Carta al hermano

Querido hermano:

Para cuando leas esto, yo estaré muerto. Este comienzo abrupto te sorprendería, me imagino, si no fuera porque sé que te habrán advertido antes de entregarte mi carta. Estoy suponiendo, claro está, que todo ha sucedido como debía, como fue planeado. Si es así, tendrás la misma edad que yo cuando recibí mi propia carta; en tu mentón habrá ya un asomo de barba, habrás crecido mucho y de pronto en los últimos tiempos.

Sé todo esto porque somos hermanos, aunque estemos separados por el tiempo y el espacio de manera irrevocable.

Para que te hagas una idea de mí es conveniente, antes, que te cuente sobre el lugar donde vivo. No diferimos en nuestros genes, pero como sabes, el lugar donde uno crece es la clave de la propia identidad. Esto también lo sabes, pero me han pedido (como te pedirán a ti a su debido tiempo) que escriba esta carta para que puedas leerlo de parte mía, de tu hermano, y no sólo en un libro de texto como parte de tus lecciones de historia. Quienes nos han enviado a nuestros respectivos destinos conocen bien cómo funcionan las emociones humanas y saben que ésta es la mejor manera de que comprendamos cabalmente estos asuntos.

(Dicho sea de paso, el hecho de que esto sea una carta escrita a mano sobre papel también tiene que ver con ese conocimiento de las emociones humanas. Podría haberte hecho llegar este mensaje por medios tecnológicamente más avanzados, pero el Plan indica que debe ser de esta manera. Es importante que puedas tocar el papel, comparar mi letra con la tuya. Desde luego lo que recibirás, lo que tienes ahora en las manos, es un facsímil, pero me aseguran que es lo más cercano a una reproducción perfecta que nuestra tecnología permite.)

No me iré por una tangente. Dije que iba a contarte sobre el lugar donde vivo. Se trata de una colonia todavía pequeña, como adivinarás. El planeta se llama Hayan, que según nos dicen significa “costa” o “junto al mar” en una de las lenguas antiguas de la Vieja Tierra. Desde mucho antes de llegar, desde antes de salir, en realidad, nuestros hermanos mayores sabían que sólo podríamos vivir en las costas del mar. Los científicos habían observado el planeta desde lejos y determinado que había un gran continente en un océano global, y que el interior del continente era demasiado caliente y árido para que nos estableciéramos allí.

Nuestro sol es una estrella amarilla tirando a anaranjada. Es pequeña pero ya está envejeciendo y, como ocurre naturalmente (esto te lo explicarán en tus clases de astrofísica), está hinchándose y aumentando su brillo de a poco. No podemos vivir más al norte que el paralelo 40° Sur, al menos de la manera en que quisiéramos, es decir, en casas normales con puertas y ventanas. No tendría sentido bajar de una nave espacial para luego tener que vivir en burbujas aisladas del exterior, ¿no? Quiero decir: lo haríamos si no tuviéramos alternativa, pero no tiene sentido. Hay mucho lugar en las costas australes del Gran Continente, mirando al mar. Hay lugar también en el norte, pero por alguna razón se eligió el sur, y eso fue todo; sé que no veremos el hemisferio norte durante varias generaciones, por lo menos, ya que no tenemos vehículos capaces de viajar tales distancias. Dicen que en el ecuador el agua del mar hierve al sol, y que en el desierto que nos separa de él no llueve jamás. Dudo mucho que alguna vez queramos (ni hablar de que podamos) cruzar esos lugares.

Nuestra ciudad se llama Primer Paso (no es muy original) y está en una península cerca del extremo suroeste, mirando a levante; ya hay algunos pueblos pequeños y granjas a lo largo de los ríos y arroyos del interior, y no pocos están intentando establecerse en las montañas, que son altas y donde se está fresco.

Cuando digo “fresco” no debes creer que realmente se trata de frío. Nuestro invierno es templado; la mayor parte del tiempo uno puede salir fuera de casa con sólo una camiseta y un abrigo liviano. En las montañas sí hace frío de verdad, pero sólo por las noches; la nieve es una leyenda, el hielo es algo que sólo se ve en la cima de las montañas más altas. El verano es muy caluroso, pero el mar lo suaviza, y la brisa que viene de él nos refresca.

El mar también trae tormentas, naturalmente, pero no son frecuentes ni siquiera en verano. Viéndolo bien, no es un lugar desagradable. El mar es azul, de una tonalidad que llaman “turquesa” y que se supone que es el color de una piedra preciosa con la cual se hacían joyas en la Vieja Tierra. (Más allá de la carta de papel, estoy imaginando que te proporcionarán una referencia hipertextual apropiada; de lo contrario no entenderías la mitad de lo que digo.) Desgraciadamente no sé nadar; casi nadie practica ese deporte aquí, porque el mar está lleno de vida, y buena parte de ella es agresiva.

Con respecto a eso he de decirte que hemos tenido suerte, hasta cierto punto. La vida florece en este planeta y además, aunque ha evolucionado de manera independiente, es sorprendentemente similar, al menos en lo superficial, a la que conocemos por las historias de la Vieja Tierra. Hay cosas que tienen dos o cuatro o seis patas y las usan para caminar, correr, saltar o trepar; hay otras que tienen alas y que vuelan o planean con ellas; hay cosas que viven afincadas al suelo y que hacen fotosíntesis, y producen flores y frutos según un ritmo estacional más o menos regular. Es bueno contar con estas categorías familiares.

Como tenemos “animales” y “plantas”, podemos tener ganadería y agricultura. Sé que eres joven y no hace mucho que has bajado de tu nave; quizá te parezca algo arcaico o primitivo hablar de estas cosas. Pero tenemos que cultivar o criar nuestro propio alimento si queremos ser autosuficientes. No podíamos quedar atados a un sintetizador molecular para obtener proteínas. Nuestros hermanos de la nave jamás nos habrían dejado uno, por supuesto, pero si lo hubiesen hecho, ¿qué haríamos cuando se rompiese? Una vez que la nave se fuera, ¿de dónde sacaríamos repuestos? ¿Cómo repararíamos una máquina tan complicada?

Entonces volvemos a las fuentes. Al contrario de lo que pasaba en la nave y en la Vieja Tierra, aquí hay mucho espacio libre y tierra fértil. Salvo unas pocas personas, todos nos dedicamos a cultivar o criar, aunque sea un poco. Yo trabajo cuatro horas al día en un campo donde se cultivan tres variedades de una planta con semillas y tallos comestibles, y otras cuatro horas en un establo, donde cuido y alimento animales. (Nuestras horas son casi idénticas a las horas de la Vieja Tierra con las que tú también creciste en la nave, pero en Hayan hay treinta horas por día, así que en realidad no trabajo mucho.)

En el mar también hay muchos animales, como ya te comenté, y algunos de nosotros nos dedicamos a la pesca. El capitán de la nave nos dejó dos botecitos de metal, a vela; el metal durará unas décadas, la vela probablemente menos, pero entretanto nos han servido de modelos para construir otros, de madera. No va contra las Reglas copiar algo tan sencillo como un bote a vela.

El problema con los animales y las plantas es que no podemos comerlos tal como están. Su fisiología es distinta a la nuestra, ya que somos extraños a este planeta. Somos bioquímicamente incompatibles. Naturalmente, lo mismo vale en sentido opuesto. Cuando era más joven, una vez me aventuré demasiado lejos de la ciudad, hacia un lugar donde me habían advertido que podía haber animales peligrosos. No sé por qué lo hice; lo cierto es que nunca había visto ningún animal peligroso, sólo nuestras bestias de cría, que son mansas, y animalitos voladores muy pequeños que jamás se nos acercaban. Me metí en un macizo de plantas y creo que me perdí un poco allí. Llegué a un área despejada y allí me topé de frente con una bestia que hasta ahora no he vuelto a ver más, aunque la he visto en fotografías: un animal con pequeños y fuertes colmillos, no más alto que mi rodilla. Estaba agazapado y saltó sobre mí; erró el primer intento, pero volvió y me mordió en la parte de atrás de la pierna. Caí casi sobre él; afortunadamente, me dejó ir en vez de intentar arrancarme el pedazo. Medio sentado, lo pateé con mi otra pierna y lo espanté. Yo no era su presa, obviamente; sólo me había atacado por reflejo. Bien, lo interesante de esta historia es que el pobre animal se llevó consigo unos jirones de carne de mi propiedad y no poco de mi sangre en sus dientes. Yo me quité la camiseta para hacerme una venda (no sangraba mucho), me levanté y fui renqueando. A los pocos minutos encontré al animal sobre el camino; estaba convulsionando. Lo observé. Murió al rato. Más tarde mis amigos fueron a buscarlo y lo llevaron a nuestros bioquímicos. Las proteínas extrañas de mi carne y mi sangre lo habían matado.

No todos los animales de aquí son tan sensibles, y desgraciadamente, tampoco son tan inteligentes como para comprender el riesgo y recordarlo. De vez en cuando algún humano es atacado por un animal y sufre las consecuencias.

Nosotros sí sabemos qué esperar, por supuesto, y tenemos varias formas de aprovechar la carne de los animales. Algunos no pueden comerse de ninguna manera, pero con otros basta cocinarlos un buen rato, a veces con ciertos aditivos, para neutralizar las sustancias tóxicas. Los animales marinos suelen ser más sencillos, al igual que las plantas. Además contamos con una gran ventaja: el hecho de que nuestros cuerpos han sido preparados especialmente.

Con respecto a eso, quizá el mensaje que quiero darte con el mayor énfasis posible es: ¡confía! Somos los mejores. Nos han seleccionado porque tenemos la mayor tolerancia a sustancias tóxicas, el metabolismo más flexible, la más alta capacidad de autocuración y de regeneración. La historia, me imagino, te la habrán repetido mil veces en tus lecciones, pero vale la pena que la escuches de tu hermano.

Cuando los Consejeros, la Cámara de Genectores, los Gobiernos Soberanos y los Agentes Espaciales decidieron que había que abandonar la Vieja Tierra, no recurrieron a las viejas soluciones, ni a soluciones a medias. Descartaron los auxiliares mecánicos, las prótesis, las nanomáquinas. Pensaron en gran escala. Seleccionaron y criaron a millones de seres humanos para la tarea. Buscaron los mejores genes y los ayudaron a reunirse. Querían formar humanos que fueran capaces de enfrentarse y adaptarse a todo, a los ambientes de mil planetas diferentes si fuese necesario, sin necesitar apoyarse en muletas. Dispersos por todo el planeta y por sus colonias cercanas, trabajaron incansablemente. Había que controlar los cruces y la reproducción, cosa que nunca nos ha gustado, pero a fin de cuentas, en la Vieja Tierra aquéllo ya se había hecho costumbre. Según los archivos, cuando las naves partieron había no menos de doce mil millones de humanos en el planeta.

De los millones criados para la tarea, los Genectores escogieron ciento cuarenta y cuatro mil, y los dividieron en doce grupos, que partieron en doce naves: nuestros hermanos mayores. Las naves, como sabes, son lentas; sus tripulantes viajan largo tiempo dormidos, despertando por turnos, ya que los destinos están programados de antemano y no hay mucho para hacer, excepto (de vez en cuando) criar a los futuros colonos.

Al igual que yo, fuiste pasajero de una de esas naves, pero ambos viajamos sin saberlo, congelados como pequeños embriones. Yo soy tu hermano gemelo idéntico, y tienes muchos más, pero en este momento, en tu tiempo, sólo tú vives. Los anteriores hemos muerto de viejos ya, y los que te siguen todavía no han nacido. Al menos esto nos aseguran. Cada nave debe tocar varios destinos, pero el espacio es inmenso y las distancias entre planetas habitables son abismales.

No nos está permitido saber cuántos hermanos tenemos; yo sólo sé que no soy ni el último ni el primero en nacer. Quizá tú seas el último de la serie, hermano, y si es así quizá te lo digan, pero no lo creo. Esto es bueno, hasta cierto punto; imagino que tiene que ver con forjar una unidad sin dar a nadie un lugar de privilegio.

Tampoco me está permitido saber cómo es el lugar donde vives, esa colonia que para mí todavía está en el futuro. Se especula que esto es para que no sintamos la tentación de comparar. Uno de nuestros sociólogos teoriza que si supiéramos que el siguiente planeta es un lugar paradisíaco, sentiríamos quizá la tentación de subir de nuevo a la nave, tomarla por la fuerza y colonizarlo nosotros, en vez de dejarlo a nuestros hermanos futuros. Al no saber, por el contrario, no sentimos la tentación de arriesgarnos. Me consta que unas pocas personas entre nosotros saben cómo abrir una cierta bóveda cerrada, en el sitio de la fundación de la ciudad, que contiene las coordenadas del próximo destino, de tu colonia. Imagino que sólo podrá develarse el secreto en caso de gravísima emergencia.

Sí sabemos cómo es y dónde se encuentra la colonia anterior, pero no puedo decírtelo. Ignoro el motivo de esta Regla, que separa a cada grupo de humanos de casi todos los demás, y a todos de su hogar ancestral. ¿Sabrán los habitantes de la primera colonia dónde está la Vieja Tierra, o les habrán negado a ellos también eso? Para los que vivimos aquí hace años, como yo, que ya tengo tres veces tu edad, la nostalgia es una cosa extraña e infrecuente, pero insidiosa. Los recuerdos no se heredan en los genes, pero en ocasiones he soñado con la Vieja Tierra como yo hubiera vivido allí, como si yo no fuese yo sino mi hermano original, el primero de nuestra serie, que creció en aquel suelo, el único que podemos llamar verdaderamente propio en todo el universo. En cualquier otro lugar somos y seguiremos siendo (a menos que nos auto-modifiquemos hasta no ser más humanos) extranjeros.

No quisiera terminar mi carta con esta nota fatalista. Quiero que mires a tu alrededor. Tu colonia es nueva; quizá falten muchas cosas por hacer, quizá pienses que la nave, que se ha ido hace poco, los ha dejado demasiado pronto. Pero nuestros hermanos mayores se han asegurado de que puedas salir al aire libre, respirarlo sin ayuda artificial y caminar por la tierra que desde hoy es tuya y de tus descendientes. Más aún, se han asegurado de que tus descendientes la tendrán más fácil. Si observas a tus compañeros de colonia, verás que hay allí personas de diferente estatura, de diferentes colores de piel, de ojos y de cabello, con narices y bocas y orejas muy variadas: todo un muestrario de la humanidad. Aunque nos seleccionaron con criterios muy específicos, no nos hicieron todos iguales. Yo soy genéticamente idéntico a ti, pero nadie es idéntico a mí en mi colonia ni a ti en la tuya. ¿No te has preguntado por qué se tomaron tanto trabajo en lograr una diversidad de individuos de primera clase, en vez de crear al individuo perfecto y clonarlo? Si todo es como debiera, habrás tomado clases sobre esto ya, y sabrás que la razón es que no existe tal perfección. Lo que buscaron nuestros mayores fue que estuviésemos tan preparados como fuese posible ante el azar. Y si bien es muy pronto para saberlo, creo que lo han logrado.

Para cuando leas esto, varias generaciones habrán hecho historia en mi colonia aquí en Hayan. No sabrán nada de ustedes y ya habremos muerto los que conservábamos la memoria de nuestra hermandad. Espero que tu lugar no esté tan lejos del mío y que, alguna noche clara, puedas apuntar uno de los telescopios que la nave les ha dejado conservar (¡cuídenlos!) a la estrella anaranjada que me está dando luz y calor ahora mismo, y puedas verla e imaginar cómo es ese planeta, cálido y con un mar azul turquesa, donde descansan mis restos. Marca ese lugar y señálaselo a tus hijos. Así, dentro de mil años o de mil siglos, podrán, cuando el deseo los llame, venir a visitarnos.

Te saluda con amor,

Tu hermano.