La busca de la flor

§1

No era extraño que hombres de toda clase se acercaran a ella, ora para cortejarla, ora para tentarla a entregarles dinero a cambio de alguna joya sin valor o una promesa de ganancias futuras basada en locos proyectos de inversión. Diravalle Kymon era una mujer bella y rica; tales cosas eran parte de su vida y le servían, a veces, de diversión. A medida que envejecía, los cortejantes disminuían y los suplicantes de inversiones aumentaban. Podría haberse evitado a los primeros casándose de nuevo, pero su viudez, que al principio la había aterrorizado, le era totalmente aceptable y hasta deseable; los segundos, la plaga de toda persona con dinero que mantiene sus puertas más o menos abiertas y es generosa con los extraños, eran casi imposibles de erradicar. Un guardián estricto podría haber servido como barrera, pero ¿cuántas oportunidades se habría perdido en tal caso?

Un mayordomo con órdenes de cerrar la puerta a los suplicantes nunca habría permitido la entrada, por caso, a este curioso personaje que ahora se postraba (figurativamente) ante ella. No venía (literalmente) a pedirle su mano ni a halagarla con el fin de ganarla; tampoco vendía nada, material o inmaterial, presente o futuro. Sólo tenía, según sus palabras, una historia para contar.

Dama Kymon era una ávida lectora, pero los años la habían hecho discriminadora, y encontraba que la mayoría de las obras de ficción imaginativa que habían llegado a llenar su inmensa biblioteca no valían la pena de ser releídas. Aún más bajo en su estima habían caído las farsas teatrales. Las historias que le interesaban eran pocas; se había vuelto, pensó, conservadora, por no decir mezquina con las novedades. Su espíritu había puesto un estricto mayordomo a las puertas, en sus ojos y oídos, y le era difícil despedirlo o darle licencia. Además, ¿qué hacía allí el extraño? ¿De dónde había salido? Siglos atrás se estilaban los narradores itinerantes, las farsas en prosa, los recitados de cuentos a cambio de monedas. Ya no. Los aristócratas como Dama Kymon no recibían a bardos vagabundos. Estuvo a punto de pronunciar la orden, pero se contuvo.

“¡Conservadora!”, pensó. “¡Mezquina!” ¿Cuánto tiempo había pasado desde que…? Era todavía temprano, pero nadie vendría. Su agenda estaba vacía. El clima no era bueno para salir. En el parque, frente a la gran casa, los obreros que excavaban el nuevo jardín trabajaban con pocas ganas, mirando con mal disimulada ansiedad al cielo plomizo, cuyo previsto desplome los eximiría de tareas por el resto del día. Si despedía al extraño, no tendría nada que hacer más que mirar caer la lluvia sobre los canteros anegados desde una ventana.

—¿Cómo es que “tienes una historia”? —preguntó—. ¿Es una historia tuya que vas contando por ahí? ¿Es un cuento o una fábula, o acaso eres un predicador religioso?

—Señora, no soy un hombre muy religioso, mucho menos un predicador ambulante —dijo el extraño, con voz débil pero confiada—. Mi historia no es una fábula ni pretende enseñarte nada.

—¿Entonces es algo cierto y simplemente necesitabas contárselo a alguien?

—No, señora. Es una historia que realmente ocurrió, sí, pero no he ido por todos lados contándola a los cuatro vientos. ¿No me crees un exaltado, verdad? Me gustaría mucho poder contártela. Sólo te pido un poco de tu tiempo esta mañana. Te prometo que me iré cuando termine, incluso si llueve.

—Está bien —dijo Dama Kymon, casi sin pensarlo. Miró con renovada atención al extraño. Era un hombre pequeño, quizá un poco más joven que ella (quizá bastante más), con un rostro flaco y sin aristas, que cualquier mujer olvidaría apenas lo volviera hacia otro lado. Pero mientras hablaba, los ojos le brillaban de manera casi inquietante y la voz parecía venir de otro lado: aquella pregunta sobre si era un predicador no había sido formulada a la ligera, porque aquel personaje insignificante tenía, claramente, un fin insondable, una inspiración para venir aquí, a sus pies, sin ofertas de seducción ni de negocios, sin más que sus palabras para ofrecer—. Está bien —repitió—. Espera un momento, que haré que nos traigan algo para beber a los dos.

Un rato más tarde, con sendos vasos de té helado entre ellos, Dama Kymon miró una vez al extraño, asintió para sí y dijo:

—Bien. ¿Crees que puedes contar tu historia en una hora?

—Eso creo, señora. Nunca se la he contado a nadie más.

—Veremos, entonces.

Y el extraño comenzó a hablar.

§2

Estimada señora, no sabes cuánto te agradezco que me hayas concedido una hora de tu tiempo. Entiendo que tienes múltiples intereses y tareas que te reclaman, así que trataré de no prolongar mi historia más allá de lo necesario. Contigo será fácil porque se trata de algo que ya conoces: es la historia de una mujer que quiso tener el más bello jardín del mundo. O más bien, no, no lo diré así, porque no hay ningún juez que pueda decidir imparcialmente sobre la belleza. Esta mujer, diré, soñó con un jardín que colmara sus deseos de belleza. Naturalmente, entenderás esto porque tú misma estás empeñada en la tarea de adornar, no, de completar tu finca con un jardín, como he podido ver al venir hasta aquí a hablarte: un gran proyecto, una tarea difícil incluso contando con tus recursos y con la ayuda de los mejores jardineros, arquitectos e ingenieros del país.

La mujer se llamaba Pattelvarinu Merksi y vivía a un par de días de aquí, en las tierras al oeste de Cibamy y al norte del gran río que por entonces hacía de frontera con nuestro país; no diré hace cuántos años, puesto que no lo sé con certeza. Dama Merksi era, como tú, viuda, con un hijo que ya llegaba a la adultez; era además bella y muy refinada, aunque no tanto como tú, si se me permite decirlo y recordando, otra vez, que en tales cosas no hay juez imparcial. Su esposo había muerto de unas raras fiebres hacía muchos años, siendo su hijo un niño pequeño aún. Ambos eran de buena familia, pero donde el difunto esposo había preferido dedicar su cuantiosa fortuna a fiestas y disipación, a apuestas y a negocios arriesgados, la viuda, que además de bella era moderada e inteligente, la invirtió sabiamente, de suerte que pronto tuvo más rentas que las que podría esperar gastar. No viendo utilidad en acumularlas, las invirtió en aquellas cosas que no rinden dinero sino placer para el espíritu: las artes. Músicos, pintores y escultores pasaban todos los días por la finca de Dama Merksi y ella los recibía, evaluaba sus obras y los recompensaba, si correspondiese. El gusto de la dama era exquisito, y finísima su capacidad para reconocer en otros el talento en bruto y la genialidad escondida, como así también su falta. Los artistas mediocres en busca de dinero fácil —¡incluso los más descarados!—, que pululan siempre en torno a benefactores generosos, desistieron pronto de buscar el mecenazgo de la dama, sabiendo que era una pérdida de tiempo y que se exponían a una gran humillación.

Los días de Dama Merksi transcurrían con la regularidad de las estaciones. Durante un año y una primavera se dedicó a cultivar la música. Gran amiga de viajeros y mercaderes que surcaban los mares y las rutas del Continente, hizo traer o fabricar instrumentos a cual más curioso, y probó y entrenó a muchos músicos. En sus tierras construyó, según principios filosóficos complicados que en verdad no podría describirte, un gran edificio para el disfrute de obras corales, que llamó el Pabellón de las Voces; cerca de él, otro llamado la Cámara de los Vientos, diseñado de tal manera que una orquesta de muchos miembros intercambiables, que tocaba dulces melodías durante todo el día, pudiese ser oída desde un extremo a otro de la hacienda, a lo largo de una avenida. Luego su interés menguó un poco, pero los músicos que ella había cultivado hicieron carrera y deleitaron a grandes audiencias en todo el país; ya que Dama Merksi era generosa y creía, como dicen los Sabios, que la alegría, al contrario que el dinero, se multiplica al repartirla entre muchas personas.

Durante casi dos años más, la dama fomentó las artes del dibujo y la pintura. Sus salones se llenaron de lienzos y de pergaminos iluminados, expuestos para que cualquiera que pasase pudiese verlos, y ella abrió sus puertas a los grandes señores y damas de todo el país para que fueran a apreciarlos. Sin temor a la estrechez económica, que tantas veces fuerza a los artistas a copiar a sus predecesores mediocres, aquéllos que Dama Merksi contrataba producían cada día audaces innovaciones y renovaban las artes, como no se había visto en muchos años. También de estas semillas emergieron frutos de gran valor.

Varias estaciones más aún le dedicó Dama Merksi a las artes de la escultura, el tallado en relieve en piedra y en madera, al repujado de los metales. Su finca se llenó de estatuas que los paseantes confundían, a veces, con seres vivientes, y de esculturas que representaban tanto formas reales como las imposibles formas de los sueños y de la imaginación.

Unos años más transcurrieron mientras la insaciable ansia de belleza de Dama Merksi pasaba por todas las artes conocidas por el hombre. Al final de este tiempo, la dama se retiró durante muchos días a meditar sobre lo que había hecho y sobre lo que le faltaba hacer. Las malas lenguas, como mi señora imaginará, susurraban lo que siempre susurran cuando una mujer gasta su dinero por su cuenta según su criterio: que todos aquellos años no habían sido más que un derroche, una distracción para llenar el sitio que debería ocupar un esposo. Dama Merksi estaba muy por encima de tales críticas, pero temía, sí, al aburrimiento.

Una noche soñó que paseaba por sus tierras, observando los pabellones, las galerías, los anfiteatros, los pedestales, los grupos escultóricos y las columnas talladas, y todo estaba como siempre, pero ella ya no podía apreciarlo; por alguna razón misteriosa, su belleza había desaparecido, o más bien, se había apagado. ¿Qué le ocurría a su belleza? Entonces se dio cuenta de que el suelo que pisaba estaba desnudo: no había sino unas hebras de césped de color verde apagado o amarillo grisáceo, y ni una flor; los árboles de las avenidas habían perdido su follaje. Ni siquiera en el más seco de los otoños había ocurrido algo así.

Despertó Dama Merksi muy perturbada y salió a caminar enseguida por los parques que rodeaban su casa. Todo estaba igual que el día anterior, pero como si el sueño y la vigilia se hubiesen superpuesto ante sus ojos, ahora veía en sus obras una inexplicable decadencia.

Meditó sobre esto durante todo el día y, por la noche, llegó a la conclusión de que, luego de haber agotado las artes que trabajaban con la materia inanimada —el aire y la piedra, el metal y la madera, los tintes y las telas— había llegado el momento de aprender sobre la materia animada. Concibió entonces la idea de construir un jardín como no se había creado nunca antes, un jardín que fuera una obra de arte y no sólo un escenario o una decoración.

§3

Apenas Dama Merksi hubo expresado su deseo muchísimas personas se presentaron ante ella con ideas para su jardín. Sabrás bien, señora, que no es lo mismo crear un jardín que pintar un retrato, puesto que el artista no puede trabajar en soledad, por muy genial que sea. Alguien debe interpretar los deseos del cliente en cuanto a la forma del jardín, su orden, su espíritu, su color dominante, sus caminos de agua o de arena; otros deben aplicar sus conocimientos a buscar y plantar lo que haga falta y mantenerlo vivo, o por el contrario, a erradicar aquellas plantas que sean indeseables o discordantes con el resto; otros aun deben construir las avenidas, los drenajes, los muros, los acueductos, y mover y remover las tierras; finalmente, debe haber quien riegue, quien recoja las semillas, quien pode y recorte.

Dama Merksi consiguió, no sin dificultades, todas estas cosas: decenas de jardineros, varios arquitectos, un ejército de albañiles, dos ingenieros hidráulicos, dos dibujantes, media docena de aplicados estudiosos del reino vegetal, y para supervisarlos a todos ellos, el genial Grebakashtu Gyrice, venido desde su hogar en el país de Rhan-Dvied. Maese Gyrice era lo que hoy llamamos un polímata: arquitecto de renombre, escultor, dibujante de gran valía, gran estudioso de los seres vivientes, y por lo demás un hombre de curiosas ideas religiosas y de pensamientos profundísimos. Seis novenas permaneció Maese Gyrice observando de cerca a Dama Merksi a todas horas, buscando en ella la esencia que debía representarse en su jardín; esta espera inquietó e impacientó incluso a una dama tan paciente y tan acostumbrada a las vaguedades de los artistas como aquélla de quien hablamos, pero dio sus frutos. Una noche, tarde, cuando todos estaban ya en sus camas, Maese Gyrice soltó un escalofriante grito y salió corriendo de su cuarto de huésped; lo encontraron de rodillas en medio del parque a la luz de las lunas, depositando una plegaria de agradecimiento por la revelación del esquema del jardín que buscaba.

A la hora primera, apenas descansado, Maese Gyrice llevó sus bocetos a Dama Merksi y se los explicó con maneras urgentes, como un profeta explica sus visiones a la multitud desconcertada. Pero la dama entendió que aquel hombre genial había descifrado su espíritu, y no le cupieron dudas. Ordenó que se procediera inmediatamente al trazado del jardín.

Está más allá de mis limitadas capacidades reproducir el proyecto de Maese Gyrice, mi señora, además de que te sería inútil, puesto que cosas como ésas sirven precisamente a una persona y a nadie más, y tú ya tienes tu proyecto en marcha, dirigido (me dicen) por un hombre muy capaz. Algo me dice, además, que no eres del tipo de persona que confía ciegamente en la inspiración de otra, ¡y ni hablar si es una que te ha despertado en medio de la noche!

Se pusieron a la obra, pues, los que debían excavar y remover las tierras, los albañiles que debían edificar diques y taludes y muros de contención y los que, bajo la dirección de los ingenieros hidráulicos, debían preparar los acueductos, las cisternas, las fuentes y las cascadas artificiales. Entretanto los jardineros de la casa y de los alrededores buscaban en sus viveros o hacían traer de otros lugares, con grandes gastos, semillas, bulbos, brotes, plantines y varios tipos de raras tierras, las necesarias para favorecer el crecimiento de las plantas escogidas y retardar el de las malas hierbas.

El trazado en sí mismo tomó no menos de cinco cuadernas: un otoño y casi la mitad de la primavera del año siguiente, sólo para que las alturas, pendientes, barrancos, socavones, canales y escalones quedasen demarcados, como quien dice, a ojo de volador, aunque vistos de cerca, en verdad, no fuesen más que trincheras toscamente cavadas y apuntaladas con maderos. Otro tanto insumió la excavación de los pozos que alimentarían las cisternas y la instalación de los acueductos, con las demoras del caso, pues nunca nadie había intentado un proyecto semejante; a Maese Gyrice le había sido revelado un intrincado laberinto de curvas y meandros de agua corriente que hacía jurar de ira a los ingenieros. ¿Ha oído hablar la señora de lo que llaman “presión atmosférica”? Bien, nada menos que Maese Gyrice fue quien la descubrió en el transcurso de aquella obra, cuando constató que no podía hacer subir una columna de agua, sin ayuda de bombas, a más de cierta altura, debido a que el aire mismo, como quien dice, empujaba con su peso sobre la boca de la fuente…

Me estoy apartando de mi historia, ¡perdón! No poco le costó a los ingenieros resolver ese y otros muchos problemas, en especial porque Maese Gyrice, en cumplimiento de las órdenes de la dama y de su propio obstinado espíritu, se rehusaba a modificar siquiera un ápice los planes originales. Transcurrió así el verano, celebráronse las festividades del Perihelio sin dar respiro a los obreros, llegó un nuevo otoño y comenzó un nuevo año, antes de que el jardín tomase forma como tal. Los retoños plantados el año anterior en las futuras avenidas comenzaron a brotar, al igual que los bulbos que dormían en los primeros canteros, y unas pocas flores agraciaron los parques devastados. Dama Merksi salía por las tardes y paseaba, sin sirvientes ni compañía alguna, por las obras ya terminadas y las que los arquitectos habían dejado en espera. De lejos la observaban muchos ojos curiosos, la mayoría, en verdad, sólo preocupados por asegurarse que nada perturbaba a quien pagaba su salario al final de cada novena.

He dicho “la mayoría” porque, en verdad, unos pocos de los que observaban a la dama pasear por los jardines estaban genuinamente interesados en ella. ¿Cómo podría ser de otra manera, siendo una mujer bella y misteriosa, capaz de convocar a tantos hombres para una tarea tan gloriosa? Sin embargo, la mayoría de estos admiradores no veía mucho más allá; y pasado el tiempo, incluso éstos se acostumbraron a esa presencia enigmática y la olvidaron.

Uno solo permanecía en silencio entre los canteros, aún medio desnudos, que dibujaban el gran jardín. Dirigía un grupo de jardineros y él mismo plantaba las primeras semillas, siempre que podía, con exquisito cuidado. Se llamaba Cinnerefim Shiatto; amaba las cosas que crecían y, como Maese Gyrice, estaba tocado por los dioses. A diferencia del gran director del proyecto, su personalidad era contenida, abnegada, casi retraída. Adelantándome a mi propia historia, te diré, señora, que Maese Shiatto era como una de sus semillas, que dentro de una dura cáscara, difícil de quebrar, guarda el embrión de algo sorprendente.

A nadie había sorprendido aún, empero, Maese Shiatto; su trabajo era correcto y hasta había sido elogiado una que otra vez por la propia Dama Merksi, pero nada más. Y así siguió siendo. Llovió poco durante el verano y las cisternas bajaron, pero los días soleados permitieron que las obras continuasen. Llegado el otoño, aunque los árboles todavía debían crecer y los setos acomodarse a sus formas ideales, Maese Gyrice declaró que el jardín estaba, en primera instancia, concluido. Se realizaron los ritos y Dama Merksi ordenó una gran celebración.

§4

Algo más de un año había tardado el gran jardín en ser construido, y casi el doble de tiempo desde el momento en que Dama Merksi concibiera su idea. Las pasiones son fugaces y los entusiasmos rara vez soportan el paso de los días. Dama Merksi no era excepcional en este respecto. Cuando un día de primavera salió de su casa con la determinación de recorrer, en un solo largo paseo, cada uno de los rincones de su jardín, no le bastó más que un rato descubrir que el placer que éste le producía era distante y moderado. Frente a las primeras flores, un año atrás, había bailado extasiada; mientras pisaba el césped y las piedras de las grandes avenidas del jardín, ahora, todas esas brillantes y coloridas formas no le impresionaban mucho más que lo que impresiona un exquisito tapiz a alguien que lo ha tenido colgado en un salón durante toda su vida.

Se forzó a sí misma, sin embargo, a terminar. El jardín era inmenso y apenas alcanzaban dos horas para recorrerlo. En el mismísimo centro, donde convergían y terminaban los caminos, una ancha avenida de piedra llegaba hasta unos escalones donde los duros bloques desaparecían de a poco, como al descuido, entre la hierba; unos metros más adelante, el camino iba a terminar a un espacio circular, apenas cóncavo, rodeado de árboles y de enredaderas, en cuyo centro había un estanque que rebosaba mansamente; en el centro de éste, a su vez, un cantero con flores blancas rodeaba a una estatua blanca que representaba a una mujer en actitud de meditación. Dama Merksi había dejado hacer al escultor; se adivinaba parte de la inspiración de aquella estatua, aunque claramente no estuviese representada físicamente en ella. La postura calma y extática a la vez tampoco le recordaba a la suya, ahora; su espíritu estaba manchado de desasosiego, de cansancio, de cierta pesadez, como la de un día caluroso que promete una tormenta que no llega a desatarse jamás.

Este paseo angustiante se repitió muchas veces esa primavera, según parece; y si no estoy seguro, señora, es porque en verdad Dama Merksi no permitía que nadie la siguiera ni confiaba sus oscuros pensamientos a nadie. Pero, como quizá hayas adivinado, la dama no siempre estaba sola en sus paseos. Maese Shiatto, el jefe de los jardineros, la observaba, espiaba su rostro desde atrás de los setos y oía sus suspiros y su risa seca, amarga. Dirás ahora, señora, que aquel hombre era peligroso o que albergaba pensamientos impuros, pero si esperases a juzgarlo por sus acciones posteriores, seguramente no dirías tal cosa.

Esos dobles paseos no podían durar. Un día, mientras Dama Merksi caminaba hacia el estanque central con paso lento, una sirvienta la llamó, gritando, desde los lindes de la mansión. Ignoro qué ocurría exactamente; algún incidente doméstico o un visitante importante e inesperado… Lo cierto es que, oyendo a lo lejos el llamado urgente, la dama volvió de pronto la cabeza y vio fugazmente a Shiatto el jardinero, que se escondía tras unos arbustos. Dio la vuelta al seto con premura, casi saltando con las sandalias susurrando sobre la hierba, como una niña jugando al escondite, y dijo al hombre que la seguía:

—Levántate. Ya te he visto y hoy no podrás seguirme más a escondidas, porque tengo que volver a casa. Camina conmigo.

A lo que Maese Shiatto, rojo de humillación y vergüenza, no atinó a responder nada. Creo yo, señora, que Dama Merksi actuaba con un aplomo que no sentía realmente. ¿Cómo podía, cuando acababa de descubrir a un hombre espiando sus momentos privados en medio de un gran jardín donde nadie más podía verlos? Al final, el jardinero logró articular unas disculpas. La dama no respondió. Ora envalentonado, ora asustado por este silencio, Shiatto continuó diciendo:

—Mi Dama, quiero que sepas que no estaba espiándote, sino tratando de comprenderte.

—¿Comprenderme? ¿Qué deseas saber, que no puedes preguntármelo?

—Lo que no te animas a decir, mi Dama —respondió Shiatto—. Que tu jardín no te gusta… o no te gusta tanto como soñaste… y no sabes por qué.

—Parece que has aprendido mucho sólo con mirarme desde lejos. Tus dotes de observación deben ser finísimas —ironizó la dama, mirando al jardinero de soslayo, y creo que yo mismo puedo imaginarme sin errar una cierta sorpresa en esos ojos.

—No, no, sólo veo lo que está claro, mi Dama —dijo el jardinero—. Y creo que he visto un poco más que tú. Tu jardín es hermoso, pero está incompleto.

—¿Y qué es lo que le falta, según tú? Maese Gyrice ha hecho un trabajo inigualable. No he lamentado ni una moneda de lo que he tenido que pagarle —dijo Dama Merksi.

—A tu jardín le falta una flor —replicó Shiatto—. Y no cualquier flor. Una flor que llegue a tu espíritu y no sólo a tus ojos o tu nariz.

—¿Y cuál es esa flor? ¿No he elegido y hecho traer flores a cual más exótica? ¿Dónde encontraría algo mejor que lo que ya tengo aquí? —preguntó la dama, sin darse cuenta, seguramente, de que estaba dándole la razón al jardinero. Porque de hecho esto sentía: que los largos paseos por el jardín no eran más que una búsqueda infructuosa de antemano.

—Yo sé dónde puedo encontrarla —dijo el jardinero—. Pero no será sencillo.

Habían caminado rápido, la dama a grandes zancadas, el jardinero casi corriendo tras ella por la senda más recta, y estaban llegando a la casa. Dama Merksi frenó y se volvió hacia Shiatto.

—Tengo que resolver un problema urgente. Más tarde me hablarás de esta difícil flor que afirmas que necesito.

Su rostro estaba mortalmente serio, pero el jardinero no se amilanó. Inclinó la cabeza brevemente y se quedó allí quieto, mientras la dama, apurada y con el rostro enrojecido, subía las escaleras de la casa sin volver la vista.

§5

Cinnerefim Shiatto volvió a sus tareas. Unas horas más tarde, como obedeciendo a un llamado inaudible, dejó sus herramientas en un cobertizo y fue a sentarse a los escalones de la mansión, a la sombra de un gran alero. Esperó unas décimas, hasta que una sirvienta asomó a la puerta. Imagino que se habrá sorprendido al ver a quien buscaba sentado allí.

—Jardinero, Dama Merksi te busca. Entra —dijo.

Shiatto obedeció y siguió a la sirvienta cruzando el vestíbulo, por unas grandes escaleras y a lo largo de un pasillo, hasta una habitación que Dama Merksi utilizaba como estudio. El sol entraba por las ventanas, velado por unas cortinas vaporosas; había plantas en macetas, algunas flores sueltas y unos pocos libros sobre una mesa, además de varias sillas bajas y cómodas, con almohadones de colores vivos. Dama Merksi le indicó una al jardinero y se sentó frente a él.

—¿Y bien? —comenzó.

—Mi Dama —dijo Shiatto—, no te haré perder el tiempo. Sé que no estás conforme con tu jardín, y me apena verte sufrir luego de tanto tiempo trabajando en él. He venido a contarte de una flor que es distinta de todas las que has visto y que alegra, según dicen, los espíritus de todos los que la ven.

—Eso es mucho para una flor, Maese Shiatto —comentó la dama—, pero hay una manera sencilla de probarlo, ¿no? ¿Por qué no me has traído un ramo de esas flores?

—¡Ah, mi Dama, si fuera tan sencillo! —Shiatto sacó de un bolsillo un papel doblado varias veces, ajado y ya algo sucio, y se lo mostró a Dama Merksi—: Ésta es la flor —y luego, sacando una bolsita de tela de otro bolsillo, agregó—: Y éstas son sus semillas.

Dama Merksi se inclinó hacia adelante. La bolsita contenía unas pocas semillas pequeñas, descoloridas, que tanto podían ser de una flor exótica y espléndida como de una mala hierba. (Naturalmente, señora, sabes bien esto; Dama Merksi también lo sabía.) En el papel había un dibujo a lápiz de una rama florecida. La flor no se parecía a ninguna de las que crecían en el jardín de Dama Merksi; pero el jardín no era un muestrario botánico, donde se hubiera buscado variedad por sí misma, es decir, cantidad de especies, sino que contaba con, a lo sumo, un par de decenas de variedades florales, elegidas por armonizar unas con otras. Un especialista debería poder decirle a Dama Merksi si ese dibujo era de una planta común y corriente en algún país lejano o si, en verdad, se trataba de una especie rara. No había ningún especialista disponible en ese momento.

—Parece una flor sencilla, bella, sí —dijo—, pero difícilmente una con tales poderes —dijo—. ¿Dónde es cultivada?

—Mi Dama, no espero que este dibujo sin color ni aroma te convenza por sí mismo. Esta flor no es cultivada, al menos no ahora, ni en los países y reinos conocidos. Es una flor silvestre. Un amigo de mi familia recibió como herencia estas semillas, junto con el relato de cómo fueron obtenidas por su padre. Lo he leído y creo que puedo seguir sus pasos. Si la Dama lo desea…

—¿Y las semillas, no pueden ser plantadas?

—¡Ay! Estas semillas son pocas y viejas. He plantado algunas, pero sólo una germinó, y la planta murió antes de florecer. Es posible que el suelo no sea correcto, o la temperatura…

—Dijiste que hay un relato. ¿Es un diario de viajes? ¿Hay instrucciones para llegar a donde crecen estas flores?

—Hay indicios, mi Dama. El relato no está completo.

—Tráemelo —ordenó Dama Merksi—. Y vuelve a tus tareas.

El jardinero asintió, agradeció y fue a su casa a buscar los papeles que su amigo le había dado. Cuando volvió, el ama de llaves de Dama Merksi lo esperaba en el vestíbulo para hacerlo subir al estudio. El jardinero se sorprendió, y no muy positivamente, al ver que allí estaba Maese Gyrice junto con la dama, esperándolo.

Sin decir una palabra, Maese Gyrice tendió una mano al jardinero y tomó los papeles. Se sentó frente a la ventana, acomodó unas lentes de lectura sobre su nariz y se puso a la tarea. Dama Merksi, de pie a un lado de Gyrice, leía rápidamente cada párrafo y echaba miradas enigmáticas al pobre Shiatto, a quien no habían invitado a sentarse.

Maese Gyrice se enderezó, se volvió y miró al jardinero con expresión de disgusto.

—Mi Dama —dijo ponderosamente, girando los ojos fríos hacia Dama Merksi—, esto es un bello relato de fantasía, nada más. Este hombre, obviamente, quiere que le des dinero para montar una expedición, ¡quizá varias expediciones!, en busca de la susodicha flor. Yo te aseguro que esa flor no existe; las semillas pueden ser de cualquier cosa, y el dibujo es obra de la imaginación de un ilustrador excelente.

—Maese Shiatto ya me ha dicho que esta flor no es como ninguna otra en el mundo —contestó suavemente la dama, sonriendo como si jugase—. ¿Dirías, Maese Shiatto, que esta flor no es conocida por ningún botánico?

—Es probable, mi Dama —dijo Shiatto.

—¿Y es cierto que quieres pedirme dinero para ir a buscarla?

—Mi Dama —dijo el jardinero, poniéndose derecho—, tengo un hijo y una hija que, gracias sean dadas a los dioses, han crecido y han prosperado sin mi ayuda. Mi esposa murió hace cinco años. Mi casa y mis herramientas son mi única posesión. De buen grado las venderé y partiré por mi cuenta a buscar esta flor para ti. Cuando vuelva, me pagarás lo que la flor valga.

Parecía, señora, haber olvidado toda pretensión de humildad, y aun Dama Merksi, acostumbrada a tratar con pretendientes descarados, grandes artistas pagados de sí y todo tipo de insolentes y desvergonzados, se quedó un poco desconcertada ante la vehemencia del jardinero.

—Jardinero —dijo Maese Gyrice—, lo que hagas con tus propiedades no me concierne, pero si en verdad eres sincero, considera que puedes haber caído en un engaño, y que Dama Merksi no tiene por qué recompensar tu credulidad.

—Si vuelvo, ella sabrá si lo que traigo amerita recompensa o burla —replicó Shiatto—. ¿Verdad, mi Dama?

—Me elevas sobre un pedestal demasiado alto, jardinero —dijo Dama Merksi—. No soportaría verte llegar con las manos vacías y dejarte ir sin una moneda. Maese Gyrice, este hombre tiene razón: el jardín que me has diseñado es una maravilla sin par, pero le falta algo. Apostaré; no será la primera vez. Maese Shiatto, tu casa y tus herramientas quedarán a mi cuidado. Si no vuelves, serán mías, valgan lo que valgan. Si vuelves con mi flor, te recompensaré. Y sé que no volverás sin ella, ¿verdad?

—Nunca, mi Dama —dijo el jardinero—. Ya te lo he dicho: no tengo aquí más que posesiones materiales. Tengo necesidad de buscar algo más, y tú tienes necesidad de tenerlo.

—Estamos de acuerdo. Vete a tu casa y prepara lo que necesites. Aquí están tus papeles, para que no te pierdas por el camino. Tómate tres días. Mañana es feria; el día primero saldrás.

§6

Espero no estar cansándote con esta larga historia, señora. Espero que tampoco creas que estoy inventándola. Claro que yo no estaba allí, oculto, como el jardinero detrás de los setos, escuchando todo lo que se decía y tomando nota, pero tengo de buena fuente que así ocurrió y esto que te cuento es, más o menos, lo que se decía. ¡No me demoraré más!

El día primero de la siguiente novena, como Dama Merksi había dicho, Maese Shiatto estaba listo para salir. Siendo un hombre sencillo y desapegado, prepararse para un largo viaje fue bastante fácil: no tenía ni necesitaba llevar muchas cosas consigo. Dama Merksi le proveyó de dinero, provisiones y una montura: un precioso fervag de pelaje negro, que respondía al nombre de Umradi y que se acostumbró a su jinete al instante, como sólo puede lograrse con estos magníficos animales cuando son criados con amor y firmeza desde pequeños. Shiatto viajaría además con una rymba pequeña pero fuerte, dócil y capaz de soportar grandes cargas. (En esos días todavía se acostumbraba llevar bestias de carga de esa clase, señora, como quizá sepas; o quizá Shiatto mismo prefería evitarse las complicaciones de ir con un carromato tirado por fervags por tierras sin caminos bien marcados.)

El recorrido del viaje realizado por el padre del amigo de Shiatto, un tal Drofor, atravesaba todo aquel país y se perdía en los páramos de oriente. Dama Merksi había enviado mensajeros a varios nobles señores y señoras a lo largo del camino para que recibieran y alojaran a Shiatto, como favor hacia ella, pero en cuatro días, como mucho, el jardinero abandonaría las tierras civilizadas y todas las cortesías que pudieran facilitarle los amigos de la dama quedarían atrás. Lejos de las rutas bien cuidadas, empedradas o de tierra apisonada, el progreso de Shiatto sería mucho más lento.

Había comenzado el verano y no era, por tanto, un tiempo propicio para viajar; pero era precisamente en verano cuando Drofor había encontrado las flores que Shiatto buscaba. Un viaje en otoño habría sido más fresco y cómodo, pero bien podía ser que la época de floración de la planta fuese corta, y Shiatto sabía que una rama desnuda no sería suficiente para identificarla. Por lo demás el diario registraba una buena cantidad de ríos, arroyos y vertientes. El páramo, como lo he llamado y como le llamaban todos en ese entonces, no era en absoluto un desierto, sino una gran extensión deshabitada por seres humanos, donde la vida florecía en mil maneras distintas.

Shiatto dejó el hogar de su último huésped, una amable señora con algún lejano parentesco con Dama Merksi, poco antes del amanecer del tercer día de la segunda novena de verano. Siguió el camino hacia el este pasando por tres o cuatro pueblos pequeños, donde no se detuvo hasta el mediodía. Allí almorzó (por última vez en mucho tiempo sentado a una mesa, pensó) y después salió al campo. Cuando el calor resultaba excesivo, buscaba la sombra de un árbol baivan, de los de ancha copa, o las frondas de un gostamy, y allí desmontaba, se quitaba el sombrero de ala ancha y se abanicaba con él. El fervag sufría el calor y jadeaba. La rymba, que llevaba una carga considerable, no parecía inmutarse.

Esa tarde llovió bastante, pero Shiatto estaba acostumbrado a marchar y trabajar bajo la lluvia. El sombrero ancho lo protegía; por lo demás, el agua fresca aliviaba el calor. Por la noche tendió una lona sobre el suelo y durmió allí.

Durante varios días el clima estuvo malo, pero el camino a través del páramo eventualmente lo llevó a una zona más pedregosa, donde el agua escurría y no empapaba el suelo. Había menos árboles allí, pero a cambio, muchos más arbustos espinosos, como el tupido yreppu y el aromático gicev, con cuyas ramas secas podía encender fuego con cierta facilidad.

Aunque el jardinero sabía bien que la flor que buscaba no se encontraría en este lugar, tan cerca de las regiones habitadas, no dejaba nunca de mirar con cuidado a ambos lados del camino cada vez que divisaba una mancha de color, un arbusto de forma inusual. ¿No lo harías tú, señora, si hubieses ido en una búsqueda solitaria como aquella y tus días no contuviesen otra cosa más que el trote de tu montura y las paradas para comer y descansar?

El páramo no estaba totalmente vacío de presencia humana. Aquí y allá había huellas de pies desnudos o de sandalias o de animales conducidos en tropillas; a veces, las cenizas de un fuego de varios días atrás. El país era ondulado, y siempre que llegaba a la cima de una cuesta, Shiatto observaba en todas direcciones; a veces veía una columna de humo o lo que debía ser un grupo de animales, con un hombre delante, levantando polvo a su paso. Nadie lo vio a él, o si acaso, nadie se le acercó.

Al cabo de unos cuantos días el terreno cambió otra vez, haciéndose más blando y menos anfractuoso; ahora se veían con más frecuencia pequeños animales salvajes y muchas más flores, aunque ninguna (como imaginarás) la que Shiatto buscaba: no todavía. Había montañas al norte, sobre las cuales colgaban casi todo el tiempo unas grandes nubes negras. De las cimas y laderas anegadas en lluvia bajaban arroyuelos que se perdían en un suelo pantanoso. El clima era pesado, aunque de noche una brisa fresca y húmeda permitía dormir. La senda había desaparecido y el diario de Drofor, mutilado en este punto, no indicaba cuándo o hacia dónde debía apuntar: sólo le quedaba a Shiatto buscar un camino incierto hacia oriente entre las ciénagas.

Una noche en que, torturado por las picaduras de los dikseks, le era imposible conciliar el sueño, Shiatto creyó escuchar un rumor lejano. En el rumor había como viento y lluvia, pero no era lluvia. Al día siguiente, buscando la senda, llegó al Mar.

En aquellos tiempos, señora, todavía no era común que las personas fueran a disfrutar de las playas y del agua de mar, como ahora; de los que vivían tierra adentro, sólo aquellos con mucho dinero y mucho tiempo libre podían hacerlo. Maese Shiatto no era pobre, pero lo había sido de pequeño, y nunca había encontrado tiempo en su vida adulta para tomarse vacaciones. Tales cosas eran lujos, ¿entiendes?, impensables para las personas comunes. El Mar lo atrapó; sus ojos no podían despegarse de él. Nuestros antepasados de la Vieja Tierra, que venían de un mundo de inmensos océanos y se establecieron en las costas, se habrían reído de aquel descendiente suyo, anonadado ante las olas, que había vivido varias décadas a un par de cientos de kilómetros de ellas sin verlas jamás.

El hechizo se rompió al cabo de un rato. El diario de Drofor no mencionaba el Mar; no, al menos, como parte del camino. La senda no pasaba por allí. Los árboles entrelazados llegaban hasta el borde mismo del agua y se sumergían en ella. Shiatto dudó. El agua no era profunda, pero él no sabía nadar, y con seguridad tampoco los animales.

Dejó atada a la rymba a un árbol y se aventuró, montado en Umradi, a bajar al agua. El fervag era más valiente que su jinete. El agua llegaba hasta las rodillas de Shiatto y ocasionalmente una ola lo empapaba hasta la cintura. El agua era turbia aquí, donde los pantanos bajaban sucios de sedimentos, y Shiatto no podía ver si el suelo era de arena, de barro o de piedra, si era parejo o desnivelado.

Cuánto tiempo avanzó de esta manera, no lo sé, señora. Quizá fue media hora, o una hora o poco más. En todo caso, los manglares no eran infinitos; más bien, era como si una fina lengua de vegetación y de barro bajase desde las montañas hasta el mar, pero más allá de ella hubiese una playa verdadera. Shiatto subió a la arena, desmontó y permitió descansar al fervag.

Un rymba es un animal pequeño y la suya se ahogaría, sin duda, si tratase de cruzar como lo había hecho el fervag. Por lo demás, no podría ir montado en ella. Si la rymba supiese nadar, quizá… pero no: salvo que contase con una oculta aptitud para el agua, un animal como aquél no podría nadar durante una hora, incluso si alguien lo guiase hasta su destino. No es muy difícil para un hombre nadar torpemente en agua que le llega hasta el cuello, aunque no sea muy agradable, pero si además debe arrastrar con una cuerda a un animal asustado…

El jardinero resolvió entonces volver. Había logrado determinar que podía seguir camino por este lado. Quizá hubiese otra manera de esquivar las ciénagas, pero podía perder varios días. La rymba ya no estaba tan cargada como antes, ya que Shiatto había consumido buena parte del agua y la comida durante el paso por el páramo. En esta región más húmeda podría encontrar agua fresca y capturar animales; con paciencia, incluso podría pescar (lo había hecho ya, en un par de arroyos). De la carga de la rymba sólo necesitaba algunos enseres, un cuchillo, un arco con flechas, un recipiente para cocinar, los ingredientes para purificar las carnes, y lo más pesado, la pequeña tienda de campaña.

Era un gran riesgo, como habrás entendido, señora, pero la alternativa era dar un gran rodeo, quizá infructuosamente, y Maese Shiatto se sentía cansado. La soledad del largo viaje había comenzado a pesarle, y temía no poder retornar jamás a su país y al jardín de Dama Merksi como había prometido. ¿Alguna vez has estado lejos de tu hogar, separada de todos los que te aman y conocen y dudando si podrás volver a verlos?

Volvió entonces a bajar a la orilla el jardinero montado en el fervag, y comenzó a desandar el camino. El animal estaba cansado y las olas le parecieron a Shiatto más altas que antes. Llegó al punto de partida y tomó lo que necesitaba de la rymba, repartiéndolo entre una mochila y un par de sacos que se aseguró a los hombros. Después liberó a la bestia de carga de sus ataduras. Había hierba abundante y agua fresca. Aun domesticado y acostumbrado a ser atendido por seres humanos, el animal eventualmente percibiría que ya no tenía un dueño y se iría. O quizá permaneciese allí o en los alrededores, esperando, en tanto ningún depredador viniese a seguir su rastro. Sea como fuere, Shiatto no podía llevarlo consigo.

Entró al agua nuevamente y Umradi se puso en camino. No mucho después Maese Shiatto constató que, sin duda, las olas eran ahora más violentas. Oteó aprensivamente el cielo. Soplaba, quizá, un poco de viento, pero el mar no parecía en absoluto perturbado. Sin embargo las olas ya lamían los flancos del fervag. Miró hacia atrás. No veía ya el punto donde había dejado a la rymba. Calculó, con escasa confianza, que debía estar a poco menos de mitad de camino. Umradi jadeaba; Shiatto observó con alarma que, cada cuatro o cinco pasos, el animal quedaba suspendido en el agua.

Volvió a observar el cielo. La espuma, brillante al sol, lo cegaba. Un horrible presentimiento lo embargó; comenzó a calcular mentalmente en qué día estaba y a qué hora había visto las lunas por última vez. ¿Has adivinado ya lo que ocurría, señora? Como ya te dije antes, Shiatto nunca había visto el mar. No era un ignorante y sabía lo que eran las mareas y cómo aumentan en fuerza y ferocidad cuando el sol está cerca; pero como esas cosas que uno sólo lee en libros, no había tenido en cuenta su realidad. Y faltaban, según calculó, menos de veinte días para el Perihelio. ¿Cuánto subiría el agua aún?

Umradi ya no tocaba el suelo invisible; ahora nadaba sin parar, todavía no desesperando, puesto que un fervag no es un animal propenso a perder el control, cuando está bien criado y su jinete no lo fuerza. Las olas no eran demasiado altas, pero cada oscilación obligaba a Shiatto a sujetarse con más fuerza y alejaba a montura y jinete de la costa. Había una rompiente más adelante, con unos dientes de roca que asomaban y se escondían a cada golpe de mar. Shiatto la había visto al pasar la primera vez y, tontamente, no había atinado a comparar la vista con la de la vuelta. Si las olas no eran demasiado fuertes, el fervag podría quizá hacer pie allí sin lastimarse, y descansar a la espera de que la marea bajase. Las tres lunas debían estar casi en conjunción, pero en cuanto Zyma se apartase, con su rápido paso, de las otras dos, la marea debería bajar, razonó. También podía ocurrir que la marea subiese aún sobrepasando aquellas rocas, y entonces todo estaría perdido.

Las olas lo zarandearon una vez más y se sintió resbalar de la montura. Tenía las piernas agarrotadas. No podía esperar mucho más. Ató una cuerda, no demasiado fuerte, en torno a su cintura, y la sujetó en torno a un hombro. Pasó la cuerda por las argollas de la mochila y de los sacos, y la dejó correr. Luego se arrojó al agua. Nadó como nadaría un perro o un niño, desperdiciando las escasas fuerzas que le quedaban, hasta que instintivamente encontró la manera de aprovechar las crestas de las olas que lo empujaban hacia la orilla y no ser arrastrado por las que lo atraían al mar. La cuerda era larga, más que suficiente para llegar a la orilla, o así lo estimaba. Umradi, liberado de todo aquel peso, pareció un momento perdido, pero inmediatamente después buscó la orilla.

Después de lo que debe haber parecido un largo rato, Shiatto alcanzó las raíces del manglar y se sujetó a ellas. No tenía fuerzas para trepar por aquella maraña húmeda, barrosa, donde las manos apenas podían encontrar asidero. La cuerda tiraba de él. La enroscó en torno a un brazo con lentitud deliberada.

La marea comenzó a bajar al cabo de media hora. Una hora más tarde Shiatto había recuperado la mochila y los sacos. No podía quedarse allí. Penosamente fue arrastrando su cuerpo dolorido y su cargamento empapado a lo largo del borde de la ciénaga, cubriéndose de barro. Al cabo, la marea bajó tanto que una brevísima playa de arena y limo emergió del mar, pero para entonces ya habían pasado casi dos horas y no faltaba mucho. La arboleda y la podredumbre se despejaron lentamente. Una playa de arena finísima lo esperaba, y a un centenar de metros o menos, Umradi.

§7

Para gran alivio de Shiatto, el fervag estaba bien. Podía aprovechar la comida que había traído, aun cuando el agua de mar no ayudase al sabor; tampoco se habían perdido los recipientes de agua, y la mayoría de los purificadores serviría una vez que el sol los secase. Las buenas noticias acababan allí, desafortunadamente. El diario de Drofor estaba perdido. Había estado guardado en un paquete cerrado, que Shiatto abría y volvía a sellar de inmediato luego de consultarlo, pero ningún paquete de esa clase podía resistir varias horas de zarandeo bajo las olas. Había una copia en casa de Dama Merksi, pero para Shiatto era como si estuviese más allá de las lunas. Sin esa guía, aquella copia sería todo lo que la posteridad recordaría de su viaje.

Atontado por el esfuerzo y el cansancio, decidió (muy razonablemente) dejar de lado esas preocupaciones. Puso al sol, sobre rocas, todo lo que contenían los sacos y la mochila. Hizo lo propio con sus ropas empapadas. Desnudo, se curó las varias pequeñas heridas que le habían hecho las raíces y las piedras, y una vez seco, se sacudió la sal que lo cubría. Hacía tiempo que no se veía así; descubrió que estaba flaco e intuyó que enflaquecería aún más. El sol estaba bajando y con él el calor disminuía hasta hacerse placentero. Se quedó dormido.

Cuando despertó, un animalito redondo, con cinco pares de patas, estaba caminando sobre su pierna. Era grande como su mano. Lo apartó de un manotazo convulsivo. No lo había picado. El animal era de color cremoso, pálido, por debajo, con una coraza negra y azul iridiscente y un círculo de ojos pequeñísimos en torno a la coronilla. Se preguntó si podría matarlo y comérselo.

El sol estaba sobre el horizonte occidental y sus rayos atravesaban los árboles enredados. Allí, entre las raíces, debía haber una abundancia de vida: vida pequeña, viscosa y resbaladiza, pero vida en fin, carne, alimento. Buscó los restos de la comida seca que había rescatado y masticó trabajosamente unos pedazos. Umradi se había levantado; estaba algo lejos, pero no escaparía. Parecía haber encontrado ya su propio alimento entre unos árboles bajos, de follaje oscuro. Fue a buscarlo. Los árboles tenían unos frutos grandes, morados, jugosos, que el animal arrancaba y tragaba con fruición. Shiatto, aun recurriendo a sus conocimientos botánicos, no pudo identificarlos. Tenía mucha hambre aún… pero no podía confiar en el azar ni en el instinto del fervag. A fin de cuentas, somos extranjeros aquí.

Encontró agua, un hilo apenas, bajando desde los acantilados que flanqueaban aquella zona de la playa. Bebió allí; era un poco salobre, pero serviría. Recolectó todo lo que pudo y lo llevó a su campamento. De los árboles arrancó unas frondas secas, finamente divididas, que arderían bien.

Ya no había suficiente luz para intentar pescar. Shiatto preparó, no obstante, una caña y un anzuelo. Sus dudosos manjares servirían de carnada. Hecho esto, se sentó a observar las estrellas.

Una hora después, sin sueño, mortalmente aburrido y nuevamente con hambre, fue hasta los árboles, arrancó un puñado de frutos y los trajo hasta la playa. Encendió un fuego, puso un poco de agua allí e hirvió los frutos un buen rato. El aroma era difícil de resistir. Esperó hasta que pudo. Comió aquella compota y se bebió el agua, dulce y tibia, de un solo trago.

La fortuna le sonreía. Los frutos no eran fáciles de digerir y el jardinero descansó mal esa noche, pero no resultó envenenado. A la luz del día observó que habían quedado algunas semillas en el recipiente. Se las guardó. Razonó que debía haberse tragado muchas de esas semillas, y que debía tener cuidado de no hacerlo la próxima vez, ya que cuando las plantas producen venenos, éstos suelen concentrarse precisamente en la piel y las semillas.

La pesca con anzuelo fue infructuosa. Hacia el mediodía, harto de esperar, buscó una rama recta, la afiló por un extremo y volvió a la ciénaga. Después de mucho errar, logró empalar un animal ahusado, con largos bigotes, que si no deduzco mal debe haber sido de la familia del timmar: un bocado poco apetitoso pero seguro y nutritivo. Aquel animal abundaba; capturó tres más, el más grande del tamaño de su antebrazo, esa misma tarde, y los puso a asar y secar al fuego, para llevarlos consigo.

Así aprovisionado, el éxito del viaje comenzó a parecerle otra vez una posibilidad, aunque en verdad faltaba todavía mucho, en el mejor de los casos: y el mejor de los casos era, señora, que guiándose por sus recuerdos del diario de Drofor pudiera volver, con gran trabajo, a encontrar la senda correcta, desperdiciando días y días que se habría ahorrado de no haber intentado la locura de cruzar las ciénagas.

Había que alejarse del Mar, en primer lugar, y luego (si la memoria de Maese Shiatto no le fallaba) seguir al norte hasta encontrar unas tierras altas, con valles verdes separados por cadenas de colinas o montañas. En uno de esos valles, orientados más o menos de suroeste a noreste, había una antiquísima ruta abandonada. La ruta subía desde el valle hasta una gran meseta (aquí el diario era confuso, desafortunadamente) y se perdía allí; en el centro de la meseta había un lago del cual partían varios ríos, uno de los cuales bajaba hacia unas tierras áridas que terminaban ante las laderas de una inmensa montaña gris y solitaria, tan alta que la nieve brillaba en su cima incluso durante el verano. Shiatto razonó que, una vez hallada la meseta, una montaña tan conspicua no podría escapar a su vista. El problema, entonces, estaba en encontrar el valle y la antigua ruta. Durante largos ratos cada día, mientras preparaba la comida o buscaba agua, su mente iba y venía buscando los recuerdos del diario, tratando de rescatar detalles cruciales olvidados.

No había olvidado, debo aclarar, lo más importante: la imagen de la flor. El papel donde Drofor la había dibujado se había perdido con lo demás, pero éste, a diferencia del diario, Shiatto lo había estudiado con dedicación, casi con amor, y si estuviese aquí nos lo podría describir y dibujar de nuevo con los ojos cerrados. No la dejaría pasar, si pasaba a su lado.

§8

Supongo que te habrás preguntado, señora, cómo es que Shiatto sabía que el diario de Drofor era verdadero y no una ficción. Eso no lo sé yo mismo. Drofor era, como recordarás, el padre de un amigo del jardinero, y naturalmente éste confiaba en aquél, pero Drofor mismo podría haber engañado a su hijo, y ya había muerto, al igual que sus dos compañeros. Exceptuando las páginas perdidas, el viaje estaba descrito con gran detalle y era plausible, aunque no quedaba claro, en verdad, si su objetivo había sido buscar la flor (algo bastante poco probable, como imaginarás) o alguna otra cosa. En aquellos tiempos había muchas más tierras inexploradas que hoy, pero sobre todo, la gente estaba más dispuesta a creer que en países lejanos ocurren maravillas o viven seres fabulosos.

Para mí, el verdadero misterio era por qué Dama Merksi había aceptado la palabra de Shiatto. Bien es cierto que la dama era rica y no tenía mucho que perder en la empresa; quizá no fuese todo más que un capricho. Sin embargo, creo que algunas personas tienen una gran intuición para la verdad, y Dama Merksi era una de ellas, y no podía ver mancha alguna en la absoluta convicción de Maese Shiatto. Todo el asunto reposaba, por tanto, en la veracidad del relato de Drofor.

En esto habrá pensado el jardinero mientras buscaba volver a la ruta, subiendo desde el Mar a los bosques. ¿Te imaginas encontrarte perdido y saber que alguien, muy lejos, no sólo duda de tu vuelta sino de que hayas ido por el camino correcto, y no tener, además, forma de avisarle de tu paradero? Debe haber sido una situación muy angustiosa. Pero a Maese Shiatto lo impulsaba su convicción y —quizá hayas sospechado esto, señora— ciertos sentimientos hacia Dama Merksi, que aún no tenían una forma ni un nombre que pudiese articularse con palabras.

Al norte del Mar, en aquella región, había, como dije, un extenso bosque. El bosque era un mosaico entre pantanos arenosos y tierras más secas, con cimientos de piedra, y transitarlo rectamente era de todo punto imposible, porque además del suelo inestable, había muchos lugares donde los arbustos, los árboles más pequeños y las plantas trepadoras y rastreras formaban una maraña impenetrable hasta la altura de un hombre o más. Era fácil perderse y andar en círculos en un lugar así, y sospecho que eso fue lo que hizo el jardinero durante un buen tiempo, hasta que aprendió a orientarse.

El bosque terminó finalmente. Habían pasado cuatro o cinco días. Bajo los árboles, el calor húmedo era insoportable; al descubierto, el sol quemaba cruelmente la piel y hería los ojos, hasta el punto en que Shiatto debió comenzar a hacer altos durante la tarde. Dormía largas siestas, despertaba sudando y aturdido, bebía algo de agua tibia y, con un par de bocados de fruta dulce como todo refrigerio, montaba y conducía a Umradi hasta la medianoche o incluso más. Cenaba lo que había podido capturar o recoger en el día, dormía al fresco y despertaba para ponerse en marcha nuevamente antes de la primera hora.

El paisaje era de roca gris entremezclada con una tierra pobre y descolorida, de la que brotaban unas tenaces hierbas espinosas y (¡una bendición para el viajero!) unos arbustos con bayas pequeñas y sabrosas. Cuando la comida escaseaba, el jardinero se detenía antes, al anochecer; desmontaba, se alejaba con sigilo de Umradi, y buscaba afanosamente, a veces durante una hora, alguna madriguera, pues en esa desolación vivían varias especies de animales subterráneos, parientes lejanos de los grugyts que saquean nuestras despensas y no muy diferentes de las rattas de la Vieja Tierra. Los de esta familia son seres muy ágiles y astutos, como sin duda sabes, señora, pero al no haber olido nunca a un humano, estos animalitos que vivían en el páramo no estaban acostumbrados a evitarlo. Uno de ellos habrá sido suficiente para una cena adecuada, sin hacerle asco a nada, imagino. Por la noche muchas otras criaturas salían a buscar sus propias presas en el páramo iluminado por las lunas, y Shiatto habrá podido capturarlas también.

El agua comenzaba a escasear. Una mañana Maese Shiatto descubrió que no le quedaba más que para un día. Para colmo de males, Umradi había estado bebiendo bastante poco. Los fervags soportan muy bien la sed, pero tienen sus límites, tanto como nosotros. Habían pasado doce días desde que dejara el Mar, y no había llovido en ese tiempo, excepto un breve chubasco mientras estaba cruzando el bosque.

El día era terriblemente caluroso. Llegado el mediodía, el jardinero montó las lonas de la tienda de campaña de manera que lo protegiesen del sol directo, dejando abierto el lado a la sombra. El fervag se tumbó junto a él, jadeando.

Las frutas frescas que había recogido estaban ya secas. Eligió un par de las más jugosas y se las dio al animal, comiéndose él otras dos. Cuando el sol bajó un poco, retomaron la marcha. Por un instante consideró la posibilidad de abandonar a Umradi y seguir su camino a pie. El animal no iba más rápido que él ahora, y si no moría de sed en un día, moriría de hambre en tres o cuatro, ya que las hierbas que crecían lastimosamente entre las rocas eran pura fibra, amargas y resecas. Notó que la cabeza le dolía y que la visión se le nublaba por momentos.

Llegó misericordiosamente la noche y con él cierto alivio al calor. Maese Shiatto se tendió a dormir.

Bastante más tarde y como nebulosamente, le pareció que había escuchado un sonido retumbante. Se durmió de nuevo y soñó con una tormenta, con grandes truenos, con un diluvio de agua fresca.

Despertó. Amargamente comprobó que no había lluvia. Pero muy lejos adelante, hacia el norte y el oeste, el cielo se encendía y se apagaba con rapidez; rayos como inmensas raíces, de color blanco brillante o azulado o violeta, saltaban de una nube invisible a otra, y los relámpagos iluminaban fugazmente los contornos de una cadena de montañas. No se oían truenos, pero en el silencio completo de aquella noche de verano, el jardinero, dormido con un oído casi apoyado en el suelo, había percibido (¿había soñado?) las vibraciones de los lejanos golpes que el cielo le daba a las montañas.

Maese Shiatto ya no pudo dormir más esa noche. Lo fascinaba la tormenta. Dudó durante casi una hora; luego se levantó y comenzó a recoger sus cosas como en un frenesí, olvidando su cansancio. El fervag dormía, como todos los animales, listo para ponerse en pie en un instante. Estaba muy oscuro. Cabalgaron sin prudencia alguna, tropezando con piedras, hacia la luz.

§9

La tormenta prosiguió a lo lejos toda la noche y, como suele suceder, ni los relámpagos ni las montañas por ellos iluminadas parecieron haberse acercado en absoluto luego de varias horas. El aire del páramo estaba seco y cargado de tensión eléctrica; algo de calor todavía subía de las piedras. Cuando Maese Shiatto vio el primer resplandor del alba, a su derecha, decidió que iba a morir allí y que no tenía sentido seguir intentando mantenerse despierto y lúcido o espolear a su sufrida montura.

Desmontó casi cayendo al suelo. Umradi se sentó, o más bien se desplomó. Las nubes oscuras habían cubierto la mitad del cielo de occidente y las cimas de las montañas habían desaparecido entre las cortinas de lluvia gris que caían sobre ellas; la media luz de antes del amanecer acentuaba la confusión antes que aclararla. Aquella lluvia era la salvación, pero estaba lejos, tan lejos…

Salió el sol: un espectáculo digno de un poema, señora, como siempre que sale el sol, supongo, pero más todavía por cuanto todo un hemisferio, es decir, la mitad del cielo, era azul profundo, sin mancha, y la otra mitad un palio oscuro que parecía a punto de caer sobre el mundo, pero nunca caía. Para desgracia de Maese Shiatto, podría agregar. El jardinero, adormecido, con la lengua hinchada por la sed y los labios cuarteados, miraba sin ver.

Pocas sensaciones le quedaban, que a medida que su fin se acercaba, iban despertando de a una y presentándose ante él, como despidiéndose. Primero, tímidamente, fue el tacto: en las palmas de las manos, el roce áspero del pedregal; en el rostro, un viento cargado de arena finísima, que lastimaba un poco. Después vino el olfato: un olor como el que deja el rayo al caer, como el de las chispas eléctricas. Finalmente el oído, que le trajo el rumor de truenos y el de un suave deslizarse, un mudo gorgoteo, un murmullo de piedras. Sí, has entendido bien, señora; y Shiatto, aunque ya no le quedaban fuerzas para ejercer la inteligencia, comprendió también y se levantó un poco, lo que su cuerpo pudo, que no era mucho. Volvió el olfato, y ahora junto con el aire cargado y tenso vino el olor inconfundible de la tierra mojada; se reanimaron sus mejillas enrojecidas con el tacto de un viento apenas húmedo; el oído, cual héroe triunfante, entró de lleno en su consciencia con un murmullo más fuerte que antes, el murmullo de las piedras cuando corre el agua sobre ellas.

Miró hacia arriba. El cielo estaba tan azul como antes en el zenit. Se arrodilló, se puso en cuatro patas, se puso de pie. Se había sentado sobre un lecho de piedrecitas redondeadas, incrustadas en una arena de color gris rojizo. A izquierda y a derecha, y hasta donde podía ver, el terreno estaba surcado por canales excavados tortuosamente en la arena: había canalillos finísimos, como los que podría hacer un niño con un dedo, y otros amplios, anchos como un hombre y apenas marcados. Se estaban llenando de agua.

¡Qué felicidad para Maese Shiatto! ¿Alguna vez has padecido sed, señora? No hablo de una tarde en que hayas salido a caminar al sol y hayas vuelto a casa deseando una jarra de té helado, sino la sed como una tortura, como la seguridad de que vas a morir y no será fácil ni pronto. Imagínate ahora eso, si puedes, y luego imagina ver levantada esa sentencia por unos pequeños chorritos de agua, por algo de lo que aquí en nuestras verdes tierras nos reiríamos si alguien lo calificara de arroyo o de río. Y sin embargo aquello era un verdadero río, como se lo entiende en el desierto: un cauce ramificado infinitas veces, seco durante estaciones enteras, a veces durante años, hasta que una lluvia cae en las montañas y baja, si la arena no se la traga antes, hasta el cauce, y lo llena y lo desborda por unas horas o un par de días.

Umradi ya se había puesto en pie con presteza y galopaba hacia el agua, metía las patas en ella, bebía grandes sorbos con su hocico proboscídeo, bajaba la cabeza entera al canal, primero un lado, luego el otro, y se sacudía el agua fresca de las orejas. Maese Shiatto bebió y se refrescó con apenas un poco más de dignidad; a fin de cuentas, ¿quién guarda los modales en medio del páramo y cuando ha estado a punto de morir? Harto ya, miró de vuelta al cielo, pero la tormenta no había avanzado; si acaso, parecía estar en retirada.

El sol comenzaría a calentar muy pronto. No podía quedarse allí, al descubierto; la intuición le decía que aquella agua milagrosa podía desaparecer en cuestión de horas. Las montañas se veían un poco más claramente ahora, y aunque las distancias confunden los tonos y las texturas, le pareció percibir una capa de verdor abigarrado en las laderas. Donde había montañas y lluvia habría cascadas, vertientes, arroyuelos, y sobre ellos, árboles. No tenía nada para comer y el cansancio comenzaba a hacer presa de él otra vez, apenas menos pesadamente que el letargo que viene de la deshidratación. Llamó a Umradi y montó.

El estómago le rugía y se le revolvía cruelmente, pero la sensación de cabalgar sobre la arena mojada, las patas del fervag salpicándolo de agua todavía fresca, borraba en buena parte su desesperación. El sol subió; para el mediodía, los bosques supuestos o entrevistos se habían hecho bien visibles.

Delante de Shiatto, miles de tallos verdes brotaban con rapidez asombrosa de la arena; florcitas blancas, azules y rojas se abrían al sol. Los gérmenes de las plantas enterrados en el páramo desde hacía una estación habían despertado con la lluvia, como un hombre espabilado por un salpicón, y se apresuraban a hacer su tarea. Mañana o pasado mañana todas las flores habrían muerto.

El jardinero no quería compartir la suerte de las flores. Observó el espectáculo un corto rato y siguió su camino, aunque dirigiendo a Umradi con mayor cuidado para no pisar los brotes nuevos. El sol apretaba; la tormenta había traído un poco de aire fresco al desierto, pero el páramo implacable ya estaba reclamando su territorio perdido.

No fue sino hasta la hora octava, más o menos, que encontró los primeros árboles con suficiente follaje para protegerse bajo su sombra. El bosque era todavía ralo; había que seguir. Los cauces serpenteantes del río del desierto se unían en dos o tres arroyuelos, a lo largo de los cuales los árboles más altos y una multitud de especies de arbustos luchaban por ocupar un lugar. Algunos de los arbustos tenían frutos: bayas jugosas, moradas, rojas, negras; cápsulas duras con ricos aceites en su interior; vainas correosas, algunas con espinas, otras con un fino vello urticante. Shiatto no tenía muchas opciones. Se encomendó a los dioses y comió lo que pudo masticar. No me extrañaría, en verdad, que haya también capturado y comido alguno de los bichos que pululaban entre las plantas, que aunque no estén de moda en nuestra cocina, señora, bien sabrás que en ciertos países son considerados una delicia.

Así, bajo la sombra de los árboles, cerca del rumor del agua y apaciguados el hambre y la sed, el jardinero pudo finalmente dormir.

§10

Maese Shiatto despertó en la noche. Había perdido la cuenta de las lunas y, no sabiendo tampoco las horas de las constelaciones en aquel lugar, no tenía manera de saber qué hora era. El sueño no volvió. Resultaba un inconveniente tener que pasar la noche en vela sin nada que hacer. El hambre lo acosaba otra vez: nada en comparación con el que había sentido hasta hacía unas pocas horas, en un tiempo que le parecía lejanísimo ahora, como suele ocurrir, pero de todas formas, lo suficiente para incitarlo a pensar, en su insomnio, en formas más ingeniosas y efectivas de capturar lo que fuese que viviera en los bosques.

Aquella masa de árboles y arbustos que se apretaba en su torno, cada vez más densa a medida que avanzaba hacia las montañas, era bastante silenciosa. Algunos árboles tenían unas hojas puntiagudas y duras como puntas de lanza, que raspaban audiblemente entre sí a la menor brisa; otras, hojitas redondeadas y afelpadas que al viento se acariciaban con un rumor sordo. Unos bichos bastante grandes, de caparazón oscuro, que Shiatto había observado mudos como excrecencias vegetales durante el día, cantaban invisibles ahora desde las ramas; otros, luminosos, zumbaban mientras buscaban pareja revoloteando entre los arbustos.

Una vez, Shiatto escuchó un sonido que le sonó como a un gruñido o una voz ronca, a una distancia imposible de precisar. Podía ser cualquier cosa, se dijo; era absurdo pensar en la presencia de seres humanos en un sitio tan apartado. Volvió a escuchar aquel como gruñido una media hora más tarde, viniendo desde otro punto, y comenzó a alarmarse, pero lo que fuese, no se repitió. Razonó el jardinero que incluso en este mundo donde somos extranjeros existen animales con voces capaces de confundirse con cortas palabras humanas, o con silbidos o toses humanas; más aún, no son pocos los seres vivos que imitan obviamente a otros para ocultarse de sus depredadores o de sus presas.

A la hora primera el resplandor del alba comenzó a iluminar el cielo de levante y Shiatto se puso en marcha nuevamente, feliz de poder abandonar su inmovilidad. Tuvo que esperar a que el sol brillara para poder tomar algunos frutos de los arbustos y saciar su hambre, ya que no se atrevía a probarlos a ciegas. El bosque se hacía, como ya dije, más denso al acercarse a las montañas, y pronto el jardinero se encontró dirigiendo al fervag con cierta dificultad entre gruesas raíces que se cruzaban unas sobre otras y bajo un cielo de hojas verdes que dejaba pasar sólo un poco de la luz del día. Esto último era de agradecer. Shiatto tomó cuidadosa nota mental de la posición del sol, previendo que le sería muy difícil orientarse en esa floresta sin sendas.

Llegando el mediodía encontró un claro. Un revoloteo lo precedió; había espantado a varios voladores de colores vivos. Retrocedió a la espesura. Uno de los voladores volvió al cabo de dos o tres décimas. Tenía dos pares de alas (amarillas, verdes y rojas) de una envergadura más o menos como el largo del brazo de un hombre, y unos bracitos adornados por escamas iridiscentes. La cola era como un complicado moño con cintas, amarillo brillante y con perfiles índigo y negro. No viendo ni escuchando a nadie en las inmediaciones del claro, el volador asomó desde una rama, emitió un silbido largo y después planeó hasta un árbol vecino; sus colores eran como una explosión al sol. Emitió varios silbidos más y se puso a volar trazando complicados rizos en medio del claro, aterrizando sólo por unos instantes, cada cierto tiempo, en una rama. Otro volador hizo su aparición, pero se quedó observando desde la penumbra de las ramas.

De pronto hubo un remolino de colores, una confusión de silbidos ahogados y escamas desparramadas. Maese Shiatto había apuntado con mucho cuidado, sabiendo que no tendría más que una oportunidad, y había atravesado a aquel magnífico volador con una flecha certera. Tendría una buena comida al menos ese día.

La carne del volador resultó ser bastante indigesta al final, pero el jardinero consiguió retenerla en el estómago, cosa que es mucho decir cuando uno anda matando y comiendo animales salvajes, y le evitó otro día de dieta a base de bayas y bichos. Encontró el curso de un gran arroyo más adelante e intentó pescar allí, pero los peces eran pequeños y escurridizos y no valían la pena el esfuerzo y el tiempo.

Las montañas se acercaban; podía ver algunas de las cimas entre las copas de los árboles más bajos. Cuando, al anochecer, encontró otro gran claro, comprobó que había estado subiendo insensiblemente durante todo el día. El bosque descendía tras él, raleando hacia el páramo que había dejado atrás; adelante, trepaba por las laderas de piedra cubriéndolas de verde casi uniforme. Creyó ver una cascada a muchos kilómetros brotando de la roca y volviendo a caer entre la espesura, pero el sol ya no la iluminaba y no pudo estar seguro. De cualquier manera no era ése su destino; como recordarás, señora, el diario de Drofor (según lo recordaba Shiatto) decía que debía buscar una ruta que corría en un valle entre dos cadenas de montañas. Con la luz del sol moribundo viniendo justamente desde el noroeste le era imposible a Shiatto determinar si había otra línea de picos detrás de la que veía, pero tenía la impresión de que así era.

Siguió marchando hasta el anochecer, cenó frugalmente para que la feroz carne del volador no le perturbara el sueño, y durmió. Soñó, quizá, con un valle ancho cubierto de las maravillosas flores que buscaba y que había prometido llevarle a Dama Merksi. Soñó, quizá, con la mirada displicente de Dama Merksi mudando en maravilla y amor ante aquellas flores. Los hombres soñamos a veces de esa manera, señora, aunque no lo creas. Son sólo sueños: los valles remotos e incultos no se cubren así como así de flores de tal fineza y misterio, y los amores no se ganan con flores. Pero igualmente soñamos. ¡Perdona este romanticismo barato!

§11

Durante tres días marchó Maese Shiatto hacia el oeste, volviendo atrás, en realidad, para corregir el casi fatal rumbo equivocado que lo había llevado al Mar. Si el bosque no hubiese sido tan denso, quizá hubiese podido hacer todo ese camino en un día.

Los árboles eran de muchas especies, algunas vagamente familiares, otras totalmente desconocidas para el jardinero. Había uno como una gigantesca versión del modesto fitru de nuestros campos, con restos de flores marchitas, descoloridas, mezclados con pequeños frutos rojos, que eran deliciosos pero desafortunadamente para Shiatto pendían, casi todos, de ramas demasiado altas. Había uno que se parecía al demanna, con ramas nudosas que no se mantenían rectas ni indivisas por más de medio metro, y con unas vainas de casi un metro de largo. Por el suelo se entrelazaban las raíces de unos curiosos árboles de forma irregular, con tronco cónico, muy ancho en la base y apenas del ancho de un tallo en la cima, todo él verde, con unas pocas ramas y frondas proyectándose en ángulos insólitos desde la parte media.

Ciertas partes del bosque estaban dominadas por unos árboles esbeltos y de ancha copa, con hojas de color casi negro por arriba y verde plateado por debajo, coriáceas, y unos frutos duros con la forma y el tamaño de un gran puño cerrado, que caían de vez en cuando al piso del bosque; uno de ellos estuvo a punto de golpear a Shiatto en la cabeza. Sólo era posible abrirlos golpeándolos repetidamente con una piedra; dentro había una rica pulpa aceitosa que el jardinero extrajo y cocinó, logrando una especie de manteca fragrante que lo nutrió durante varios días.

Con frecuencia el paso estaba obstruido por árboles caídos. Tan apretujados estaban que, la mayoría de las veces, los troncos que caían eran interceptados por otros y se descomponían allí, suspendidos, o bien les crecían nuevas raíces y prosperaban en su nueva ubicación. Sobre los troncos ya en descomposición brotaban nuevos seres, de especies que Shiatto nunca había visto y colores insólitos: blancos refulgentes, naranjas, índigos, púrpuras, azules profundos; algunos crecían sobre finos tallos, otros sobre vesículas semitransparentes o en una maraña de hojuelas. No se atrevió a probarlos.

En otras partes los arbustos y los nuevos árboles tampoco le permitían el paso. Aunque los tallos fuesen aún tiernos, no era fácil apartarlos, y la experiencia le había enseñado a no intentarlo, por cuanto muchos de ellos podían ser irritantes o tóxicos al contacto. Un par de veces lo hizo, y una de ellas causó un gran alboroto: el arbusto era el hogar o escondite de una pequeña familia de animalitos. No había manera de saber si la vez siguiente los animales huirían o lo atacarían, aunque fuese por mero reflejo.

Cerca del final del primer día Maese Shiatto se encontró subiendo una cuesta. Había un claro en la cima, un claro de piedra gris y unas pocas hierbas, como no veía desde hacía tiempo. Al norte se veía una cadena de sierras, no muy altas, que se perdía a lo lejos describiendo una leve curva hacia oriente. Frente a él, la cuesta bajaba otra vez y el bosque denso recomenzaba. Mucho más lejos, una segunda línea de altas colinas corría de sur a norte. Aquél debía ser uno de los valles encontrados por Drofor. El sol ya estaba oculto por los picos del noroeste y no dejaba ver el fondo del valle, ahogado, por lo demás, en selva verde. ¿Podía ser que hubiese un río, un pequeño río? Debería dejarlo para el día siguiente.

Feliz de poder pasar una noche a la luz de las estrellas, en vez de sumergido en el mar de vegetación, Shiatto desmontó allí mismo, en el claro, y se preparó una cena mientras el sol acababa de ponerse. Tomó nota de la posición de las lunas, para recomponer su calendario, y dejó a Umradi vagar un rato y buscar su propio alimento antes de atarlo.

Por la noche lo despertó un chasquido en las ramas de los árboles vecinos. Había estado teniendo una pesadilla, quizá; lo cierto es que aquel ruido lo embargó de terror. Escuchó atentamente y le pareció (pero ¿cómo saber?) que había en el aire unos gruñidos o cuchicheos graves, como los que había escuchado la vez anterior en el bosque. Umradi dormía. Shiatto permaneció quieto, tieso de miedo, durante un tiempo, pero casi enseguida los gruñidos cesaron. Se relajó y buscó con los ojos en los alrededores sin mover la cabeza. Supongo que habrá continuado oyendo ruidos durante un buen rato aun cuando ya no hubiese ninguno. Al final lo ganó el sueño nuevamente y ya no despertó hasta el amanecer.

El segundo día bajó al valle. El bosque era aquí tan denso como del otro lado. Tal como había creído ver el día anterior, un río discurría en suaves meandros por el fondo del valle; en su punto más ancho no tendría más de diez o doce metros, y entre piedras y troncos caídos Umradi lo vadeó sin dificultad. Había grandes peñascos en medio de los árboles y también unos cuantos claros pedregosos. En uno de ellos vio otra vez a varios voladores danzantes, pero no pudo capturar ninguno.

Al borde de otro de los claros vio varios arbustos con flores que hicieron que su corazón saltara. Desmontó, ansioso, y fue a verlas de cerca, pero no eran más que flores silvestres comunes de la familia de las nevras, muy bellas, sí, pero no la flor que Shiatto buscaba. Volvió a verlas cerca del río y en la subida al otro lado del valle, mezcladas con varias otras especies. Había más árboles en flor y menos con fruto, como si el verano hubiese llegado tarde allí.

Cuando llegó al otro lado, a la cima de la cuesta que era como el fin de la columna vertebral de las sierras que rodeaban y separaban los valles, era ya entrada la noche.

El tercer día no fue muy diferente de los dos anteriores. El río que había trazado aquel valle y que solía correr por él se había secado, o quizá no había llovido lo suficiente en las montañas para llenarlo; en el viejo lecho quedaban sólo piedras. Por un momento Shiatto pensó en la ruta que Drofor había señalado en su diario, pero parecía bastante claro que no era ésta. Siguió el río seco un kilómetro o dos, de todas formas, pero pronto lo descubrió bloqueado por el bosque.

Las montañas que limitaban el cuarto valle eran más altas y se curvaban algo más hacia el este. Desde el punto de vista ventajoso de la cuesta, Shiatto podía ver con claridad que se trataba de un ambiente distinto. Fuera por una mayor altura o por un suelo distinto, el bosque era menos denso y más apagado en colores; claros de piedra y hierba lo moteaban con frecuencia. Una sucesión de tales claros parecía alinearse sobre una línea serpenteante que iba al norte. ¿Sería acaso la ruta que buscaba, o una simple ilusión ofrecida a su vista ávida? Aunque los últimos días habían sido soleados y tranquilos, la soledad y la monotonía comenzaban a pesarle nuevamente. Aún tenía agua en abundancia y en el bosque había frutos comestibles y animales que podía cazar, pero no veía a un ser humano desde hacía muchos días y aun el recuerdo de Dama Merksi, sonriendo enigmáticamente al despedirlo, se le iba borrando del espíritu.

§12

Aquella noche Maese Shiatto durmió intranquilo. Había nubes en el horizonte al oeste y al sur; su oscuridad había devorado las estrellas familiares. Umradi pateaba y se removía en su sueño, quizá presintiendo una tormenta. Posiblemente la comida —alguno de aquellos frutos que por fuerza probaba— le había caído mal al jardinero. Sin saber si era sueño o vigilia, escuchó varias veces susurros y gruñidos, como las otras noches.

Despertó sobresaltado al oír una voz ronca, súbitamente mucho más cerca que los ruidos anteriores, y se encontró apretado por algo fuerte que atenazaba sus tobillos, mientras algo más intentaba sujetarlo por una muñeca. Estaba muy oscuro; la luz lunar, sofocada por las nubes, apenas le permitía ver unas formas que se movían en su torno. Soltó un grito de angustia y fue como si hubiese desatado una tormenta. ¡Voces, voces humanas! Había tres, cuatro, media docena de seres cuyo rostro apenas podía ver, pero que lo rodeaban, gritándose entre ellos, y volviendo unos pares de grandes ojos hacia él. Manos fuertes le mantenían juntas las piernas; otras le estaban pasando una liana o soga en torno a los tobillos. Alguien le pateó la espalda, haciéndolo toser convulsivamente; otro le zarandeaba un brazo, como si quisiera arrancárselo o desconyuntarle el hombro. Se resistió, haciéndose un bollo, pero continuaron golpeándolo.

Escuchaba los barritos del fervag a unos pocos pasos. Umradi luchaba, se encabritaba y pateaba a los misteriosos asaltantes. Shiatto se dejó ir, adelantando los brazos para que se los ataran; era él contra una pandilla, y si seguía resistiéndose, comprendió, lo matarían. Quizá lo mataran de todas formas, pero no estaba listo para morir absurdamente como uno de esos héroes de las historias que luchan hasta no poder más.

Se puso de pie con dificultad. El griterío se había apaciguado; los seres que lo habían capturado seguían gruñéndole y hablaban entre sí con voces roncas. No le habían atado los tobillos; la cuerda daba apenas unas vueltas, no muy apretadas, entre sus rodillas. Habían enredado torpemente otra cuerda en torno a sus muñecas, y uno de los humanoides tiraba de él, obligándolo a caminar.

Le habían golpeado las sienes y un poco de sangre le goteaba desde la ceja derecha sobre el ojo, pero pudo observar que sus captores eran seis. Al volverse uno de ellos a la luz lunar, vio que se trataba sin duda de un ser humano, aunque con rasgos como nunca había visto en su país. Los labios eran tan finos que parecían invisibles; el rostro tenía grandes pómulos sobresalientes y estaba cubierto de barba hirsuta; los ojos eran redondos e inmensos. Todos aquellos hombres iban desnudos; un vello corto y ralo los cubría, y llevaban los cabellos largos, sin atar. Eran de baja estatura y extremadamente flacos; las costillas les tensaban la piel. Dos llevaban palos en las manos, y otros dos unas como bolsas o sacas muy toscas cruzadas sobre el pecho.

Después de la violencia inicial, los hombres salvajes no molestaron más al jardinero, excepto con empujones ocasionales cuando perdía el rumbo o vacilaba. Anduvieron unas dos horas. Shiatto perdió la orientación en cuanto bajaron del claro. Iban hacia el bosque, según le pareció, alejándose de las montañas, al sur y al oeste.

Llegaron finalmente a un gran claro y Shiatto escuchó un gran tumulto que se les acercaba. Aquellos hombres debían tener una visión excepcional o bien un conocimiento instintivo de las sendas del bosque, porque habían venido sin rodeos hasta lo que parecía ser una pequeña aldea. En un amplio círculo, los salvajes habían talado o derribado los árboles más pequeños y arrancado los arbustos, probablemente, mientras que junto a los árboles más grandes habían montado burdas chozas con palos entrelazados y techos de hojas. En el centro del claro había un fuego que humeaba y chisporroteaba. A la luz roja y vacilante se habían reunido otra media docena de hombres, unas quince mujeres y unos pocos niños. Las mujeres dieron la bienvenida a los hombres y fueron a inspeccionar a Shiatto, que se convirtió de pronto en la sensación de la aldea, como si fuese una especie de extraño animal. Lo olfatearon y olfatearon su ropa, y luego lo desnudaron para verlo mejor.

Te ahorraré, señora, el relato completo de las vejaciones que el pobre Maese Shiatto tuvo que soportar hasta que la curiosidad de aquellos salvajes estuvo satisfecha. Imagino que lo salvó de más vergüenza el hecho de que era tarde por la noche y todos querían irse a descansar. Los salvajes lo dejaron atado a un árbol, con un centinela a un lado, que prontamente se enroscó en el piso y se durmió. Shiatto, luego de una hora de sollozar silenciosa e inútilmente, hizo lo propio, vencido por el cansancio.

§13

Por la mañana uno de los salvajes se acercó a Shiatto, lo miró durante un largo rato y luego le ofreció unas bayas. El jardinero dudó, pero aceptó. No parecía que sus captores fueran muy sutiles: si quisieran matarlo no lo harían con veneno. Un rato más tarde el mismo hombre le trajo agua en un tosco cuenco hecho con un tronco ahuecado.

La aldea despertaba. Los niños corrían y jugaban entre los árboles; muchos de los adultos se dispersaban por el bosque, sin duda para forrajear y cazar. Unas pocas mujeres viejas se quedaban frente a las chozas, haciendo algo con tallos y hojas verdes; un hombre viejo partía, con deliberada precisión, aquellos frutos duros que Shiatto había visto en el bosque.

Los hombres más jóvenes se habían reunido un rato a charlar cerca de la fogata extinguida. Cada cierto tiempo echaban una mirada distraída a Shiatto. ¿Estarían quizá decidiendo qué hacer con él? ¿Para qué lo habían capturado, en primer lugar? ¿Pensarían acaso comérselo? A la luz del día podía verse que, pese a su delgadez, no parecían enfermos ni débiles. Eran incluso más bajos de lo que Shiatto había adivinado; con ropas que cubriesen su desnudez y de no ser por sus rostros de rasgos marcados, podrían haber pasado por niños de trece o catorce años entre nosotros. Sus manos eran, por otro lado, grandes y nervudas, y el jardinero ya había comprobado su fuerza.

Uno de los hombres se acercó a Shiatto y, como el anterior, lo miró atentamente, desde cerca. Le faltaban varios dientes y una cicatriz reciente le marcaba una mejilla. Era como una máscara de madera oscura. El rostro de Shiatto, más redondo y enrojecido por el sol, le habrá resultado parecido al de un bebé grande. Le hizo abrir la boca y tocó su lengua; manoseó sus ojos y su nariz. Lo habían dejado cubrirse con jirones de su ropa; el salvaje se los quitó suavemente. Continuó su examen, haciendo que Shiatto volviera la cabeza a uno y otro lado, estudiando su cuello, sus sobacos, su entrepierna. Dijo algo a sus compañeros, que rieron con una risa corta y (le pareció a Shiatto) forzada. Después el otro dio una orden y se puso al frente de los demás; en instantes habían desaparecido en el bosque.

Nadie vino a darle de comer ni beber durante todo el día. Algunos niños se acercaron, riendo, y se pusieron a jugar con él, pinchándolo con palos o tirándole del cabello, pero perdieron interés con rapidez. Las mujeres, evidentemente bajo vigilancia de los viejos, le echaban subrepticias miradas. Shiatto era alto y tenía todos sus dientes sanos, y en comparación con los salvajes debe haber parecido apuesto, aun contando con las privaciones y sufrimientos que había atravesado, pero el jardinero no estaba para esas cosas, como te imaginarás, señora, y no podía sino bajar la vista avergonzado.

Por la noche volvieron los hombres. Resultaba obvio que no estaban satisfechos. Uno de ellos traía dos pequeños voladores muertos, atados por el cuello y colgados de un hombro; otro, un hexápodo que era más pelo que carne. La cacería había sido un fracaso. Una mujer le trajo a Shiatto un buen cuenco de agua y unas bayas y frutos secos, que el jardinero devoró, dedicándole a la mujer un ruego con la mirada; pero nada más le dieron. Los hombres dejaron su magro botín en una esterilla cerca del fuego y varias de las mujeres se pusieron a pelarlo y despedazarlo.

La escena se repitió, casi, al día siguiente; esta vez las muestras de enojo de los cazadores y de los que habían quedado en la aldea eran evidentes. Había llovido durante el día y los salvajes retornaban, embarrados, a un fuego que soltaba más humo que luz. Hubo una gran discusión; dos hombres se trenzaron a golpes, y otro dejó tendida a bofetones a una mujer que se había atrevido a interrumpirlo mientras discutía con un cuarto.

Un horrendo pensamiento había comenzado a formarse en la mente de Maese Shiatto. Si los ruidos que había escuchado por las noches, en el bosque, eran las voces de estos salvajes, eso significaba que lo habían seguido durante días, o bien que habían estado recorriendo el bosque, lejos de su aldea, durante un largo tiempo. Los cazadores hacen eso a veces, señora, cuando no encuentran presas en las cercanías. Lo habían capturado y no habían hecho nada con él, salvo mantenerlo vivo. Pero ahora los cazadores salían y volvían sin comida suficiente, y al paso de las horas Shiatto había notado que con mayor frecuencia que antes algunos de los hombres, y en especial el líder de los cazadores, lo observaban. Aquella meticulosa revisión de su cuerpo (¡y justamente de las partes de su cuerpo que podía indicar una enfermedad infecciosa!), el hecho de que lo mantuvieran vivo sin intentar comunicarse con él, todo apuntaba a un mal fin.

Shiatto había visto a los salvajes, al principio, como lo haríamos tú o yo, señora: como sub-humanos, como una especie distinta, grotescamente parecida a nosotros, como los “primatis” de los que hablan las leyendas de la Vieja Tierra. Sin embargo, viéndolos hablar entre ellos, cocinar su comida, techar sus casas y afilar sus lanzas, se había convencido de que se trataba de seres humanos, hermanos de sangre, aunque muy lejanos y degenerados. Pero los salvajes, ¿qué podían pensar de él? Si habían decidido que no era uno de ellos, ¿qué les impediría hacer con él lo que se hace con los animales?

Había comenzado a sentirse muy débil. Estaba atado a un árbol de manera que podía ponerse en pie con cierta dificultad y dar un poco la vuelta. Si no escapaba ahora, quizá no podría hacerlo nunca.

No había intentado zafarse de sus ataduras hasta entonces. Eso era una ventaja, en cierto sentido: los salvajes no tenían manera de saber si él tenía la fuerza y la destreza para hacerlo. La cuerda era una liana del bosque, más enredada que anudada; se la habían quitado dos veces para permitirle caminar hasta una letrina a unos pocos metros del linde de la aldea, pero no la habían cambiado, y estaba secándose y deshilachándose. No podía romperla, no obstante, con sus manos. Buscó en su torno hasta encontrar una piedra adecuada.

La noche había caído y el fuego estaba extinguiéndose. No había ningún centinela. Después de la lluvia, el cielo se había despejado y soplaba un fuerte viento desde el sur, que era de agradecer, ya que el susurro de las hojas y ramas cubriría los esfuerzos del jardinero. Trabajó con denuedo, con una piedrita no mucho más grande que una uña que tenía un canto afilado. Le tomó casi media hora cortar una de las vueltas de la liana. Miró al cielo; en el pequeño círculo de su visión no vio las lunas, pero según sus cálculos debía estar cerca la conjunción novenal. La luz jugaría más en su favor que en el de sus perseguidores, juzgó, ya que éstos conocían mucho mejor el camino que él.

Prosiguió con su tarea y, una eternidad más tarde, quedó libre. Estaba anquilosado y llagado y la cabeza le daba vueltas de agotamiento, pero nadie lo había oído. El último rescoldo del fuego se extinguía. Dio unos pasos lentos y dolorosos hacia la oscuridad, y después corrió.

§14

Maese Shiatto no conocía las sendas del bosque. Si nadie notaba su ausencia, podía extraviarse lo suficiente como para no ser encontrado jamás. A su favor sólo contaba con que no le habían negado el agua ni —hasta el día anterior— la comida, y en el cautiverio sólo había perdido algo de sus ropas. Se acomodó lo que le quedaba formando una especie de taparrabos, menos por modestia que por protección.

Después de un buen rato de tropezar con raíces y sufrir pinchazos y rasguños, llegó a un claro bastante grande desde donde podía ver el cielo. Tuvo que esperar que su corazón dejara de batir aceleradamente para poder escuchar con atención. No percibía ningún ruido en la dirección de donde había venido. Miró hacia arriba y trató de poner en orden sus recuerdos. Había corrido hacia el este y un poco al sur; debía buscar de nuevo el rumbo de los valles.

Entró de nuevo en la espesura. Volver hacia el este era deshacer el camino andado, pero Shiatto no había podido ver qué hacían los salvajes con los objetos de su campamento. Con toda seguridad, no se habían llevado sus cosas junto con él. Tampoco habían podido doblegar a Umradi. Sin el fervag, Shiatto podría quizá llegar a su destino, pero no podría llevar mucha carga y con seguridad moriría antes de llegar a la mitad del camino de vuelta. Sin sus purificadores, celosamente guardados en las alforjas que Umradi transportaba, cada bocado que probase podría enfermarlo o matarlo. No tenía nada con qué hacer fuego para cocinar, ni una cantimplora, ni un cuchillo.

Una vez, en medio del bosque, desfalleció y estuvo a punto de caer. Permaneció jadeando en la oscuridad durante unos momentos. Le pareció escuchar el familiar y aterrador sonido de una voz humana a sus espaldas; fue suficiente para volverlo a poner en marcha. Al rato oyó otro sonido, más lejano y ominoso. Levantó la vista y vio, entre las hojas entrelazadas, que el cielo se estaba cubriendo de un gris rojizo. Una media hora después comenzó a caer una lluvia débil. Unas pocas gotas pasaban a través del follaje denso. Cuando llegó al próximo claro, se quedó allí dejando que el agua entrara en su boca y le lavara el cuerpo, hasta que tuvo frío.

Por fin el bosque comenzó a ralear. La lluvia continuaba, pero la mitad del cielo se había despejado, y dos lunas iluminaban de soslayo la cresta de la cadena de montañas donde había acampado aquella noche fatídica. Trepó a aquel espinazo de piedra. No era fácil orientarse. Aunque por costumbre (adquirida después del desastroso desvío por las ciénagas) había memorizado ciertos puntos del paisaje, encontrarlos bajo aquella luz grisácea era casi imposible.

No tenía idea de si el punto que buscaba se encontraba al sur o al norte. Pero al sur estaba el bosque, territorio indiscutido de los salvajes.

Mucho tiempo después —o así le pareció— se encontró frente a un paisaje familiar. Oyó un sonido, como un susurro o resoplido, y un forcejeo, y se lanzó tras una piedra. El sonido continuó. Venía de más arriba, sobre la cuesta, y no de los árboles. Se asomó, pero no pudo ver nada. Agachado o a cuatro patas fue acercándose.

El lugar era definitivamente familiar. Con inmensa alegría vio que era el sitio de su campamento. Umradi estaba allí, flaco, con el pelo enredado en matas sucias y como ensangrentadas; se mantenía en pie y mordisqueaba la cuerda que todavía lo sujetaba a un árbol, aunque con tan pocas fuerzas que evidentemente nunca lograría romperla. ¡Bendito fuera aquel animal! Cuando vio venir a Shiatto, una figura flaca y sucia y medio desnuda en medio de la noche, el fervag soltó un gemido de horror e intentó encabritarse, pero tan débil estaba que terminó cayendo sobre sus patas traseras de una manera casi cómica.

El jardinero se acercó prudentemente, hasta que vio que Umradi lo reconocía. Lo revisó, o al menos, lo revisó tanto como podía en la penumbra lunar. Tenía una larga herida en un flanco, a medio curar, producto quizá de una lanza de los hombres salvajes. Lo habían azuzado, temerosos de acercarse, pero no se habían atrevido a matarlo desde lejos. Atado allí, el fervag debió haber sido blanco de ataques de otros animales; en el lomo había lo que podían ser picotazos de voladores carnívoros, y en el hocico, llagas causadas por bichos chupadores de sangre. Umradi había limpiado de vegetación todo un círculo en su torno, hasta donde llegaba la cuerda; su debilidad probablemente se debiera a la falta de agua y la pérdida de sangre. El jardinero comprendió que debería atender al animal antes que a sí mismo.

Los salvajes no habían tocado sus cosas, hechas un montoncito en un lugar apartado. Las tomó y se las puso al hombro. Liberó a Umradi y lo llevó a paso lento unos centenares de metros más al norte, a un lugar donde unos grandes peñascos los ocultarían de la vista de quienes pudiesen venir desde el sur. No era mucho, en verdad, pero de ninguna manera se quedaría en el mismo punto exacto donde lo habían sorprendido antes, ni tampoco se internaría en los bosques, que se le antojaban un sitio de pesadilla.

Ató a Umradi a otro árbol, dándole tanta cuerda libre como pudo, y dejó que buscara su alimento. El fervag encontró rápidamente unas bayas suculentas y se quedó por allí, masticando vorazmente. Shiatto estaba tan cansado que estuvo a punto de quedarse dormido sin comer. Tragó un par de bayas, bebió agua de la lluvia reciente de los charcos entre las rocas, y se tendió en el suelo, desnudo y enroscado en un ovillo, como un niño.

§15

Era aún de noche cuando despertó. Se sobresaltó al hacerlo, creyendo encontrarse de nuevo entre los salvajes. Como ya no podía conciliar el sueño, permaneció con los ojos abiertos mirando las estrellas ausentemente, mientras rememoraba los incidentes del viaje. Tendría que escribirlo, pensó, antes de que se le olvidaran o confundieran. Pensó en Dama Merksi y se preguntó si esperaba verlo volver, si alguna vez lo había esperado y quizá se preguntase ahora por qué no volvía, o si se había olvidado de él apenas perderlo de vista en el camino, como a un capricho momentáneo. Imaginó la flor que iba a buscar. No es fácil imaginar una flor que nunca has visto, señora, ¡te lo aseguro! Si sólo tienes un dibujo, debes asegurarte de que no recuerdas los detalles del dibujo en vez de la realidad que el dibujo debe mostrar; más difícil es aún si has perdido el dibujo. Tienes que asegurarte de que no estás inventando detalles: colores y formas, los pliegues y dobleces y curvas que hacen a una flor.

Drofor había escrito, en su diario, que la flor era distinta de todas las otras. No como una mujer es distinta de otra, ni como una mujer es distinta de un hombre, sino más bien como un hombre es distinto de un animal. No era un científico, Drofor: no sabía expresar lo que su intuición percibía. Yo creo que lo que había visto era lo que sabían los antiguos, y que no hace mucho tiempo recuperamos: que somos exiliados en estas costas y que no tenemos raíces aquí, y que casi no tenemos parientes, al contrario de los animales y las plantas que estaban aquí cuando llegamos, que son todos familia. Si esta flor era especial, pensó Maese Shiatto, debe ser porque es familia: porque apela a nuestro lejano parentesco, porque la trajimos con nosotros. Una flor así es como un espejo.

Pensar en espejos hizo que Shiatto se sonriera. Los rostros de los salvajes le habían parecido horribles, o graciosos, o grotescos; sólo en algunos de los niños había reconocido una hermandad con el suyo. No veía su propio rostro desde hacía novenas. ¿Cómo sería ahora? ¿No habría mudado de forma, no se habría hecho salvaje e inhumano? Cuando estás solo, señora, a veces esta clase de locuras cruzan por tu mente.

Un crujido de ramas lo sacó de su ensueño. Se levantó como impulsado por un resorte. Era sólo un volador posándose en una rama. Umradi dormía.

Las bayas crudas le habían caído bastante pesadas, de manera que pasó por alto el desayuno. Todavía no era la hora primera; apenas una insinuación del alba asomaba entre los picos de oriente. Despertó al fervag, montó y se puso en camino.

No bajó al valle enseguida. El progreso era más rápido en el terreno pedregoso, apenas poblado de hierbajos y arbustos ralos, que formaba la cuesta. Cuando hubo subido una hora o dos y las montañas comenzaron a rodearlo, guió a Umradi hacia el fondo, donde unos reflejos ocasionales le mostraban la presencia de un río.

El río estaba secándose; en algunos puntos no era más que una sucesión de charcos. Pero allí estaba la ruta antigua que Drofor había encontrado. No había lugar a confusión. Unas losas cuadradas, de poco menos de medio metro de lado, corrían unos metros más arriba que el curso del río, rectamente, hacia el extremo norte-noreste del valle. Estaban resquebrajadas y en las juntas brotaban hierbas y algunas florecillas silvestres. Algunas losas, o partes de ellas, faltaban, pero el conjunto era todavía discernible como una línea que se perdía a la distancia.

Sintiéndose mejor, Shiatto detuvo al fervag allí, desmontó y se puso a buscar ramas para hacer un fuego. Había traído una buena cantidad de bayas consigo y se proponía cocinarlas. La tarea le llevó casi una hora. Cuando terminó y se sentó a disfrutar de la compota tibia, un pensamiento lo asaltó. Aquellas losas no podían haber sido colocadas allí por los salvajes, y nadie más vivía en parajes tan alejados; el camino tenía un aspecto inconfundible de gran antigüedad. Pero ¿cuán antiguo podía ser? Expuestas a las inclemencias del tiempo, las piedras se dilatan y contraen, se quiebran, dejan paso a las hierbas que crecen en las grietas y las rompen aún más. Cien años deberían haber sido suficientes para destruir el camino, a menos que fuese transitado regularmente por personas o animales. ¿No habría acampado por casualidad justo sobre una senda habitualmente usada por sus captores, o por otros quizá más salvajes que ellos? A pesar de su repugnancia al bosque, sintió la tentación de retirarse a la espesura, lejos de aquella gran vía, que permitiría a posibles perseguidores verlo desde kilómetros de distancia.

Molesto con su propia cobardía, terminó de comer, llenó su cantimplora de agua en el menguante río y montó de nuevo.

La tarde fue muy calurosa, pero no podía desperdiciarla. Decidió buscar alimento, sabiendo (por observación) que muchos de los animales del bosque dormían a esta hora. Naturalmente, no lo hacían a la vista, expuestos a los depredadores; pero los depredadores mismos solían dormir también, y además no contaban con la inteligencia de un ser humano. Si los salvajes no venían mucho por aquí, pensó Shiatto esperanzado, los animales no tendrían miedo de los humanos.

Dos horas de penosa búsqueda entre los árboles dieron como fruto un volador pequeño y un grippik al que atravesó en su madriguera usando una lanza improvisada con una rama y un cuchillo. Ninguno parecía muy apetitoso, pero el grippik, al menos, era de una especie familiar y Shiatto sabía cómo prepararlo. Desenroscado, era tan largo como su brazo y apenas un poco más grueso. En la madriguera había varios huevos, que desenterró. Era comida suficiente para un par de días.

Avanzando por la antigua ruta (sin dejar de echar una mirada por sobre el hombro cada pocas décimas) su progreso era rápido; recuperado de su debilidad y libre de sus ataduras, Umradi rompió a trotar con ganas, de manera que al caer la noche el final del valle se elevaba ante ellos: las cadenas montañosas se unían en lo alto, dejando en sombra los últimos kilómetros del camino. Al abrigo del sol y del viento, crecían en aquel lugar unos grandes tallos arborescentes donde pululaban bichos atraídos por la humedad y la descomposición. El jardinero se dio el lujo de desdeñar esa dudosa carne.

El camino se quebraba poco antes, pero en la pendiente de la cuesta aun podían verse algunas losas rotas formando una sinuosa escalera. El fervag no es un buen trepador y ya estaba muy oscuro para arriesgarse, de manera que Shiatto decidió hacer alto allí. Escudriñó por última vez la longitud del valle bajo las lunas. Nadie venía por él. Durmió, por primera vez en varios días, tranquilo.

§16

El día siguiente fue dedicado a la caza y la recolección. Shiatto se hizo tres lanzas apropiadas, afilando ramas con piedras y cuchillo y endureciendo sus puntas con fuego. Reparó su arco y preparó unas toscas flechas. Así armado capturó varios voladores, otro grippik y un par de pukaris excavadores. Los coció y ahumó para conservarlos, y se los cargó en las alforjas junto con un par de docenas de bayas secas y otro tanto de aquellos frutos de cáscara dura e interior aceitoso. Dejó que Umradi se llenara a gusto y lo imitó, sospechando que no tendrían oportunidad de repetir el festín en muchos días.

Por la tarde subieron a la meseta. El camino era escarpado, pero en cada tramo que parecía imposible de sortear aparecían los antiguos escalones. Así y todo, era noche cerrada cuando llegaron a la cima. El horizonte septentrional estaba oscuro, quizá cubierto de nubes. Una planicie gris se extendía hasta el infinito, confundiéndose con el cielo. Al este y al oeste la bordeaban unas masas informes: montañas aún más altas.

Cuando la primera luna emergió de las nubes, Shiatto vio el reflejo del agua en el centro de la meseta. Se trataba, sin duda, del lago descrito por Drofor.

Al otro día el sol alumbraba apenas a través de una densa capa de nubes grises y bajas. El paisaje era inquietante, casi funeral. No había más que unos pocos árboles raquíticos, que parecían deshojados como en lo profundo del otoño; cuando pudo acercarse, Shiatto comprobó que sus hojas estaban fuertemente replegadas sobre sí mismas, como para no perder agua. El suelo era de roca que se quebraba al pisarla. La húmeda vitalidad del valle moría de súbito al ascender a la meseta.

Tampoco había ningún camino, ni una senda, ni un rastro. Si algún animal vivía aquí, no había dejado sus pisadas en la arena gris. Shiatto puso rumbo al lago, desasosegado. Lo alcanzó a media tarde. Para su desilusión, el agua era salobre y maloliente. Unos extraños animales con forma de triángulos se movían por el fondo de limo en las márgenes, mientras otros, ahusados, nadaban con suaves ondulaciones. Una bandada de voladores grises capturaban uno aquí, otro allá, con certeros mordiscos. Acertó a uno de un flechazo, pero su carne resultó previsiblemente hedionda.

La temperatura no había dejado de elevarse. Maese Shiatto no podía menos que agradecer que el sol estuviese oculto. Las nubes bajas lo oprimían, sin embargo, y le costaba respirar. Umradi mismo, a pesar de que el camino era liso y blando, vacilaba. El jardinero no quería dormir en esa inmensidad vacía como de cementerio. Espoleó al fervag y lo lanzó a un trote forzado.

Aunque las nubes no se habían apartado, el horizonte se acercaba; al atardecer vio la montaña solitaria indicada por Drofor, y se alegró en medio de su preocupación. No encontró el río que supuestamente descendía de la meseta; había, sí, una multitud de canales poco profundos, que podían ser lechos secos.

La montaña se erguía casi directamente al norte, a una distancia incomensurable; por algún efecto óptico (¿el calor?) parecía emerger de una nube gris posada sobre la superficie de una planicie seca. Tenía la forma de un triángulo achatado, casi perfecto; en la base se podía distinguir el verde azulado de los bosques, mientras que cerca de su vértice, que se perdía en las nubes, Shiatto creyó ver el brillo de la nieve. Aquello, señora, era algo que el jardinero nunca había visto salvo en las ilustraciones de los libros. ¿Has visto alguna vez el hielo eterno en las cimas de nuestro mundo, que es cálido como un horno? ¡Imagínate la altura de aquella montaña, que en pleno verano y tan lejos de nuestra costa lucía una cresta de blanca nieve!

La maravilla de Shiatto dio paso prontamente a la desesperación; pues si tan alta era la montaña que estaba viendo tan pequeña en el horizonte, no podía sino estar muy lejos. Recordarás, además, que el diario de Drofor era poco específico en este punto: el jardinero no tenía en claro si la flor que buscaba crecía junto a la montaña, o a medio camino de ella desde la meseta, o si aquel pico inconfundible no era sino un hito más en el viaje.

Ante aquel panorama intimidante, Maese Shiatto pensó —no por primera vez en los últimos días, pero con una intensidad desconocida— en renunciar y regresar. Tenía alimento y agua suficientes para volver al antiguo camino, y una vez aprovisionado de nuevo, siempre que escapara a accidentes del clima y a los hombres salvajes…

“¡No!”, gritó de pronto, sorprendiéndose a sí mismo. Unos momentos después, un volador lejano, asustado, dio unas volteretas en el aire y se alejó. La llanura absorbía incluso los ecos. Tuvo miedo de volverse loco y desmontó para sentarse en el suelo. Umradi, obediente, no se movió de su lugar, y por un rato le hizo sombra. El calor era aún sofocante.

El jardinero salió de su estupor y descubrió que la luz disminuía. Había estado sentado en la arena gris durante una hora o más. No podía darse el lujo de perder el tiempo. Montó de nuevo e hizo que Umradi cabalgara de vuelta hacia el lago. El terreno bajaba suavemente hacia las aguas quietas. Llegó hasta ellas. Unos bañados poco profundos alojaban unas pocas plantas enfermizas. Los rodeó lentamente. Unos centenares de metros más al norte, el agua corría suavemente sobre pequeños cantos rodados. Umradi se paró a beber, olfateó el agua y bufó, sin probarla. Siguieron andando. Unos arroyuelos, profundos como hasta la rodilla de un hombre, corrían por la planicie siguiendo cursos caprichosos y se perdían sobre el borde de la meseta.

No fue sino hasta la medianoche que jinete y montura encontraron el río del que hablaba Drofor. Era escasamente más profundo que los arroyuelos, pero corría en un lecho amplio, sobre piedras más grandes, partiendo de un gran bañado repleto de plantas acuáticas, que era como un lóbulo o laguna accesoria a la principal. El agua parecía más clara; Umradi bebió de ella con naturalidad y, a poco, Shiatto se atrevió a hacer lo mismo. Alguna fuente subterránea afloraba aquí, dulcificando las aguas duras del lago central, y desbordando por una suave pendiente hacia la planicie de más abajo, saltando por sobre un caos de piedras sueltas y acantilados. No había ya prácticamente nada de luz, y tendrían que esperar para seguir al río: hasta la flor buscada o hasta la perdición.

§17

Veo que estás ansiosa, señora, y no te culpo, porque me he demorado en llegar hasta este punto de la historia, y aunque no he mirado el reloj, no dudo que he excedido tu justa estipulación de una hora para contarla. ¿Me dejarás terminar? Seré breve. No te desilusionaré, espero, si abrevio tu suspenso y te digo que Maese Shiatto, el jardinero, bajó al día siguiente con su leal fervag, Umradi, a la planicie, y allí encontró las flores que buscaba.

El río caía en una cascada por las paredes de la meseta, a lo largo de una grieta vertical que llegaba hasta el suelo y continuaba por él, creando una hoya profunda. En torno a la hoya la espuma del agua daba vida a un pequeño rincón, como un fértil valle en miniatura, y allí, entre las hierbas, crecían varios arbustos de aspecto poco amistoso, con espinas cónicas y cortas, achaparradas. El verano estaba avanzado y seguramente las flores no estaban en su momento de esplendor, pero ¡ah, señora, qué bellas eran, incluso en su ocaso! Algunas eran del color del cielo al anochecer, cuando ha llovido; otras, de ese mismo tono pero más subido, casi como nuestra sangre; otras aún brillaban con un color parecido al de las amatistas. Los pétalos eran leves y como de terciopelo, y se amontonaban unos sobre otros, no como quien se exhibe, sino como quien no cabe en sí de gozo. ¿Qué estoy diciendo? Nada, señora: olvida lo que digo. Un poeta podría intentarlo, pero no lo conseguiría.

Shiatto cayó de rodillas ante las flores y adelantó las manos para acunarlas; las crueles espinas le rasgaron la piel. Retiró los dedos heridos y lamió la sangre que manaba de ellos, sin pensar.

No había más de veinte o veinticinco plantas, algunas con tres o cuatro flores, otras con una o dos. Al pie de aquel acantilado roto, estaban (imaginó el jardinero) al abrigo de los vientos predominantes y de la furia del sol; el suelo debía tener la proporción justa de arena, de arcilla, de piedras, de sales y de nutrientes. Quizá no había otro lugar en el mundo donde esas flores pudieran crecer naturalmente; quizá en otro tiempo —en el tiempo antiguo en que los Fundadores todavía caminaban por los páramos y sus hijos edificaban ciudades en los desiertos— había habido cientos o miles de jardines como ése; las largas eras los habían anegado, sofocado de arena, chamuscado de sol, quemado de salitre, infestado de plagas. Ya algunos pétalos volaban en el viento; ya el color y la tersura abandonaban algunas de las flores.

Unas cuantas ya habían muerto del todo, y en su lugar quedaban unas brillantes cápsulas color carmesí. Shiatto tomó una y la abrió con cuidado. Había decenas de pequeñas semillas en el interior. Guardó aquel tesoro en una bolsita de cuero y recogió unas cuantas más. Cortó un par de flores, unas pocas hojas, una ramita. Tomó con las manos un puñado de tierra y lo metió en otro saquito.

Pasó el resto del día allí, como en un ensueño, y a la mañana siguiente emprendió el regreso. Había perdido sus papeles y sus materiales de escritura, de manera que no pudo dibujar un boceto del lugar, un mapa o un esquema; hizo, por tanto, un esfuerzo para grabar el paisaje en su memoria.

Dije que sería breve, señora, y no faltaré a mi palabra. No narraré las privaciones que Maese Shiatto sufrió en su retorno. El camino no se le hizo más fácil por causa de su éxito; en verdad, en su espíritu no había una sensación de triunfo sino de angustiosa expectativa, porque su meta no había sido la flor, sino la dama a quien se la había prometido. Lo habías adivinado, ¿no? Con todo, la vuelta le tomó mucho menos tiempo: fue por las sendas más rectas, sin rodeos ni vacilaciones, y en menos de una cuaderna llegó a las tierras de Dama Merksi.

§18

El extraño dejó de hablar y tomó un largo sorbo de su té, que casi no había tocado durante todo el relato. Dama Kymon esperó a que continuara, pero el extraño no dijo ni hizo nada más que mirar el fondo de su vaso. El gran reloj de péndulo indicaba que habían pasado poco más de dos horas, pero Dama Kymon, entusiasmada, apenas le había echado una mirada en todo ese tiempo.

—¿Y bien? ¿Qué ocurrió con el jardinero cuando le contó la historia a Dama Merksi? —preguntó.

—Bueno, señora, primero que todo deberías preguntarme si Dama Merksi quiso escucharlo.

—Doy por hecho que lo hizo —dijo Dama Kymon—, a menos que hayas venido a contarme una tragedia.

—No, no es una historia triste. Sí, lo hizo: lo escuchó durante un largo rato —dijo el extraño.

—¿Y qué dijo? —insistió Dama Kymon—. ¿Le creyó?

—No sabría decirte, señora —dijo el extraño—. Realmente pienso que el relato de todas aquellas aventuras debe haberle resultado interesante en sí, aunque sospechase que era un invento…

—¡Claro que no! —protestó Dama Kymon, indignada—. Por el contrario, ¿cómo podría ser satisfactorio enviar a alguien a buscar una flor y luego conformarse con una historia bonita y unas semillas que podrían haber salido de cualquier parte?

—Cierto. En verdad, señora, no sé cómo termina este relato. Ni siquiera esperaba que lo escucharas hasta el final. Pero piensa en lo que dices. Si yo te dijera que toda esta historia fue real, ¿me creerías?

—Lo creería… —dijo lentamente Dama Kymon— si viera la flor que el jardinero fue a buscar.

—¿Y cómo la reconocerías?

—Me imagino que a primera vista debe ser una flor como ninguna otra en el mundo. Así es como Maese Shiatto la reconoció, ¿no?

El extraño sonrió y asintió. Metió una mano en un bolsillo del informe saco que llevaba puesto y sacó una bolsita de cuero; desató con delicadeza el lazo que la mantenía cerrada y extendió una mano hacia Dama Kymon, pidiendo la suya. En la palma de su anfitriona puso una docena de pequeñas semillas y dos lustrosas cápsulas rojas.

—Tendrás que tener paciencia, señora —dijo—. Y quizá ni siquiera tu paciencia se vea recompensada. Si todo va bien, serás la primera en diez mil años en tener en tu jardín estas flores. Pero no hay garantías. Ya te dije que no sé cómo termina esta historia.

Dama Kymon acercó la mano a sus ojos y miró de cerca aquellas pequeñas y dudosas promesas de vida.

—Las plantaré y esperaré —dijo, después de un largo rato—. Yo quiero ver el final de esta historia y no me conformaré con un final triste. ¿Qué harás tú mientras tanto?

—Yo también esperaré, señora —dijo el extraño.