Corriente de cambio

1

Una noche, tres semanas antes del día en que debía morir, un hombre-pez vino a hablar con Fuday mientras éste miraba el mar desde su roca preferida, a cien pasos de la línea de marea baja, donde nadie iba jamás a molestarlo.

Era bastante tarde y no quedaba ni un rastro del resplandor feroz del sol en el horizonte móvil del océano. No había luna. Justo sobre Fuday brillaban las estrellas antiguas, las figuras del Gran Teatro y del Circo de las Bestias; un poco al sur y al norte volaban imperceptiblemente los discos insinuantes de varias de las lunas menores, presididas por la enigmática Luna de los Colores. El solsticio se aproximaba y con él el momento de la vuelta al mar de Fuday, montado sobre su tabla, para reencontrarse con Quien lo había concebido.

Excepto que Fuday había ido a la roca, lejos de la orilla y en la oscuridad estelar, precisamente para pensar en cómo evitar esa suerte. Sin duda, pensó, no debo ser el único que se ha retirado a tan deshonrosos pensamientos cerca del fin. Pero en su memoria no había recuerdo de ningún otro que hubiese logrado sustraerse al Mar.

A los cuarenta y nueve años Fuday todavía era un hombre de miembros fuertes, de mente alerta y de rápidas respuestas. Podía montar las olas tan bien como cualquier sacerdote de la mitad de su edad. El techo de su casa no tenía agujeros y su mujer no tenía quejas en la cama. Si hubiese sido un viejo decrépito habría entendido, quizá, que la comunidad juzgase oportuno mandarlo de vuelta al Mar para dar su lugar a alguien más joven.

El hombre-pez asomó la cabeza a pocos pasos de la roca donde Fuday meditaba, sobresaltándolo. Sus ojos eran inmensos pero vacuos; brillaban con suavidad, reflejando la leve luz de las estrellas. El hombre-pez se asió de una saliente y se quedó allí, medio arrodillado, con sólo las palmas de las manos y los pies en el agua. La joroba que protegía sus pulmones supletorios subía y bajaba; las membranas húmedas de las narinas se movían convulsivamente.

–Están por mandarte de vuelta, ¿no? –preguntó el hombre-pez en voz sorprendentemente clara. Los pisciformes hablaban poco entre sí y prácticamente nada con los hombres de verdad, los de la ciudad.

Fuday se removió y retrocedió un poco, acomodando con dificultad el trasero a la roca llena de salientes afilados. Los hombres-pez, siendo naturalmente tímidos, no solían interactuar con los terrestres. Ante cualquier aproximación había que suponer un trastorno, una posible agresividad.

–Déjame en paz –dijo.

–Son muy ariscos ustedes, ¿sabes? –replicó el hombre-pez–. Hasta cuando se quedan sin amigos en tierra no quieren ni una palabra de sus parientes del mar.

–No soy pariente tuyo –respondió Fuday, la indignación ganando terreno al miedo–. Fuera de aquí. Esto es roca y tu lugar está en el agua.

–Esta roca se cubre de agua dos veces al día –observó correctamente el hombre-pez, y se sentó sobre sus pies, con las rodillas incómodamente dobladas. Las olas lamían las membranas que unían sus dedos, de los que casi habían desaparecido las uñas–. Pero volviendo a tu asunto… ¿Por qué aceptas que te manden a ahogarte? ¡Después de tanto tiempo de servir a la comunidad!

–¿Quién te dijo que lo “acepto”? –Eso fue un error, pensó Fuday; esta abominación del mar no tenía por qué saber de mis dudas–. Estoy pensando, simplemente –continuó, explicando a su pesar–. Cuando un hombre sabe que va a volver al Mar tiene que pensar qué va a dejar para los que quedan en tierra. Tengo mujer e hijos.

–Yo también tengo mis hembras y mis críos, pero nadie me manda salir a la playa a secarme y morir –replicó el hombre-pez.

–No es lo mismo. El Mar es nuestro padre.

–Bueno –dijo el hombre-pez luego de una breve pausa y un gesto apenas displicente, como si hubiese considerado y luego decidido en contra de ponerse a hablar de religión con Fuday–, bueno… Tienes tiempo, me imagino. Digo, no será mañana ni pasado mañana, ¿verdad?

–En tres semanas.

–Entonces tienes tiempo para darte cuenta. Los tuyos no “vuelven al mar”, simplemente se mueren de sed o se ahogan, lo primero que venga.

–No entiendes nada. Yo soy un cobarde pero hasta yo entiendo por qué tenemos que volver al Mar. Somos sus hijos. Cuando la niebla se levanta y cubre la ciudad es cuando somos concebidos, y…

–Me aburre esta charla –interrumpió el hombre-pez, chasqueando la lengua y mostrando unos dientes cónicos y afilados. Fuday se sobresaltó, pero el otro ya se iba–. Supongo que vas a estar aquí mañana con la misma marea.

Fuday no contestó y el pisciforme se retiró con calma de la roca, pisando con cuidado las salientes. Cuando llegó a la zona de fondo más blando se sumergió y desapareció enseguida en la oscuridad.