montañoso al sur del lago; y finalmente había robado un barco (incendiando otros dos en el camino) en Estul, desde donde había dejado atrás la Península. El gobierno de Katare no contaba con barcos policiales; el detective Musir Maele Lhutan, nombrado apresuradamente al frente de la partida, se vio obligado a requisar una lancha, para gran descontento de los pescadores, y conoció la desesperación cuando, doblando el Cabo de Sabaōr a toda velocidad pero ya sin combustible suficiente, divisó el barco que llevaba a su presa, con velas blancas, azules y verdes como las alas del ghilin, alejándose serenamente.
Los pescadores de Estul le advirtieron a Musir que Naram no iría muy lejos; el barco robado no estaba preparado para partir, no tenía provisiones a bordo y sus motores eléctricos no estaban cargados. Los barcos a vela no cruzaban nunca el mar abierto desde Katare hasta Bhustan (presumible destino del fugitivo); en esta latitud los vientos le serían desfavorables, y un solo hombre, aún consumadamente hábil, no puede maniobrar un gran velero contra el viento.
La flota mercante del Golfo de Suhkiko se puso, no sin protestas, a disposición de la policía para peinar las costas orientales de Katare. El comisario de policía de Bhandi llamó a su colega en Domoa, cerca de la frontera, y éste a su vez a su conocido en el otro lado; la policía de Bhustan prometió (sin protestas) su total colaboración. Naram no apareció; el barco flotó mansamente hacia el puerto de Domoa una novena después, vacío. Varias personas dijeron haber visto al fugitivo en Kurikula, río arriba de Domoa, abriéndose paso entre los cerros; pero es un rumor común en todo Katare que los montañeses de Kurikula suelen ver, o decir que vieron, a todo tipo de gente perdida, escapada o extraviada, al igual que animales imposibles, cruces de animal y humano y variados monstruos mitológicos, siempre que se les garantice una audiencia.
El detective Musir se despidió de su familia por una temporada y, ante la súbita indisposición de los candidatos a acompañarlo, reclutó a dos rastreadores privados con cierta experiencia indocumentable en caza de humanos, a cuenta de los fondos de la policía. Si le hubiesen preguntado, habría sido capaz de explicar racionalmente —o más bien de racionalizar una explicación de— esta conducta extralimitada, pero en su fuero interno prefería meditar, según una eterna tradición, en términos de total inmediatez: qué hacer dentro de un minuto, dentro de unos segundos, ahora, para que el fin de la persecución se adelantase un minuto, unos segundos. Esta supresión absoluta de la planificación habría parecido un disparate si no fuese por las características del fugitivo, que parecía estar siguiendo —hasta donde Musir podía determinarlo— la misma doctrina. En el desierto no se reservan hoteles. El fugitivo no utilizaba, en apariencia, el teléfono ni las emisoras radiales privadas; no enviaba cartas ni dejaba notas; no arreglaba citas, no pagaba nada por adelantado. Desperdiciaba así oportunidades de desaparecer, a cambio de oportunidades de seguir escapando; el rastro que seguía su perseguidor era siempre tan fresco como mínimo.
Si el detective contase con recursos abundantes, podría plantearse aprovechar esta debilidad del fugitivo, adelantarse a él, tender una trampa ancha y profunda ante cada una de sus vías de escape. Pero el dinero escaseaba, los compañeros lo abandonaban, los colegas miraban a otro lado y el desierto era demasiado ancho y demasiado profundo.
Ya el mismo Bhustan, vecino oriental de Katare, era menos un estado que una federación de pueblos y ciudades. El gobierno central en Dalaga se las arreglaba para mantener los caminos en condiciones y para cobrar un tributo a cada poblado por ese servicio, además del de correo (malo) y el de policía (pésimo). Cuando el verano había sido especialmente tórrido y las cosechas fallaban, no era raro que los cobradores capitalinos fueran echados destempladamente de los pueblos del interior ardiente. Si Naram hubiese decidido acampar en la orilla del Lago Bhuru o al pie de las montañas que lo flanqueaban, a tres días de camino duro desde Dalaga, podría haberlo hecho durante novenas enteras sin temor; un policía solo no podría encontrarlo, y ningún comisario de Bhustan le prestaría al perseguidor extranjero los tres o cuatro hombres necesarios para peinar el terreno con un mínimo de eficacia.
Naram había pasado por Bhustan, de todas maneras, y el rastro no conducía a las montañas. El fugitivo había comprado un pasaje a la Isla de Marua. Qué podría querer allí era un misterio; el detective lo atribuyó a una bravata, a la desesperación o a ambas cosas. Se trataba de una de las rarísimas maniobras calculadas por Naram; poco faltó para que su perseguidor abordara el aliscafo que cruzaba el Paso hasta Tehtulmarua y quedara allí varado durante un día entero. Musir evadió la finta y el fugitivo, alerta, escapó por poco en la dirección opuesta. Musir lo perdió en las orillas, ahogadas de juncos silbones, del Lago Daldebay. La ventaja se estiró y el rastro ya estaba frío cuando, luego de indagar infructuosamente entre los pescadores de perlas de Pindir y los cazadores de rupanga monteses en Astabele, el detective lo encontró nuevamente, con ayuda de esos mismos cazadores, del otro lado de las sierras.
En esta tierra fértil, surcada de ríos y arroyos, la fortuna había vuelto su rostro otra vez al sabueso. Entre las gentes volubles y desconfiadas de Bhustan-Gali no le había sido posible a Naram pasar tan desapercibido como de costumbre. Su rostro singular y su acento extranjero lo habían marcado. Las mareas tempestuosas del perihelio y las tormentas de la estación habían impedido que tomara nuevamente el camino del mar; frente a Susim, en el Golfo de Madihti, casi había encontrado su fin a la vista de su perseguidor. Con un botecito, doblando Punta Saski, había vuelto al desierto, y finalmente había llegado a Shio y se había perdido entre las calles y las brumas de la Joya de Oriente. Pero incluso Shio no era infinitamente grande. Y más allá de Shio, de Rhaparana al norte, de Kortum y de Bhikalag, ¿dónde más podría ir el Pies Rápidos?
Ese pensamiento de final, de límite, de cansancio, volvía ahora con mayor fuerza que nunca al policía de la lejana Katare que miraba al sol levantarse sobre el Mar de las Brumas. En su madurez, aquella estrella anaranjada —que los Fundadores habían llamado Tatari y antes de eso alguna cifra extraña o algún nombre en una lengua de la Vieja Tierra— iba achicharrando de a poco esta otra Tierra. Se acercaba el día en que estas frescas mañanas brumosas en Shio serían un recuerdo. El otoño había llegado a las costas australes del Gran Continente, pero el alba apenas fresca ya dejaba paso a una mañana calurosa. ¿Dónde iría el fugitivo ahora? ¿Robaría un barco otra vez y pondría rumbo a Levante para perderse en el océano inexplorado? ¿Sacaría acaso un pasaje con nombre supuesto y transformaría la cacería en un correr en círculos? El mundo no era tan grande.
El policía se volvió. La luz de Tatari ya le hería los ojos. Había madrugado sólo para ver este amanecer, pero debía descansar. Volvió con paso resuelto al hotel y, en su habitación, se recostó una media hora. Después bajó al bar, pidió un té, se lo bebió con la mirada perdida. Los galitas son, como ya se dijo, volubles y desconfiados; la mujer que atendía el bar ya había llegado a la conclusión de que ese extranjero que se rehusaba a entablar animada conversación sobre temas de interés general debía estar ocultando algo. ¿Policía? Sí, claro. ¿Quién se iba a creer que un policía vendría desde el Lejano Oeste hasta Shio, cruzando ríos, desiertos y montañas, sólo para buscar a un pobre fugitivo de la ley?
§2
La calle principal de Bhikalag corría paralela a la playa. Vehículos cargados de seres humanos y sus productos iban y venían con cierto apuro. Era el día octavo y la actividad iba disminuyendo; aquí se respetaba rigurosamente el feriado novenal, tanto o más que en Katare, y todos querían dejar listos sus asuntos antes de que llegara el mediodía. No sólo se trataba del feriado. Aunque los amplios toldos sombreaban las veredas, nadie quería exponerse a un golpe de calor. En medio de la avenida, en una pequeña rotonda, un maltratado hito indicaba el cruce del paralelo 40 de latitud sur, en otros tiempos considerado límite de la zona habitable.
Sudando profusamente, el perseguidor pensaba que los colonos debieron haber dejado en paz aquella playa y obedecido al hito. Éste no era lugar para que seres humanos normales vivieran todo el año. Ni la abundante pesca ni el oro en el agua compensaban este calor. Por lo demás, los nativos no parecían más acostumbrados que él. En verano, pensó Musir, sólo el agotamiento podía impedirles que se quejaran más.
Llegó al banco justo a tiempo. Una vez que cruzara la puerta, fuera la hora que fuese, tendrían que atender su trámite. Los empleados, ya con ánimo de feriado, levantaron las cabezas al unísono; varios suspiraron audiblemente. Se dirigió a la caja del que parecía odiarlo menos y le presentó sus credenciales. El cajero revisó cansinamente la documentación y sus propios papeles. Desconfiado y alerta, tomó el telegrama que le tendía el detective y copió la cifra de la cuenta. Al rato volvió con apariencia de agitación apenas encubierta y le entregó una pequeña saca y unos recibos. ¡Qué historia para contar en la mesa de la cena!
Para desesperación de los cajeros, Musir tomó la saca, se dirigió al escritorio reservado y extrajo el contenido, poniéndose a cotejarlo con gran cuidado. Todo estaba allí: dinero suficiente para tres novenas y cartas de crédito a nombre del Gobierno de Katare. Las cartas tenían los sellos del Comisionado General de Policía y lo habilitaban, junto a sus eventuales compañeros, a la compra de mercadería e insumos por una suma considerable en cualquier lugar del país que las reconociera, según los términos del Tratado de Comercio e Intercambio Mutuo de los Estados. Era una broma común, pero no lejana a la realidad, que entre los colonos la letra del Tratado se tenía más en consideración que las Constituciones y las Sagradas Escrituras juntas.
Musir recogió todo y lo volvió a guardar en la saca. Dentro de la misma introdujo además la comunicación de las órdenes del Comisario General, que había conservado en el bolsillo de su camisa durante diez días y que estaba ya bastante ajada y húmeda. Por un momento (¡miradas de furia de los empleados del banco!) amagó a releerla, pero naturalmente no hacía falta: podía repetirla de memoria.
Oficina del Comisario General
de la Policía del Estado,
Bhandi-noa-Katare, otoño-4-7
Para los ojos de MUSIR Maele Lhutan, Oficial Detective, y su conocimiento, con valor de comando:
Habiéndose agregado cargos de gravedad a los delitos cometidos por el fugitivo NARAM Itoki Dhunsu, que el Oficial Detective ha perseguido infructuosamente hasta el territorio de Bhustan-Gali, queda por la presente anulada la orden del día de otoño-2-2 emitida por quien suscribe en el sentido de cesar la persecución, como así también las sanciones disciplinarias dictadas para el Oficial Detective. Las novedades requieren que el Oficial Detective permanezca en el territorio de Bhustan-Gali y aguarde la llegada de las siguientes personas, debidamente acreditadas: TOHME Dirika Lhuy, Oficial Detective; LETYEB Shunku, Oficial Investigador (Policía de Dalaga-naw-Bhustan); SIHARAS Mang, Oficial Investigador (Policía de Susim-naw-Gali); ISTIBAN Rhabul, Oficial Guía. Dichas personas portarán instrucciones relativas al caso.
El Oficial Detective Musir deberá alojarse en el Hotel Marítimo de Bhikalag y esperar allí la llegada de los antedichos. Los gastos que demande su estadía y subsiguientes actividades serán provistos por el Gobierno de Katare. Se remitirán a la brevedad cartas de crédito a tal efecto.
CONFÍRMESE RECEPCIÓN Y ARCHÍVESE.
Firmado: PAOMA Gorim Altuka, Comisario General.
Poco tenía de sorprendente que al cuantioso prontuario de Naram se hubiesen añadido “cargos de gravedad”. Algo más extraño era la presencia de oficiales de policía de las tres naciones; la única vez que Musir había sido testigo de algo semejante fue más de diez años atrás, cuando el asesino del ex-gobernador de Shio huyó en sentido opuesto al que luego tomaría Naram, congregando tras él a las fuerzas del orden en una caravana creciente, hasta que se ahogó en las aguas del Golfo, frente al puerto de Bhandi. Aquella vez sólo se explicaba porque el asesino pasó, a fuerza de apuro por abrirse paso, a ser asesino múltiple. En comparación, Naram era un caballero; el detective estaba bastante seguro de que jamás había matado a nadie antes o después de ir a prisión.
Un delito económico, entonces, como los anteriores. ¿O algo más? Un delito de confianza. Tráfico de influencias. Política. Eso debía ser. ¿Tres gobiernos habitualmente desinteresados en los delitos propios y ajenos excepto cuando amenazaban la recolección de impuestos, de pronto unidos en una operacion conjunta, con fondos cuantiosos asignados a bulto? Naram debía haber hecho algo mucho peor que asesinar a un político. Quizá no se trataba más que de documentos, cartas, comunicaciones oficiales; quizá alguna pieza comprometedora en una de las cajas de seguridad de alguno de los bancos que Naram había robado el último verano.
Todo indicaba que Naram sabía el peligro que corría y había decidido afrontar, finalmente, el desierto. Eso explicaba lo del “Oficial Guía”, que a todas luces no sería más que un baqueano con título. El apellido Istiban era propio de Bhustan-Gali; en Susim había una especie de academia que certificaba a los que se entrenaban para la vida en territorio salvaje. En los límites de la civilización había montones de tipos así, requeridos a veces por prospectores mineros, cazadores deportivos y así. Nadie le daba (todavía) demasiado valor a los títulos, pero si el lío armado por Naram tenía que ver con políticos, no era extraño que alguien se hubiese preocupado por el detalle.
Musir terminó de guardar los papeles y salió del banco, con media sonrisa en el rostro.
§3
El Oficial Detective Musir tenía suficientes años en el servicio para saber cuándo era conveniente callarse la boca y fingir no saber nada. La otra cara de esa moneda era que podía percibir con bastante claridad cuándo alguien de su propio gremio estaba jugando ese juego con él.
—Estoy tan a oscuras como usted —mintió Siharas Mang, Oficial Investigador. Era un hombre rechoncho, de mediana edad, con bigotes ya blanqueando; tenía un aire de total inocencia.
—Le creo —respondió Musir, secándose la frente. Habían cenado en el bar del Hotel Marítimo; la brisa había muerto. Al presentarse, Siharas le había dicho en tono dramático que el otoño en Bhikalag era como el verano en Susim; eso sí podía creerlo—. Pero no creo que lo hayan enviado a esta… carrera hacia la nada… sin más precisiones.
—“Seguir, capturar vivo y traer de vuelta”, casi literalmente, detective.
—¿Y usted aceptó que lo enviaran a una misión de varias novenas, lejos de su familia, hacia el desierto, con tres extraños, a perseguir a un ladrón de bancos?
—Que probablemente esté muerto, sí, eso está pensando usted también —dijo Siharas—, tirado en alguna quebrada y seco como una piedra. Si es que no nos ha burlado otra vez.
A Musir no le gustó cómo sonaba eso de “burlado otra vez”.
—Si es que. ¿Aceptó usted, entonces?
—Estoy acostumbrado. Mis superiores son muy estrictos. Mi familia también está acostumbrada.
Musir durmió mal esa noche. En el Marítimo no se encendían los aires acondicionados, como norma, después de la tercera novena de otoño; la energía era muy cara. Al día siguiente, cuando llegó Tohme, no pudo evitar el malhumor, acrecentado por el hecho de que Siharas parecía totalmente fresco. Tohme, a quien Musir conocía por referencias, lo saludó con calidez exagerada, exactamente como quien encuentra a un compatriota en una tierra lejana. Llevaba un sombrero de estilo local que le sentaba algo extravagante sobre su cabeza pequeña y alargada.
—Lo conozco a usted. Trabajo en Bhandi pero viví en Domoa hace años; estaba de visita cuando nuestro amigo pasó por allí hace unas novenas. Parece que es todo un criminal, ¿no? Imagino que ustedes sabrán más que yo —largó Tohme de una vez, apenas dejarse caer en la silla. Estaban desayunando algo tardíamente. La galería daba al mar y era utilizable, apenas, gracias a la sombra de unos árboles que los nativos llamaban idimelak: grandes plumeros verdes sobre finísimos tallos. Los árboles estaban plantados de forma que interceptaban precisamente el sol del norte y del amanecer. Tras la línea de troncos de idimelak, el mar era como un caldero de mercurio.
Musir permaneció en un silencio rencoroso, mirando a Siharas, que tomaba un té helado a grandes sorbos.
—En verano mueven el bar al subsuelo —observó éste, dejando el vaso perlado de condensación sobre la mesa—. No sé por qué no lo dejan allí. Les digo, a veces tengo tantas ganas de dejarlo todo y mudarme al Lejano Oeste. En el Istmo hace frío en otoño, ¿no? Algo de fresco, al menos.
—Frío, frío, no realmente —dijo Musir.
—Depende de lo que usted considere “frío” —terció Tohme, ansioso—. En Estul, en invierno, una vez tuve que ponerme un abrigo de pelo de ghursa sobre la camisa. Una camisa de manga larga, y encima un abrigo para cubrirme el pecho. ¡Un abrigo de pelo! ¡Como un eskimali! —rió. Musir no estaba de humor para reírse de la alusión a los mitológicos habitantes del (también mitológico) casquete polar, que en su gélido país nunca se veían desnudos porque vivían dentro de sus abrigos, y que en invierno se construían casas de hielo. Siharas no parecía conocer la leyenda.
—¿Instrucciones? Le dieron algo, supongo.
—Sí, por supuesto —respondió Tohme, serio de pronto. Sacó unos papeles de su bolsillo, los miró y remiró y tomó uno de ellos para leerlo en voz alta—: esperar aquí hasta que llegue el oficial Letyeb desde Dalaga y el guía. Después nos ponen en manos del guía. Él nos dirá qué comprar, provisiones, equipo.
—Mis superiores me dicen —dijo cuidadosamente Siharas— que Naram Itoki huyó hacia el desierto.
Musir lo miró expectante.
—¿Dicen? ¿Ha hablado usted?
—Por teléfono, esta mañana temprano —otro sorbo al té helado—. No parece una gran noticia, pero lo es. Sabemos que Naram Itoki no huyó de vuelta a Bhustan ni a tierra civilizada alguna ni está en alta mar.
—¿Fuentes de confianza?
Siharas miró a Musir como si hubiese pronunciado una blasfemia.
—Si no fueran de confianza no se lo estaría diciendo ahora aquí a usted. Me dicen que huyó al desierto, y más todavía, que huyó en una dirección específica.
Tohme dejó su bebida y adoptó una cómica actitud conspirativa.
—Leí los archivos de la causa judicial —dijo en voz baja—. Nuestro hombre sabía ser muy religioso. Por no decir supersticioso. ¿Estoy apuntando bien?
—Está apuntando bien, según creo —dijo Siharas—, pero tendremos que confirmarlo.
—¿Qué dicen ustedes dos? —dijo Musir.
Siharas se acomodó en la silla.
—Hay una leyenda. No es algo que esté en las Escrituras, realmente, pero…
—En el Libro de Ghushil —cortó Tohme—. La parte que nadie lee, de hecho, porque los sacergardes no la leen ni la enseñan. Hace trescientos, cuatrocientos años estaba prohibido. Pero un hombre devoto como Naram seguramente la conocía, y ¡vaya compañía en la que está!
Musir no había leído jamás el Libro de Ghushil. Tenía la vaga impresión de recordar ciertas frases del comienzo, pero el estudio de las Escrituras no era uno de sus pasatiempos. Tohme se dedicaba a ello en sus ratos libres. El libro supuestamente narraba la historia de un viaje iniciático del profeta homónimo. La hagiografía oficial se enfocaba en los sacrificios realizados y en la meta al final del camino, la iluminación a los pies de la imagen divina en la legendaria ciudad de Sekbana, que los maestros de la tradición religiosa ubicaban en las montañas al norte de Bhustan. Algunos aventureros habían encontrado, en efecto, restos de un santuario a más de tres mil metros de altura; el sendero todavía existía.
Pero Ghushil no había seguido un camino recto hasta llegar allí. En una época había sido atraído por la gran nada del desierto, que llama a los visionarios, a los locos y a los tocados por los dioses. Había llegado a las orillas últimas de oriente, como Musir, y contemplado con desesperación ese límite infranqueable. Inspirado por la Diosa, había puesto rumbo al interior del continente.
—«Oyó la voz, y la voz decía: “No es aquí, ni a tus espaldas, ni a tu derecha.” Ghushil se volvió a su izquierda, y la voz dijo de nuevo: “No es aquí, ni a tus espaldas, ni a tu derecha.” Entonces Ghushil miró donde la voz le indicaba y vio un arroyuelo. Bebió del agua del arroyuelo, y el agua era fresca, a pesar de que era verano, y tomó hojas de idimelak para cubrirse y lo siguió.»
—No entiendo. ¿Se cree un profeta nuestro fugitivo acaso? —preguntó Siharas.
—Ghushil no era un profeta, Investigador —dijo Tohme, algo cohibido, pero firmemente —. No cuando viajaba a merced de la inspiración divina, según me explicaron. Era un hombre perseguido por terribles culpas, quizá perseguido por la justicia. En la causa judicial consta que Naram sufrió un par de crisis de arrepentimiento y que expresó su idea de que tenía derecho a redimirse, lo cual naturalmente el juez entendió de una manera bastante diferente. Naram frecuentaba una cierta secta religiosa, con la que mantuvo contacto siempre; lo visitaban a veces, le traían panfletos.
—Eso es correcto —dijo Musir—. Los dejamos hacer. Leí un par de cosas que le trajeron; era inofensivo; no pensamos que pudiesen conspirar para que escapara.
—Yo no creo que lo hayan hecho, detective —dijo Tohme—. Naram escapó y por un tiempo fue un fugitivo común y corriente. Pero creo que llegó a la misma conclusión que Ghushil y se fue a buscar su destino al desierto.
—Eso es lo que me dijeron mis superiores. Naram sabe dónde quiere ir y sabemos cuál es el camino, aproximadamente. Pero sigo sin entender. ¿Qué espera encontrar allí, aparte de la muerte por deshidratación? —preguntó Siharas.
Ghushil era un entusiasta, no un loco. Había cargado agua en cántaros y comprado animales de carga, se había hecho un arco y flechas. La Escritura pasaba por alto los detalles más prosaicos, pero no insultaba la inteligencia del lector ni le exigía una suspensión indebida del descreimiento. Naram estaba equipado. Podía sobrevivir un tiempo.
—El abrazo de una madre —dijo Tohme, y luego, al ver que los demás lo miraban alarmados—: En serio, ¿cómo quieren que lo sepa? ¡Yo no creo en esas cosas!
§4
Letyeb Shunku, oficial de la policía de Bhustan, apareció esa misma tarde en el Hotel Marítimo. Parecía sumamente molesto, y su humor no mejoró cuando Tohme le explicó su teoría sobre el “escape a la redención” de Naram. Siharas intervino:
—Los datos en que nos basamos son sólidos. Naram compró todo lo necesario para una larga excursión al desierto, un poco aquí y un poco allá. El rumbo más probable es el que señala esa leyenda en la que cree, de la que tenemos bastantes datos. Se trata de una antigua ruta de peregrinación. Si pregunta aquí en Bhikalag, le dirán que de vez en cuando algún loco se lanza al desierto precisamente en esa dirección. Naturalmente, casi nunca se los ve de nuevo.
—No fui informado de esta tontería antes de venir —farfulló Letyeb.
—Tampoco nosotros —dijo Musir—. Es libre de llamar al Comisario General en Dalaga y decirle que va a volverse. Yo he seguido a Naram desde la primavera y no me cabe duda de que es capaz de algo así. Reconozco que si mi superior me hubiera telefoneado ordenándome que siguiera a un hombre al desierto tórrido según las indicaciones de un mito de las Escrituras, me habría reído de él. Es algo que parece increíble. Usted es joven; quizá no recuerde, pero habrá leído, el caso de Dhedae y Tuhli. ¿Habría creído usted que una pareja en apariencia normal haría semejantes cosas y terminaría como terminaron ellos, sólo por un cuento fantástico que alguien les había contado en un viaje alucinógeno? Esto de Naram es algo mucho más concreto que aquello; este… este Edén, este Hogar, esta Okaw, se lleva a uno o dos alucinados en cada generación.
—Y alucinados iremos nosotros tras ellos, entonces —refunfuñó Letyeb, y de pronto pareció desinflarse. Se sentó, flaco y pálido, en la silla, y se secó el sudor de la cara torpemente—. Cáigase Dios, que hace mucho calor aquí. ¿Nunca llega el otoño en estas costas del fin del mundo? —Una pausa; los otros miraban al suelo—. Vamos a morir allí; Naram nos marcará el camino y luego se volverá sobre sus pasos por la noche y nos dejará para que sigamos hasta que el sol nos deje secos.
—No es una misión suicida, Letyeb —dijo Tohme, sacando pecho—. No sea tremendista. Tenemos un guía especializado.
—¿Tenemos?
Estaban en el lobby. Las grandes ventanas daban al sur; eran las únicas que no estaban cubiertas por persianas opacas. Afuera estaba la calle que traería a Istiban Rhabul, guía certificado, de un momento a otro. La calle estaba casi a oscuras; unos pseudohelechos kutamu filtraban la luz del sol impiadoso en la vereda opuesta; unas pocas personas esperaban un taxi bajo un toldo. La brisa del atardecer movía las frondas verdinegras de los kutamu, de las que todavía colgaban algunas floretas amarillas.
—Tendremos pronto.
—No sabía que se necesitaba un título para ser guía del desierto —comentó Letyeb.
—Pues se necesita uno para ser médico —dijo Tohme—, y tanto al médico como al guía le confía uno su salud y su vida, así que ahí lo tiene.
—¿Va usted al médico cuando se siente bien? Porque le aseguro que todos estábamos muy bien hasta que alguien en Katare se le escapó un prisionero político.
Musir levantó una ceja, pero no dijo nada. Tohme lo miró atentamente unos segundos, se volvió hacia Letyeb, abrió la boca, lo pensó mejor, gruñó y se quedó callado. Siharas Mang se sonrió.
—Señores, aquí todos sabemos quién manda. Es inútil discutir.
Letyeb estaba mirando, ausente, al otro lado de la gran ventana. El sol se estaba poniendo ya; los que esperaban taxis se apelotonaban en la sombra y entrecerraban los ojos. Los altos helechos arborescentes habían mudado a un verde cálido con reflejos de cobre. Unos niños volvían de la escuela, apurados; la mayoría se habían quedado en ropa interior y corrían con sus útiles en una mano y sus camisas y faldas hechas un bollo en la otra. En Dalaga, incluso en el interior, tal despreocupación habría sido objeto de reproches para los padres; en Katare, decía el chiste, las mujeres no se destapaban los pechos ni siquiera en verano. Aquí en el Oriente Tórrido, en este otoño que seguía siendo verano, los adultos eran apenas más discretos que los niños. ¿Acabaría su vida Letyeb, llevado por aquel presuntuoso guía titulado tras las huellas de un asaltabancos loco, huyendo desnudo y afiebrado bajo el sol abrasador?
§5
Este mar no era infinito. Frente al policía, la playa se prolongaba en una curva suave que moría en un piélago de luz, donde el sol golpeaba los mil brazos de la desembocadura del gran Saguar. El vapor que subía de las aguas ocultaba las dunas de la Punta. Sobre el horizonte asomaban del agua oscura tres picos lejanos, pirámides truncadas y corroídas de granito: las cimas de las Islas de Baraini, últimos restos de una tierra de cien millones años, sepultada bajo las olas tibias que hoy cubrían sus laderas y las de montañas aún más viejas, que ocasionalmente las mareas bajas del perihelio dejaban asomar.
Al norte, unos cardúmenes saltarines hacían acrobacias; siluetas de aletas resplandecientes, de cabezas barbadas y de colas bífidas se confundían con las crestas de espuma. Cerca de allí, un afloramiento de aguas frías traía alimento de las profundidades a un banco de korpiliw, o como los llamaban aquí, karciryem: medusas velero, grandes depredadores flotantes, con sus velámenes vivos moteados de ojos simples y una media docena de mástiles coronados de tentáculos mortales para disuadir a los voladores. Musir había visto una flota de cientos de korpiliw maniobrando en el Madihti, frente al puerto de Susim, pocas novenas atrás; cuando el instinto llevaba a las medusas a un lugar, todo el tráfico marítimo humano debía dejarles paso. Frente a Shio, por algún capricho de las aguas, no había medusas velero. En Katare, los korpiliw eran aún más grandes, pero tendían a la soledad, y los marineros los saludaban con respeto desde lejos; en este mar estrecho y traicionero eran un estorbo.
Istiban Rhabul se reunió con él. Era un hombre ligero y como reseco, más joven de lo que parecía, de ojos hundidos y ceño oscuro, pero sonreía ante el espectáculo. El mar era vida. El desierto era un rival a vencer. A ambos se les debía respeto, pero las recompensas del mar eran indudablemente mayores.
—Y sin embargo, yo elegí el desierto —comentó Istiban— en vez de hacerme pescador. Podría haber tenido una pequeña flota pesquera, ¿sabe? Mi familia está en el negocio desde hace tres generaciones; descendemos de los fundadores de la ciudad y tenemos un cierto capital. No es algo que yo disfrute, eso de acumular capital y abolengo; por eso elegí salir a recorrer el interior. Apuesto que usted pensaba que sería una especie de funcionario insufrible, ¿no?
—No tenía idea, Istiban, en verdad —contestó Musir—. ¿Qué es eso? —señaló.
—Cuchilleros. Se dejan caer sobre los peces de superficie con esos pinchos por delante, muy mortales y certeros. ¿Los ve? Acaban de hacerlo.
—Supongo que los conoce a todos. ¿Pero estudió, entonces? ¿Tiene un título?
Istiban había llegado tarde durante la noche, retrasado por un accidente en el puente del Saguar; se había levantado temprano y había acompañado al policía de Katare en el desayuno y en su acostumbrada contemplación del mar.
—No creí que fuese algo tan novedoso. En Susim hay unos cuantos grupos de especialistas que se están dedicando a esto, con aval del gobierno, que está interesado en… cómo lo diría… un sistema. Son como escuelas pero para adultos, con contenidos electivos, específicos, detallados. Algo más abierto que los colegios de oficios. Naturalmente los viejos maestros de oficios están algo nerviosos.
Curioso, pensó Musir. En Bhandi estaba la Escuela de Medicina, y el Instituto de Leyes; nadie quería caer en manos de un médico con formación de curandero o de un abogado autodidacta. Eso era todo. Los tradicionales ciudadanos de Katare se habrían reído o indignado ante la idea de que un grupo de autonombrados expertos se acomodara en un sitial junto a los políticos y se pusiera a decidir a quién valía la pena ungir como guía de campo, arquitecto o tenedor de libros.
Y sin embargo aquí estaba él, dispuesto a obedecer a unos superiores que, desde detrás de un escritorio lejano, le indicaban seguir a un desierto muy fácilmente letal a un jovencito cuyas únicas credenciales eran la versión adulta de las calificaciones de una libreta escolar.
—La palabra de los viejos ya no vale mucho —dijo Musir. Su voz no expresaba aprobación o desaprobación alguna.
§6
El desierto no comenzaba enseguida. Saliendo de Bhikalag hacia el oeste, río arriba, el camino corría entre dos líneas paralelas, no demasiado compactas, de vegetación xerófila; ocasionalmente había que vadear un socavón anegado, y a los lados el arbusto kuiku, bajo y espinoso, era entonces aplastado por masas de bhalea roja y retorcida, de iguste de flores blancas y fragancia pungente, de kutamu gigante, desordenado, cuyas frondas sombreaban rincones propicios para animales pequeños y huidizos, cazadores de aún más pequeñas alimañas que se regodeaban en el agua caldeada.
El fugitivo no había ido por allí.
—Lo vieron más adelante —explicó Istiban—. Salió directamente de la ciudad a la zona de la bahía y siguió esa ruta, pero después volvió al río. A una hora de aquí había un grupo de agrimensores trabajando. Naram no podía saberlo. Iba en un vehículo parecido al nuestro, se bajó, suponemos que para ir a buscar agua o refrescarse, y cuando lo vieron se escabulló, pero la descripción coincide.
El campamento de los agrimensores apareció en un meandro, en la orilla opuesta, luego de un puente de madera que las aguas lamían. Había tres tiendas de campaña bajo un pequeño macizo de árboles putuga, cuyas grandes hojas de nervaduras carnosas se desparramaban, turgentes al sol, en la cima de un tronco espinoso con apariencia endeble. Al atardecer las nervaduras se aflojaban, las hojas del tamaño de hombres adultos se plegaban sobre sí mismas, como bollos de papel arrugados, y el putuga descansaba. Al alba, infaliblemente, las hojas volvían a desplegarse. La sombra densa de un putuga era una bendición para el viajero del desierto.
Uno de los agrimensores estaba observando por un instrumento. Levantó la vista y saludó.
—Están planeando construir una ruta nueva al sur, que pase por las montañas hasta Baladu y de ahí hasta Susim. Mucho más rápido que la de la costa, y más fresca también —explicó Istiban.
Habían salido de Bhikalag antes del amanecer; el sol aún no había llegado a la mitad de camino al cenit pero la frente de Istiban ya estaba empapada de sudor. Las montañas del macizo de Lhatera, como apiladas unas sobre otras, rielaban a lo lejos, con apariencia de lejanía insuperable. Un poco de nieve brillaba sobre los picos más altos, por encima de la línea de los cinco mil metros. Había allí valles altos que permanecían en la sombra durante todo el día y mesetas aún más altas por donde un vehículo preparado podía ir rectamente y a buena velocidad durante un día entero. Sólo faltaba una ruta que subiera los primeros escalones del macizo: una tarea para titanes.
El vehículo en el que viajaban los tres policías y el guía era lo mejor que el dinero podía comprar y que la tecnología ofrecía. Era eficiente y ligero; tenía baterías recargables por energía solar y combustible de reserva para tres días de viaje, incluyendo la indispensable refrigeración de la cabina de los viajeros, que no obstante deberían usar con parsimonia. Era veloz a campo traviesa y su mecanismo era sólido. Pero nadie había intentado conducirlo hasta los trópicos. Nadie, de hecho, había visto el desierto tropical, excepto quizá alguno de los más entusiastas seguidores de Ghushil u otro de los profetas locos; unos pocos pescadores infortunados habían sido transportados por corrientes anómalas a lo largo de la costa del Gran Continente hasta las regiones donde el agua del mar quemaba las manos, y habían vuelto milagrosamente, o no.
En Katare se decía que el ejército había construido y probado, pocos años atrás, un barco sumergible, con el cual una tripulación juramentada a secreto había navegado al oeste y al norte y había logrado cruzar el ecuador a gran profundidad, donde el agua estaba a una temperatura tolerable. (El vehículo submarino no había sido visto jamás por nadie, aunque sí por muchos amigos y parientes de alguien.) Si la historia era cierta, hasta dónde habían logrado llegar en el hemisferio norte y qué habían visto allí era un misterio, motivo de conjeturas y largas discusiones en voz baja entre grupos de gente con demasiado tiempo libre.
Muchos de los montañeses de Bhustan-Gali, por su parte, creían sin dudar en la existencia de grandes cavernas subterráneas, excavadas por el agua o abiertas por terremotos en tiempos antiquísimos, que comunicaban entre sí y surcaban todo un mundo oculto a los ojos humanos. Siguiendo los pasajes entre las cavernas, decían, era posible para un hombre valiente (y con provisiones, era de esperar) cruzar todo el desierto sin subir a la superficie, acompañado sólo por la fauna blanquecina y ciega que reptaba por las rocas húmedas, y emerger a una tierra de maravillas en el lejano septentrión.
Los perseguidores de Naram estaban haciendo historia, pero en este mundo donde el hombre vivía al filo de la destrucción, pocos se interesaban por la historia. La exploración de la zona tórrida comenzaría de la manera más prosaica imaginable.
§7
El fugitivo era un hombre de ciudad. En pueblos y puertos, entre gentes curiosas y entrometidas o simplemente poco colaborativas, se las había arreglado para dejar muy pocas huellas, ayudándose de su rápida retórica, su dinero y su astucia; sólo el apuro y la falta de previsión, además de la obstinación de quien lo perseguía, le había permitido al detective Musir rastrearlo de una punta a la otra del Gran Continente. En el desierto, donde no había informantes a quienes tentar y el dinero y la persuasión no servían de nada, Naram se había desvanecido a los ojos de Musir. Pero como hombre de ciudad, no había podido evitar dejar otro tipo de huellas. Istiban no era sólo un experto en supervivencia sino un hábil rastreador.
Voluntariamente el guía conducía más horas que las que le tocaban según una división estricta; el alba y el atardecer eran su territorio exclusivo. Sólo él podía estar seguro de no perder la pista en esos momentos del día en que el sol y la sombra jugaban con la vista de un hombre cansado al volante. Un par de horas antes del mediodía desplegaba el gran parasol semirrígido que los acompañaría el resto del día, como una gran vela tumbada de lado montada sobre el vehículo; un rato después, se detenía, pasaba al pequeño cubículo de descanso de la parte de atrás y permitía que uno de los tres policías lo relevara. El sonido del viento azotando el parasol lo acunaba durante una larga siesta. El parasol era un artilugio engorroso que frenaba algo el avance del vehículo pero permitía economizar en refrigeración.
El viaje diario comenzaba poco antes de salir el sol, con la primera luz, y continuaba hasta el opuesto ocaso. El detective Musir era el primero en despertar. Se desperezaba discretamente, tomaba algo de agua y salía a la noche cálida a ver las últimas estrellas y a aliviar la vejiga a unos metros del vehículo, sobre la huella. En el gesto había algo de modestia y también de obsesión metódica. (La noche siguiente esa ínfima humedad sobre la tierra removida haría quizá germinar una semilla que había esperado veinte, cien o quinientos años una lluvia que nunca llegaría.) Terminada esta tarea volvía al vehículo y empezaba a preparar el desayuno, despertando a sus compañeros con el ruido sordo de tazas de plástico y envases de comida.
Istiban le había advertido que no se alejase mucho. A Musir le resultaba difícil imaginar que el desierto pudiese sostener animales salvajes capaces de atacar a un ser humano y lastimarlo. Sabía que el desierto no estaba muerto; percibía en los comentarios del guía y en su propia percepción mientras estaba al volante que había una ecología en marcha bajo las ruedas que los llevaban al trópico: una ecología mínima, de hostilidad y escasez. En las costas pobladas del Gran Continente no había ya grandes depredadores. El huidizo bhortaw y el astuto kahpage acechaban aún en las montañas, pero el hombre apenas los veía, y las próximas generaciones no los vería quizá jamás, ya que sus fuentes de alimentación se iban reduciendo. En el páramo que estaban atravesando ahora, ¿de qué podía alimentarse un animal más grande que un puño?
Y sin embargo, las pisadas del detective cuando salía del vehículo en la oscuridad desataban sordas carreras, apresurados escapes a escondites bajo el suelo, temerosos chillidos reflejos de seres tan bien adaptados a los colores y las texturas de su medio que eran, para los fines prácticos, invisibles e inalcanzables. Entre las terribles espinas de los kuiku y los penachos rígidos del rhega y bajo las hojas gris-plateadas del mustul asomaban a veces unos como fantasmas: ojos amarillos, rojos o de azul profundo. Si estos pequeños podían vivir allí, quizá otros más grandes podían vivir de ellos.
El desayuno era nutritivo y escaso. El calor excesivo trastorna la digestión; Istiban no les había permitido traer comida pesada. No necesitaban mucho en tanto estuviesen sentados todo el día en el vehículo. (El entrenamiento de los guías oficiales incluía, como descubrieron con cierta consternación los tres policías, preparación para reconocer las necesidades nutricionales y ajustar los alimentos a lo estrictamente necesario para cada caso.) Al segundo día no hizo falta que Istiban insistiera en comer liviano; los cuatro sólo querían beber agua. El precepto de que el desayuno es la comida más importante del día, no obstante, se cumplió a rajatabla.
§8
Las tres lunas estaban en el cielo cuando los perseguidores se detuvieron para su tercera noche. Sharon era un punto de luz opaco en el este; la hermosa Dhom, una moneda de plata casi en el cenit; Rhuka, una estrella que el ocaso todavía teñía de un rojo desleído. En unos días estarían en conjunción; en el mar las leves mareas lunares serían un poco menos leves, y en la tierra de los seres humanos comenzaría un nuevo ciclo, una novena: siete días de trabajo en oficinas comerciales y puertos, en comisarías y almacenes, en estafetas de correo, en peluquerías, salones de belleza y jardines de niños, seguidos de dos días de descanso sacrosanto.
Aquí en la gran nada donde sólo las lunas marcaban el tiempo, el cambio significaría poco. En sólo dos días, los policías y el guía en busca del ladrón de bancos se habían aclimatado a esta inmovilidad. La huella del perseguido seguía siendo clara y distinta la mayor parte del tiempo; nada había en el desierto que pudiera borrarla: ni manadas de animales salvajes, ni lluvia, ni otros seres humanos. Ésta no era, aseguraban los entendidos (o que pretendían serlo), una zona de tormentas de arena. En el interior del Gran Continente reinaba la calma de los infiernos.
Letyeb había salido del vehículo a estirar las piernas un rato antes, dolorido y harto. Ahora se arqueaba hacia atrás en su asiento, presa de náuseas y respirando entrecortadamente. El calor y la sequedad del exterior habían comenzado a resultar insanos.
—No creo posible que Naram haya podido seguir mucho más —opinó Siharas—. Somos cuatro turnándonos para conducir todo el día y apenas podemos descansar. Una sola persona no puede ir más rápido.
—Se sorprendería usted —dijo Musir.
—¿Cree que estará bien? —preguntó Tohme, refiriéndose a Letyeb, a quien echó una mirada preocupada.
—No creo que sea algo grave —respondió Musir—. Opino que no debería comer esta noche. Sólo agua y quizá alguna de esas cosas energizantes que tenemos atrás para las emergencias.
Letyeb hizo un gesto de asentimiento. Ninguno de los cuatro estaba en óptimas condiciones de salud, en verdad. Comían poco y bebían litros y litros de agua cada día; estaban irritables y cansados.
El interior del vehículo olía a sudor, pero sobre todo a sal, a tierra, a la arena impalpable y los minerales del desierto. Esa noche Istiban no insistió en mantenerlos a todos cerca, y cuando los tres policías salieron a estirar las piernas, cada uno fue en una dirección distinta, como de común acuerdo.
La arena estaba sembrada de pequeños guijarros y de rocas del tamaño de un puño o poco más. En esta región había también, como no en la noche anterior, grandes bloques de basalto negro desgastado por el viento. Sentado sobre uno de ellos, el detective Musir vio al noroeste cómo Sharon, la más veloz de las lunas, era eclipsada cerca del horizonte por una masa de oscuridad en forma de cono de amplia base. De haber observado con mayor atención (y quizá con binoculares), habría podido ver cómo un segundo punto de luz, débil y rojizo, se unía al brillo de la luna y la acompañaba durante un segundo antes de caer nuevamente. Ni en Katare ni en las zonas pobladas de Bhustan y Bhustan-Gali había estratovolcanes; Musir nunca había visto una erupción y no tenía manera de saber que aquella chispa fugaz era roca derretida y lanzada al aire por la fuerza de un gigante a más de cien kilómetros de distancia.
El suelo permanecía caliente hasta pasada la medianoche y un bloque de basalto irregular no era cómodo para sentarse, pero cualquier cosa era mejor que el asiento del vehículo. Además, aunque Musir no lo sabía, se encontraba casi mil metros más arriba que el nivel de las costas del continente; el aire menos denso y casi sin humedad se enfriaba rápidamente al caer el sol, hasta el punto de resultar casi agradable.
Volviendo al vehículo, el pie del detective dio contra algo grande y hueco. Se agachó para observarlo; a la luz de las lunas y con la vista agudizada por la oscuridad, lo reconoció como un bidón de plástico. Su tapa estaba a unos pasos; en el interior no se olía nada. Había contenido unos veinte litros de agua, calculó; su poseedor lo habría descartado al terminarse. Lo llevó hasta las luces del vehículo, lo dejó a un lado y salió con una linterna. En pocos minutos descubrió otro bidón y varios envases abiertos, con restos de comida ya resecos. Se los mostró a Letyeb, que lo observaba atentamente, aunque con aire cansado, sentado en una piedra.
—No sé si nos lleva mucha ventaja, pero al menos sabemos que no estamos cometiendo una locura ni siguiendo el rastro de una alucinación —dijo, con una media sonrisa—. Usted temía eso, ¿verdad?
—No lo temía —dijo Letyeb—. Lo esperaba. Es una lástima.
—Lo que yo espero —dijo Siharas, que se había acercado— es que nuestro fugitivo haya tenido la gentileza de dejar su cadáver sobre la huella y que no llegue el mediodía antes de que lo encontremos.
§9
El cuarto día, no mucho después de partir, Musir decidió que éste sería el último.
La noche había sido oscura y pesada. Una masa gris plomiza se había ido insinuando hacia la tarde, cubriendo el cielo al norte y noroeste. Con los binoculares podía verse, al filo del horizonte, una fila irregular de conos volcánicos, de algunos de los cuales provenía sin duda esa gigantesca nube de ceniza. A media tarde el palio oscuro cubría más de la mitad de la bóveda celeste y, aunque atajaba el sol, traía también un olor ponzoñoso que se filtraba incluso en la cabina sellada. A veces el suelo temblaba ligeramente.
La huella ya no iba recta y segura por una planicie de arena muerta y guijarros redondos; ahora se torcía y se quebraba entre rocas graníticas y trozos de basalto. Había, paradójicamente, más vegetación aquí que en el sur; los minerales depositados por la ceniza permitían que plantitas raquíticas pero tenaces arraigaran a la sombra de los peñascos negros.
No sólo rocas había desparramadas en aquella planicie plutónica. El fugitivo estaba llegando al límite de sus reservas e iba dejando atrás, bien que inútilmente, los recipientes vacíos y otros efectos innecesarios en un viaje de idea. Enloquecido por el calor y la sed, quizá, habría decidido jugarse su última apuesta, con su fe como garantía.
El alba del cuarto día dejó ver un cielo un poco más despejado; unos vientos invisibles, en las altas capas de la atmósfera, habían barrido la ceniza al oeste. Los policías y el guía pudieron salir a desayunar bajo la luz lunar sin temor a aires envenenados. El termómetro marcaba poco más de cuarenta y cinco grados.
El detective Musir, chorreando sudor y algo atontado, observaba a sus compañeros, todos más jóvenes que él, sin ver signo alguno de que estuvieran sobrellevando el viaje con mayor soltura. No podían seguir mucho más. Tenían agua y combustible suficientes para volver, pero morirían en una hora si el sistema de refrigeración sufriese un desperfecto durante el día. La persecución de Naram, que lo había llevado hasta el confín del mundo habitado, había dejado de tener sentido. Nada podía significar nada en este desierto interminable. Quizá el calor y el azote de la luz solar ya los habían enloquecido a los cuatro; quizá la huella sí era un espejismo y el rastro del fugitivo, después de todo, una serie de alucinaciones.
Pero el detective, obstinado aún, no dijo nada. Y un rato después de haber decidido que la expedición debía retornar, encontraron el vehículo.
El parasol se había soltado y había volado unas decenas de metros. El chasis plateado del vehículo relucía enceguecedoramente al sol, enviando destellos a la distancia, como un heliógrafo que transmitiera una señal de auxilio, o más bien un aviso de desastre. Estaba inclinado, levantando un poco por detrás y por el lado derecho; la rueda delantera izquierda estaba trabada entre dos rocas. El eje delantero podía estar torcido, o no. Todavía quedaban dos bidones de agua llenos en el depósito, y algunas provisiones selladas. El conjunto estaba demasiado caliente para tocarlo con las manos desnudas, o para acercarlas siquiera. El oficial Tohme se puso unos guantes aislantes y salió; desde el interior de la cabina los demás pudieron percibir cómo el sol lo golpeaba al salir de la penumbra del parasol, como una catarata ardiente.
—No vi nada que nos indique cuándo pasó por aquí —dijo al volver—. Le quedaba bastante combustible. Si nos llegara a hacer falta podemos usarlo cuando pasemos de vuelta.
—¿De vuelta? —preguntó Letyeb, tratando de mostrarse colérico, pero demasiado débil para lograrlo—. ¿Y cuánto tiempo más marcharemos como valientes soldados hacia el trópico, antes de la vuelta?
—Parece una obviedad decir que Naram está muerto —dijo Siharas. Tohme asintió—. Y que lo que le pasó a él nos puede pasar a nosotros.
Istiban no dijo nada, pero Musir notó que todas las miradas se fijaban en él.
—Hay una manera en que Naram puede no estar muerto todavía —se escuchó decir el detective. Era como si un extraño se hubiese apoderado de sus cuerdas vocales. Musir sólo quería dar la vuelta y olvidarlo todo sobre Naram y sus secretos políticos robados, pero no había caso—. Si su vehículo se rompió luego de que se pusiera el sol, o si sobrevivió unas horas en él, pudo haber caminado por la noche…
Letyeb no le permitió dejar colgar la insinuación.
—¿Haber caminado hasta dónde? ¿Con qué objeto?
—No creo que nadie pueda sobrevivir caminando más de media hora al sol —dijo Tohme—. Un fugitivo desesperado podría aguantar por la noche, pero no más.
—Un hombre con una fuerza de voluntad extraordinaria y que esté sano, como Naram, puede caminar una gran distancia durante la noche. Estamos ya en otoño y la noche es larga —puntualizó Musir—. Algo así no tendría objeto para nosotros, pero nosotros no creemos que nos aguarda el Edén más adelante.
Letyeb hizo rodar los ojos. Sin una palabra, Istiban arrancó el motor.
§10
Los bloques de basalto comenzaban a ralear, y los pedruscos negros y afilados eran reemplazados por una arena del color del plomo. El rastro del fugitivo volvía a ser visible; las huellas eran las de unos zapatos de montaña dejados caer con esfuerzo un paso, luego otro, luego otro. Más adelante estaban los zapatos, el cuero ya reseco, y en la arena se arrastraba una sucesión de pies izquierdos y derechos. El suelo se elevaba sensiblemente y la menor brisa arrojaba sobre el vehículo de los perseguidores una lluvia de fino polvillo. Era mediodía; el termómetro exterior marcaba sesenta y tres grados.
El cadáver de Naram no hizo su esperada aparición. Cuando, a media tarde, Musir terminaba de componer mentalmente su discurso de aceptación de la derrota, el terreno comenzó a nivelarse y luego a bajar nuevamente. Y adelante, en vez del desierto…
Tohme conducía y fue el primero en verlo. Los demás despertaron sobresaltados de su sopor. A unos centenares de metros, unos puntos oscuros y borrosos flotaban sobre la arena.
—¿Estoy viendo lo mismo que usted, o el calor ya me ha afectado? —bromeó sólo a medias Musir, olvidando en el acto su discurso y acomodándose en su asiento. Rebuscó en los compartimientos y extrajo los binoculares, pero el terreno seguía siendo demasiado desparejo y el parabrisas estaba muy sucio aún.
—No sé si ve lo mismo que yo pero estoy seguro de que ve algo que no esperaba ver —respondió Tohme—, igual que yo. No sé qué pueda ser, pero no estamos lejos; en unos minutos podrá verlo —dijo, y aceleró.
Los puntos pronto se resolvieron en círculos; un poco más cerca, con un ángulo menos cerrado, les permitió constatar que eran esferas. Los habían visto borrosos desde la distancia porque estaban cubiertas de filamentos, entre zarcillos y espinas. No tenían nada que les sirviera como referencia de escala.
Los globos espinosos parecían negros a contraluz, pero eran de un color rojo oscuro o dorado apagado. No flotaban: de su parte inferior salían unos tallos o troncos muy finos que los sostenían. Los tallos bajaban y se perdían en un espacio oscuro e indefinido, que rielaba al calor.
El terreno volvía a nivelarse; entre la arena asomaban rocas. De pronto estuvieron demasiado cerca. Tohme frenó.
Unos metros más allá, la planicie rocosa terminaba abruptamente. Un precipicio se abría ante ellos; el lado opuesto se levantaba a unos ciento veinte metros de distancia. Las paredes eran irregulares y de colores mezclados, minerales, hasta donde se alcanzaba a ver. Los tallos se perdían a una profundidad que no podía ser de menos de cincuenta metros. No había menos de dos docenas de aquellos globos.
Un animal volador, blanco, surgió de aquella sima y revoloteó en una espiral ascendente en torno a un tallo; llegó al globo y se puso a escarbar y picotear en la base del hemisferio inferior. La escala todavía era incierta, pero el vuelo vivaz y ligero de aquel animal sugería que era pequeño; el globo no podía medir menos de un metro y medio o dos metros de diámetro, y estaría a una altura de treinta a cuarenta metros.
Los finísimos filamentos del globo se mecían en la brisa. Unas espinas de aspecto temible se alternaban con ellos. Filamentos más largos surgían del tallo y se mezclaban con los de los globos vecinos, o caían hacia el fondo del precipicio.
—No podemos salir ahora —dijo Siharas sin que nadie le preguntara—, así que sugiero que descansemos como podamos hasta la noche.
Aquello no le gustó a ninguno de los otros, pero era obviamente cierto. Faltaban unas horas para el crepúsculo. Las huellas del fugitivo se habían perdido unos cien metros antes del precipicio, pero Naram no podría haber ido muy lejos sin un vehículo.
Aquella gran grieta se extendía hacia el noroeste hasta donde alcanzaba la vista, y por lo menos un par de kilómetros hacia el sudeste. Con dificultad a causa del sol se podían distinguir, en la cara opuesta, algunas plantas de extraño aspecto.
En un instante dado, una brisa movió unas grandes hojas allí a lo lejos y Tohme, que estaba observando por los binoculares, maldijo y los dejó caer, cegado. Aquellas plantas estaban adaptadas magníficamente a la sequedad y el calor, pero su tolerancia a la irradiación solar tenía límites; lo que Tohme había tomado por hojas de color claro eran estructuras reticulares de malla fina recubiertas de una sustancia reflectante, que protegían a las hojas verdaderas de más abajo. La planta no se limitaba a proveerse de un mero parasol; su parasol era un espejo.
A medida que el sol iba cayendo, las plantas-espejo se iban reacomodando; cuando quedaron totalmente en penumbra, los espejos ya se habían marchitado o retirado, y unas hojas carnosas de violento color verde y turquesa estaban aprovechando al máximo la luz indirecta. La luz casi horizontal del atardecer mostraba ahora lo que había en el hemisferio inferior de los globos y que había atraído al volador: innumerables colonias de bichitos oscuros que parasitaban aquel preciado punto de la planta donde el sol más potente no llegaba.
Algunos de los globos estaban muriendo ya; su color había pasado del rojo al cobrizo y al color de la tierra. Pequeños voladores se atrevían a salir de las profundidades de la quebrada y picotear las cortezas ya agrietadas. Los tallos viejos se replegaban; la base de la planta, a decenas o cientos de metros más abajo, los recogía como quien recoge líneas de pesca. En el curso del atardecer, varios globos se desinflaron y, arrugados, fueron reabsorbidos por sus plantas madre. No todo era disolución, sin embargo: otros globos, verdes y lozanos, iban ascendiendo lentamente sobre el borde del precipicio, sobre tallos finos y de aspecto poco firme, como si —ellos sí— flotaran por sus propios medios.
El sol rozó la cima de un lejano cono volcánico y se perdió entre cenizas. El detective Musir se desperezó concienzudamente, miró hacia afuera y dictaminó:
—Ahora sí comienza la caza.
§11
«… Vi que a lo lejos había fuego que saltaba desde el horizonte. Me miré las manos y vi en ellas cenizas como las que quedan luego de quemar el papel. Las cenizas caían como una lluvia y el cielo estaba cubierto de ellas. Me senté en el desierto negro a ver cómo el fuego consumía el horizonte. Entonces apareció ante mí Manak-Tuir-Hashma, quien había soplado su viento ante mí, y era como un volador inmenso, blanco y del color del fuego y con los labios del color de los labios de Ban-Bama; y me dijo que Su madre me esperaba para morir en su seno, en el lugar donde el verano no consume las plantas y donde el agua brota del desierto. Cuando batió las alas para irse, tuve frío. Aquella noche un viento como el del invierno en las montañas barrió las cenizas, y vi las tres lunas y las estrellas en el cielo. (…) Al alba oré a Ban-Bama y caminé hacia donde me había indicado Su hijo. Delante de mí había una inmensa grieta de la que brotaban inmensas plantas y flores. Miré y vi que bajo ellas corría agua, tanta como no se ha visto jamás en todo el desierto; pero el agua era caliente y hedía, y tuve miedo de beber de ella…»
(Libro de Ghushil, IV)
Los perseguidores se habían acostumbrado a la alternancia entre el ruido de los motores, de la refrigeración y de las ruedas sobre las piedras y el silencio mortal de la zona tórrida, donde durante horas, a veces, lo único que podía oírse era una brisa arrancando levísimos silbidos a las hojas tiesas y afiladas de los arbustos espinosos.
Junto a Okaw, la Quebrada del Edén, el silencio nunca era tan profundo; la noche estaba llena de inquietantes murmullos. Estaban los voladores alados que salían o volvían a sus nidos o madrigueras en las paredes verticales, con un susurro de alas y ocasionales gritos de aviso o de alarma. Estaban los guduri, que zumbaban y chirriaban al perseguirse entre sí, invisibles por su pequeño tamaño y su velocidad; estaban los tishipiku, sus parientes, no menos ruidosos y además luminiscentes, chispas verde-amarillas en la noche. Las mismas plantas-globo emitían suspiros, como cansados fuelles; las hojas de las plantas-espejo raspaban contra las piedras, acomodándose. Por debajo de esta discreta cacofonía estaba el gorgoteo lejano y constante del agua.
Istiban se había asomado al borde e invitado a los demás a imitarlo. Las piedras se habían enfriado con una rapidez insólita; desde el fondo invisible surgía un leve vapor. Después de varios días en el desierto reseco y en una cabina refrigerada, los cuatro pudieron percibir enseguida cómo las mejillas se les distendían al contacto de la humedad.
Indudablemente algún arroyo subterráneo corría y se desplomaba hacia la sima, ya que el sonido de agua corriente era claro y cercano, pero un mero manantial no podía alimentar semejante exuberancia. Okaw debía penetrar hasta una fuente mucho más profunda, más abundante, misma que producía aquel lejano burbujeo que recordaba a una olla de guiso hirviendo al fuego.
El olor también se percibía claramente. El aire dentro de la quebrada estaba estancado, pero vaharadas de algo remoto y desagradable llegaban al borde y se quedaban allí rondando.
—He olido esto en otra parte —dijo Istiban, reflexionando—. Fue en el Lhatera, hace años; una fuente termal olía exactamente así. —La geología no era el fuerte de Istiban, pero de poco podía culpársele; en todo el planeta pocos se dedicaban a la investigación científica metódica, y la geología tenía la dificultad añadida de requerir arduas travesías en terrenos impracticables. En un planeta con un solo continente habitado, y además sólo habitable en una franja de 15 grados de latitud, ninguna de las ciencias naturales podía esperar progresar con rapidez.
—Es bastante fuerte —dijo Musir, frunciendo el entrecejo—, pero sólo me preocupa que sea venenoso además.
—Hemos estado aquí un rato observando y no nos ha pasado nada —dijo Letyeb.
—Aquí arriba, claro —replicó Musir. Los demás volvieron las cabezas hacia él, ya demasiado familiarizados con las elipsis del detective de Katare como para no sentirse alarmados. Musir los miró y miró hacia abajo. La luz de dos lunas ya bocetaba suavemente los contornos de las rocas que se hundían en la sima.
—No tenemos equipo para bajar —dijo Istiban—, y yo no lo aconsejaría ni siquiera así, por mucho que mi alma de explorador lo reclame, y menos aún de noche.
—De día es imposible permanecer aquí —dijo Siharas. Letyeb secundó con un gruñido airado.
—Tienen ustedes razón —dijo Musir—, y hasta llegar a este lugar yo habría dicho que tenemos que volver enseguida, pero nuestro fugitivo está aquí, vivo o muerto, y no vamos a dejar que se salga con la suya. Seguramente no se opondrá usted, Istiban, a que al menos busquemos huellas de Naram y algún posible lugar donde el descenso sea practicable sin más ayuda que una cuerda. Tenemos una cuerda, ¿no?
Istiban asintió cansinamente.
A la luz de las lunas y de una linterna recorrieron un par de kilómetros en ambas direcciones, siguiendo el borde de la quebrada. No había animales terrestres en aquella desolación. La margen sur de Okaw era de arenisca con cantos rodados; no había huellas de patas o garras en aquel terreno delator.
Un buen rato después encontraron el rastro. Naram había vagado en busca de un punto en el borde donde un hombre sin más ayuda que sus manos y pies tuviese al menos una oportunidad de sostenerse y bajar unos metros. Istiban se asomó con la linterna apuntando hacia abajo y estudió dubitativamente la pared. La arenisca parecía bastante asentada y había terrazas no demasiado estrechas, sostenidas por plantas espinosas, hasta donde alcanzaba la vista. Cincuenta metros (por lo menos) más abajo, un cúmulo de follaje verde y plateado interrumpía el paso; no sería problema a menos que las plantas fueran venenosas, lo cual no podía descartarse. Como fuere, Naram parecía haber bajado por allí, o por un punto muy cercano.
No quedaba tiempo que perder. La noche sería larga, pero llegado el día tendrían que estar de vuelta en el vehículo. El sol nunca llegaría al fondo de la quebrada, ni siquiera a la mitad de su profundidad, pero no tenían idea de qué temperatura podía alcanzar aquella sima húmeda, estrecha y de aires estancados.
§12
Aún no era medianoche. Dhom, la más brillante de las lunas, brillaba al norte y un poco al oeste; aunque habían apagado las linternas, podían discernir con claridad la presencia de cada uno de los demás y los contornos del precipicio. Habían comido unos pocos bocados de un alimento energético y bebido agua ya tibia, sentados en una terraza bien nivelada, como un balcón que se proyectaba más de tres metros desde la pared vertical de la quebrada. La terraza continuaba al menos unos treinta metros a cada lado; hacia el oeste se topaba bruscamente con una saliente, mientras que al este era ocupada casi hasta los bordes por unos matorrales armados de espinas de casi un metro de largo. De los matorrales surgían tallos filamentosos que se dirigían, en abiertas hélices, hacia arriba; allá, con aspecto de calaveras a medio descarnar a la luz lunar, flotaban varios globos arrugados, que esperaban el día para hincharse por completo. Un par de globos ya muertos colgaban, sus tallos doblados hacia abajo, desde varias otras plantas.
No hacía más que treinta grados, según calculaba Istiban: una temperatura otoñal habitual en las costas meridionales, pero insólitamente fresca en estas latitudes. Los cuatro hombres sudaban profusamente en la oscuridad. No habían descendido más de treinta o cuarenta metros, pero la humedad era ya opresiva y el hedor se había incrementado.
Había huellas de Naram en aquella plataforma; más abajo la luz de la linterna mostraba otra terraza, pero mucho más angosta.
Unos animalitos peludos, no más grandes que la palma de una mano, habían corrido apresuradamente al interior de sus madrigueras al oír el sonido de los humanos que bajaban; pequeños hoyos en el sedimento suelto de la pared, disimulados por hierbas, albergaban ojos vigilantes. Unos pocos habían recuperado la confianza y se asomaban ahora a observar a los insólitos visitantes. Tohme tentó a una de las pequeñas criaturas con un ínfimo trozo de pan, pero aquella miga era un alimento humano: adecuado para una bioquímica y un metabolismo extraños, tóxico o letal para la fauna nativa. Los Fundadores habían traído muy pocas plantas y animales de la Vieja Tierra, y menos aún habían sobrevivido; aquel planeta siempre les recordaría a sus visitantes humanos su irremisible condición de extranjeros.
Por lo mismo, desde luego, ninguno de los perseguidores esperaba que Naram pudiese sobrevivir mucho tiempo en aquella quebrada. Podía cortar hojas o frutos de aquellas inmensas plantas o cazar alguna alimaña, pero difícilmente servirían como alimento. Un fuego improvisado no ofrecía garantía de destruir todas las proteínas exóticas que podían envenenar a un ser humano. El fugitivo sólo podría alimentarse con seguridad de las provisiones que hubiese traído consigo, que no podían ser muchas.
La criatura a la que Tohme había ofrecido el pan lo tomó con unas garritas diminutas, la olisqueó y, percibiendo el peligro, la soltó de inmediato y huyó de nuevo al interior de su madriguera.
Siharas había estado investigando el extremo oeste de la plataforma. Un contrafuerte de granito cortaba la terraza y se proyectaba, como una hoja de cuchillo, hacia el interior del abismo, pero trepando un par de metros por la pared podía verse cómo la terraza continuaba del otro lado. No parecía haber huellas de Naram por allí.
—O decidió jugarse la vida y dejarse caer a la cornisa de aquí abajo —dijo— o bien se arrojó directamente al fondo. O quizá eligió lo primero y resultó lo segundo. De cualquier manera, estamos atascados.
—No creo que hiciera todo ese esfuerzo para llegar hasta aquí sólo para suicidarse —opinó Tohme—, aunque con un fanático religioso eso nunca es una guía segura. —Hizo una pausa y continuó como si pensara en voz alta—: La pared que baja hasta la cornisa está inclinada hacia adentro. No se ve bien; quizá haya agujeros donde podría poner los pies, las madrigueras de estos animales que hemos visto aquí. Pero en la oscuridad y a esta altura uno no puede ir tanteando con los pies. Si bajó, debió usar una cuerda y balancearse para acercarse a la pared; muy peligroso, pero el hombre abandonó su vehículo y caminó o corrió toda una noche por el desierto, así que no creo que se preocupe por su salud en ese sentido. No sé si tendría una cuerda, pero es irrelevante, porque no hay donde atar una cuerda. —Levantó la cabeza de pronto, los ojos brillantes como de fiebre—. ¡No hay donde atar una cuerda!
—¿Qué está diciendo? —preguntó Musir, algo alarmado al ver que Tohme se levantaba de un salto. Los demás lo imitaron. Tohme corría; llegó hasta el macizo de plantas-globo y se puso a estudiarlo. Retiró la mano de pronto y se chupó un dedo; además de las grandes espinas del matorral, los tallos verdes estaban cubiertos de finísimas espículas casi invisibles. Letyeb, sin decir una palabra, le arrojó un par de guantes.
—Estos tallos —dijo Tohme—, los hemos visto desde arriba. Miden treinta, cuarenta, cincuenta metros de largo y sostienen un globo de paredes carnosas de dos metros de diámetro. —Aferró uno con las dos manos enguantadas y tironeó. El tallo se dobló, pero la planta no se movió. Tohme tiró con más fuerza y lo retorció. El tallo parecía blando y flexible. Tohme se aferró a él y dio un salto.
—¡Idiota, qué hace! —gritó Musir. El policía más joven se balanceaba, sujeto con las manos y con los muslos cruzados alrededor del tallo, sobre el abismo. Un balanceo a un lado y al otro, y Tohme se dejó caer con seguridad de vuelta en la terraza.
§13
No había resultado difícil encontrar al fugitivo después de aquel salto. El tallo de la planta-globo se curvaba con facilidad; su grosor, algo así como el de una muñeca o un antebrazo flaco, ocultaba una resistencia inusitada a la tracción. Naram había podido bajar con facilidad hasta casi el nivel del suelo de la quebrada, y allí estaban aún sus huellas cuando sus perseguidores llegaron. Un salto más y los pies del oficial Tohme se hundieron en el barro tibio. El cuerpo estaba a pocos metros, boca abajo, con la cabeza medio metida en el agua lodosa.
Una cartera de cuero abierta yacía a su izquierda. Un grueso fajo de papeles, manchados por el barro y medio desechos por el agua, escapaba de ella.
Unos pocos metros más allá, el agua burbujeaba. El hedor, como el de una alcantarilla, era apenas soportable. El cadáver no parecía ser la causa. Musir se inclinó para volverlo de espaldas. El rostro de Naram había sido sereno y astuto; aparecía ahora hinchado y con expresión de zozobra; los ojos estaban entreabiertos. Istiban se acuclilló a un lado, y un instante después se levantó de nuevo, tirando del hombro del policía con una mano y tapándose la nariz con la otra.
—Tenemos que subir. Esto no es seguro. Este hombre no está herido ni muerto de hambre. No se quede ahí, Musir —casi gritó.
El detective se puso de pie con dificultad y tosió. Los ojos le lagrimeaban. De pronto se sentía enfermo y viejo; el cansancio de aquella noche, de aquellos interminables días, había descendido sobre él en un instante. ¿O era algo más? ¡Ese olor espantoso!
Siharas dio la vuelta por detrás del cadáver y recogió la cartera. Unos cuantos papeles cayeron al agua. Los que quedaban estaban pegados entre sí; la tinta se había corrido. No pudo distinguir más que unas pocas letras desvahídas a la luz de la linterna. Le dolía la cabeza; olvidó su misión y lo que había venido a buscar, dejó caer la cartera y su contenido al agua y puso una mano sobre el hombro de Musir.
—Vamos. Este lugar está totalmente emponzoñado. Este infeliz debía saberlo. Nunca tuvo chance de sobrevivir.
Tuvieron que ayudar penosamente a Musir a subir por las terrazas de blando sedimento hasta llegar al largo tallo de la planta-globo, y de allí trepar. El viejo detective se desvaneció varias veces. Cuando el hedor putrefacto se hizo menos opresivo, descansaron un tiempo. Les dolía la cabeza y tenían los músculos agarrotados y anquilosados, como si hubiesen pasado días sin dormir. Bajo ellos el agua seguía emitiendo su siniestro gorgoteo; lo poco que llegaba de luz al fondo mostraba una gran charca de barro, unas pocas plantas de aspecto totalmente diferente al de las que habían visto hasta entonces y unas paredes cubiertas de excrecencias minerales.
—¿Quién llamó a esto el Edén? —preguntó Istiban incongruentemente.
—Los antiguos creían que los dioses habían criado la vida en un lugar de aguas hirvientes y miasmas venenosas —dijo Tohme—, y que allí seguían viviendo ellos, esperándonos con los brazos abiertos. Pero nadie puede volver a esas fuentes de la vida y seguir vivo. No sé qué significa eso, si es una metáfora de algo o una verdad profunda. Pero mi madre me enseñó que lo que viene de antiguo merece ser tomado en serio. “Hemos perdido tanto en el camino”, me decía, “que no podemos darnos el lujo de descartar lo poco que nos ha quedado.” Supongo que se refiere a la historia de los Fundadores a esta parte. Si vinieron desde otro planeta, debían saber mucho más que nosotros. Nosotros apenas hemos llegado hasta el trópico; ellos debieron haberlo conocido todo antes de posarse en la Primera Parada.
—A mí mi madre me enseñó que no le hiciera caso a nadie que no me pudiera explicar lo que quería —gruñó Letyeb—. Muy poco la obedecí. He venido hasta aquí sin saber por qué me enviaban, y volveré igual.
—Si es que no sale el sol antes de que lleguemos hasta arriba —dijo Siharas, mirando el reloj—. Agarre ese tallo y suba. Usted, Musir, vaya después. ¿Puede subir?
El detective tosió y asintió débilmente. Bebieron lo que les quedaba de agua y reanudaron el ascenso, apoyándose en las salientes donde podían, y el resto del tiempo aferrando el tallo. Las finas espículas que lo cubrían cedían con facilidad al apretón de las manos enguantadas, pero les lastimaban los brazos y la cara. Era justo antes del alba cuando treparon fuera del precipicio. Yacieron agotados sobre la arena durante un rato, hasta que el horizonte oriental comenzó a mudar de tono.
Subieron al vehículo y se pusieron en marcha.